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CONCEPTO POLITICO DEL SISTEMA NACIONAL DE EDUCACIÓN Y CULTURA:  BALANCE DE FIN DE MILENIO Y
ELEMENTOS PARA UNA POLÍTICA NACIONAL DE CULTURA

por Fernando Fuenzalida Vollmar



INDICE


CONCEPTO POLITICO DEL SISTEMA NACIONAL DE EDUCACIÓN Y CULTURA:  BALANCE DE FIN DE MILENIO
1


Democracia y Cultura: relaciones sistémicas, equilibrio político y estabilidad económica en el pensamiento político contemporáneo 1

El Perú: balance del sistema nacional de cultura al iniciarse el milenio 11

3.    El horizonte futuro 15



ELEMENTOS PARA UNA POLÍTICA NACIONAL DE CULTURA
22
I Para entender la cultura. Sociedad y cultura en el paradigma postmoderno: hacia una visión holística de la estructura y los procesos socio culturales. 22
¿Qué debemos entender por cultura” 22
Cultura, interioridad social e identidad 29
Comunicación y cultura 33
La cultura como interioridad, como interacción y como plasmación 34
La dinámica de la cultura 35
II . Algunas premisas generales para una estrategia nacional en el desarrollo de cultura 44
III Consideraciones diagnósticas sobre el actual estado del sistema nacional de cultura 53
Familia 54
El subsistema nacional de educación 56
La alta cultura 64
Las instituciones religiosas
IV. Los contextos económicos de la cultura en las sociedades de mercado 72
1 El agente de cultura 75
2.Insumos culturales: oferta y demanda 84
3.Los mass media 86
4.El patrimonio cultural 91
            V. Persiguiendo Alternativas


CONCEPTO POLITICO DEL SISTEMA NACIONAL DE EDUCACIÓN Y CULTURA:  BALANCE DE FIN DE MILENIO Y
ELEMENTOS PARA UNA POLÍTICA NACIONAL DE CULTURA

por Fernando Fuenzalida Vollmar


"Ilustrar nuestra patria es el unico medio de hacerla libre y que lo sepa ser".
Manuel Lorenzo Vidaurre 1926

"La instruccion es una necesidad común, y la Republica la debe igualmente a todos sus individuos" Hipolito Unanue 1825


Democracia y Cultura: relaciones sistémicas, equilibrio político y estabilidad económica en el pensamiento político contemporáneo.

La sabiduría y la experiencia de siglos reconoce en la fortaleza y solidez del cimiento la base que hace firme la obra. Las ideologías, filosofías, religiones y ciencias que tratan de la vida política, social y económica y de los sistemas de Estado concuerdan también, sin ninguna excepción que, por razones de orden social y biológico y no importa cual sea la forma de gobierno elegida, en la solidez y la fuerza de familias y hogares radican la solidez y la fuerza  de las colectividades humanas. En el consenso de la historia y los pueblos, el bienestar de familias y hogares es el bienestar de individuos, naciones y estados.

Esta verdad, compartida por los pensadores políticos de todos los tiempos, culturas y escuelas, confirmada por la experiencia de toda la historia, con frecuencia olvidada pero nunca negada, constituye un supuesto absoluto en la vida política de toda nación democrática en la que Estado y gobierno se definan “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La protección, promoción, consolidación y desarrollo de la institución familiar, madre y origen de toda institución humana posible, es inseparable y solidaria de la protección, promoción, consolidación y desarrollo del Estado y las instituciones de Estado. Estos no pueden tener ningún objetivo o propósito que pueda abstraerse de aquellos que a la familia y al hogar corresponden. El bienestar de la familia y hogar es idéntico al bienestar de la Nación y el Estado que a la Nación representa : razón de ser del Estado y de las instituciones de Estado. Se traduce por ende en objetivo originario y primario de toda acción económica, social y política.

Desde los tiempos de la antigüedad y en las sociedades más complejas el crecimiento demográfico que incrementa la distancia de contactos interfamiliares, la multiplicación de los contextos de la vida familiar que ha venido diversificando las tradiciones socializadoras y, finalmente, el desarrollo de los sistemas imperiales y de las sociedades nacionales en las que la armoniosa integración de comunidades multiétnicas se ha hecho indispensable han ido imponiendo la necesidad de instrumentos colectivos que prolonguen el proceso de socialización doméstica en función de la generación y mantenimiento de un referente cultural común y compartido por el conjunto de la sociedad. Es la institucionalización y el proceso de lo que hoy conocemos como educación formal.

La alfabetización universal y la instrucción llamada primaria es su etapa inicial. Restringido originariamente su acceso, en las sociedades jerárquicas, a los sectores de elite responsables de la conducción religiosa, polìtica y militar de la vida social, ha terminado por hacerse universal en las sociedades de orientación igualitaria y democrática del mundo moderno. En éstas, también, las sucesivas funciones sociales de socialización, educación y cultura, así como las instituciones que encarnan tales funciones ---familia, escuela, colegio, universidades, organismos culturales diversos e idealmente medios de masa--- se consideran como aspectos distintos de un sistema unitario y orgánico al que la acción del Estado se obliga a dar coherencia. Al mismo tiempo, en ese proceso, su responsabilidad ha ido siendo desplazada de la mera iniciativa individual, a la responsabilidad, primero de las instituciones religiosas y, más adelante, desde el siglo XIX, a la del estado laico con el respaldo y el apoyo de la iniciativa privada.  

La política educativa moderna remonta su origen al siglo pasado cuando el estado-nación emergente y/o la difusión de gobiernos de representatividad electiva en naciones de base rural y multiétnica como Francia, Alemania, Inglaterra o Italia, así como el imperativo y voluntad de prosperidad y progreso acogido por el régimen nuevo destacaron la importancia social de la integración cultural en cuanto factor decisivo para la estabilidad del sistema político, el desarrollo económico y el progreso creativo en las ciencias, las humanidades y artes.

Los objetivos que el nuevo sistema se propuso alcanzar fueron múltiples:

el primero, la integración cultural del espacio político, la familiarización del sector popular con las leyes, estructuras y modos de actuar del sistema de gobierno vigente, la formación e información del juicio político del electorado naciente, la identificación con la patria y la introyección general de valores cívicos que contribuyeran al orden, la instrucción en el uso literario y vulgar del idioma oficial del pais, la historia y la geografía nacional y local; el segundo, la modernización de los medios rural y artesano, de la pequeña industria y el pequeño comercio mediante la difusión de instrumentos elementales modernos como la contabilidad, la aritmetica, la geometría y la trigonometría aplicables a la actividad artesanal y al oficio, la física, la mecánica y la química básicas; el tercero, los fundamentos de la cultura humanística, los elementos del dibujo y la música y de las ciencias modernas y los principios científicos del sistema industrial. Se incorporaba al sistema nociones de anatomía y fisiología para fines de higiene así como la práctica del deporte como instrumento de formación del carácter y auxilio de higiene, y como preparación para una eventual conscripción militar.

En la educación de la élite se hizo énfasis en un segundo nivel, el llamado hasta hoy secundario: aquí se insistió en la formación de virtudes cívicas, personalidad y carácter, el desarrollo del sentido de responsabilidad y deber, la preparación militar y el acceso más avanzado a las humanidades clásicas, las artes y ciencias. La universidad siguio reservada, como lo había sido hasta entonces, a la formación del sector dirigente destinado a asumir la conducción superior del sistema.

La nueva educación no fue, en general, recibida con gusto. Por casi medio siglo, en todo Europa, el ausentismo y la deserción alentados por familiares y padres fueron un problema común. En muchos casos tuvo necesidad de imponerse por fuerza.

El principio rector del sistema naciente era claro: por encima de la diversidad de las tradiciones de región y de etnia y de los intereses de clase, el estado industrial democrático necesita de la identificación y participación, inteligente, consensual, ilustrada y activa del pueblo en conjunto no solamente en la vida civil y política, sino en la defensa y seguridad del espacio y el patrimonio común, en el desarrollo y progreso económico y en la generación de cultura científica y técnica, de valores filosóficos y éticos, y valores estéticos. La democracia representativa es utópica si no encuentra sustento en un pueblo informado, capaz de evaluar y juzgar las propuestas políticas y optar de modo racional entre ellas. Lo contrario debilita a la Nación y al Estado, lo hace inestable y proclive al motín y al desorden o lo inclina hacia opciones despóticas. La Educación ---como la Alimentación,  la Salud y la Higiene, el acceso a la Luz y Energía, Alcantarillado y Agua Potable, Comunicación y Transporte, forman parte de un espacio social y económico en el que el interés del Estado se adelanta y precede al de los ciudadanos privados. Constituyen, por eso, prioridades de orden político, espacios de interés estrategico para el orden político, el desarrollo y defensa que se orientan y promueven políticamente y cuyo costo sufraga o subsidia también el Estado. Por su propia naturaleza son instrumentos sociales para la capitalización de recursos humanos necesarios al Estado y la empresa y, por ende, sólo derivadamente constituyen servicios que satisfagan demanda privada y se ofrezcan para fines de lucro como bien de mercado.

En ese marco, el ideal democrático lo define una frase: educación pública, universal y obligatoria. Los objetivos que persigue el Estado en este terrenoalcanzarán un nivel de expresión prioritario y extremo en los totalitarismos del siglo que acaba: la educación, para ellos, es la herramienta que forja al Superhombre o al Hombre Nuevo; la educación es el instrumento supremo de Seguridad y Defensa. Es un instrumento para la generacion del consenso sobre el que descansa la conciencia de identidad y la solidaridad en que asientan la cooperación entre individuos y grupos y la unidad nacional.

En éste, como en otros terrenos, el sentido de realidad, moderación y equilibrio se impone, con todo, hoy en día, sobre la idealización exaltada de modelos abstractos que alcanzó su dominio en la primera mitad de ese siglo. El objetivo de autarquía civilizatoria absoluta no es realizable sobre escalas nacionales menores y se muestra, más bien,  negativo desde el punto de vista dinámico. En particular en un tiempo, como éste, en que la tendencia demanda una integración cada vez mayor de naciones afines y en que se hace dependiente de ésta en modo creciente la seguridad, la estabilidad y la afirmación de sí misma de cada una de ellas.

Sin deserción de los roles orientador y rector del Estado y su participación activa en la conducción del sistema de educación y cultura el Estado nacional de este fin de milenio se encuentra obligado a velar por una retroalimentación positiva y constante entre el sistema internacional y el sistema interior de educación y cultura que, apoyada en un aparato institucional adecuado y en el activo respaldo de la iniciativa y empresa privadas garantice una sana comunicación y apertura a la información y al insumo que vienen del sistema mundial de cultura y al mismo tiempo la promoción y aun el subsidio no menos activos a la preservación, protección, desarrollo y promoción del núcleo creativo de la cultura nacional y nativa. Desde éste punto de vista y desde el de la vinculación entre ambas, por su propia naturaleza, en el contexto moderno, las políticas de educación y cultura y las de educación y familia se muestran, por necesidad, solidarias dentro de un mismo sistema.

Vista desde una perspectiva cultural y social, la educación ---como arriba se dijo--- prolonga la socialización familiar en un ámbito de socialización derivado. La orienta y expande en el desarrollo intelectual y moral, sicológico y cívico del niño y del joven a horizontes de mayor universalidad y amplitud que buscan identificarse con los de la Nación en conjunto.

Su objetivo más clásico, en el llamado nivel secundario, es el desarrollo de la inteligencia, el carácter y la habilidad corporal en el joven. Desde ese punto de vista, los contenidos de la actividad pedagógica ---currículo y syllabus de cursos, metodología y disciplina escolar, actividad teatral, deportiva o de otro carácter--- se definen como de naturaleza instrumental a esos fines.  Más importantes resultan entre ellos los conocimientos de base que sirven de punto de apoyo, la comunicación y el rigor del pensar: el lenguaje, la geografía y la historia, la lógica y la matemática al tiempo que el estímulo de la curiosidad e interés por el mundo que vive, el desarrollo de las facultades reflexivas y críticas y, de otra parte, la afirmación de virtudes como la firmeza ética, la responsabilidad, el valor, la laboriosidad y la perseverancia, la solidaridad, la amistad y la disponibilidad a cooperar pasan al primerísimo plano. Un papel de importancia lo cumplió en este esquema el deporte, entendido no como competencia o mero espectáculo sino como dominio y disciplina del cuerpo y escuela de respeto a la autoridad y a la norma.

La educación se ha propuesto también, desde el siglo pasado, como un ámbito extenso de la socialización familiar en el que el educando establece contacto y adquiere experiencias en un círculo humano de mayor amplitud ---maestros y coeducandos--- que sirve de tránsito a la integración esperada en la comunidad nacional. El rol del maestro, no como mero dispensador de información y nociones sino como ejemplo de juicio, de vida, conducta y carácter. A su lado, la colectividad generacional de los pares, compañeros de estudio que participan del mundo escolar y también del externo, con los que se comparte y procesa experiencia privada en el nivel colectivo. El compañerismo aprendido en tal forma constituira en adelante una pauta rectora para la conducta en el seno de las instituciones adultas.

El proceso formal de la educación ciudadana culmina en la Educación Superior ---universidades, conservatorios, escuelas de artes e institutos profesionales. El objetivo se entiende, a este nivel, orientado hacia tres niveles de logro.

El primero la creación y expansión de un espacio social nacional de alta cultura mediante el cultivo teórico y la investigación a nivel superior de las ciencias, humanidades, letras y artes asegurando la conservación, acumulación y transmisión generacional del patrimonio nacional de cultura en sus formas más universales y puras. Se reconoce a tal patrimonio y sus conservadores hoy día como constituyendo el factor espiritual y moral esencial en la riqueza y desarrollo material de una nación.

El segundo, y como aplicación inmediata y capitalización de los logros del nivel anterior, la formación de profesionales de alto nivel destinados a satisfacer las necesidades creadas por el desarrollo político, social y económico.

El tercero, el desarrollo de investigación aplicada a los fines de alimentación tecnológica de la nación en conjunto. El sistema de la educación superior, desde el punto de vista político, se aplica al propósito de obtener el mayor rendimiento posible de la inteligencia, la creatividad, la habilidad y el ingenio para el beneficio común de la Nación y el Estado. Su rentabilidad solo puede ser entendida como de naturaleza indirecta y de plazos muy largos.

El proceso de socialización y capitalización de recursos humanos se corona en el sistema nacional de cultura, idealmente articulado y dotado de una consistencia adecuada en función del desarrollo colectivo por una política nacional de cultura.

La tradición familiar y tribal, la de etnía y región constituyen la base de la identidad nacional en toda su pluralidad y variedad; la educación, en sus varios niveles, comunica y establece la síntesis entre esta pluralidad de tradición y cultura y el compartido patrimonio universal de cultura de la civilización humana en conjunto. El sistema nacional de cultura expresa la síntesis, en la medida en que ésta se logra y adquiere la forma de una cultura nacional integrada y compartida por todos.

Así como las identidades regionales y étnicas se conservan, comunican y expresan en la tradición familiar y local, la identidad nacional encuentra su foco en el sistema nacional de cultura.  Este sistema comprende no sólo los niveles familiar y formal de educación ciudadana ---institutos superiores, universidades colegios y escuelas-- sino la enorme variedad de instituciones y actividades privadas y públicas en las que la cultura nacional encuentra expresión y es compartida por todos como información, creación y disfrute. Forman parte igualmente, por eso, de este mismo sistema las bibliotecas, discotecas, video y cinetecas, museos, monumentos, orquestas y bandas de música, talleres de artesanías y de artes, salas de exposición, teatros y conjuntos de teatro…centros de investigación y cultura e institutos de docencia menor…organizaciones y clubs deportivos…y medios de masa -el cine, la prensa, la radio, la televisión y las redes informáticas públicas…asi como todo el aparato de producción y comercio que les sirve de base económica -librerías, editoriales e industria del libro, de la grabación musical, de la videocasette, de la reproducción de objetos de cultura o de arte….--- sean éstos de naturaleza estatal o privada. En esta misma perspectiva se encuentran bajo la protección del sistema nacional de cultura las tradiciones, festividades y usos de carácter folklórico. Se encuentra en el interés superior del Estado la facilitación y promoción de la actividad en todos estos campos no solo mediante una legislación adecuada, la garantía de la libre actividad y expresión, la generación de alicientes y la dotación adecuada de espacios y medios sino tambièn disponiendo de una reglamentación tributaria adecuada y el abaratamiento de insumos si es necesario mediante el subsidio.

Tanto el potencial positivo como el potencial negativo de los medios de masas han sido cuestiones de importancia creciente en las discusiones de la ciencia polìtica desde la primera expansión de la prensa en los tiempos modernos a mediados del siglo pasado.

En su potencial positivo se cuenta el incremento constante de la capacidad de información colectiva, la multiplicación de medios variados de expresión y opinión al servicio del pueblo, su poder instrumental al servicio de la educación popular y la promoción de valores y conductas socialmente valiosas todo lo cual contribuye, sin duda, al fortalecimiento de la institucionalidad democrática y al perfeccionamiento de sistemas dinámicos de generación de consensos a escalas diversas, desde las que corresponden a las pequeñas naciones hasta las que emergen hoy día a nivel del planeta.

En su potencial negativo la capacidad que poséen si operan al margen de una armonización y concertación adecuadas que se ponga al servicio del bien colectivo, para la anarquización del consenso ---cognitivo, axiológico y práctico--- y la corrosión de las bases del sistema democrático mismo.

Buscando correctivos a esta tendencia el siglo que acaba orientó sus polìticas en dos direcciones. La primera, la privatización de los medios y la liberación de contenido y mensaje de manera absoluta La segunda, persigue un total y absoluto control del Estado: censura, regulación de los medios y, por fin, monopolio.

En el confrontamiento del siglo entre grandes naciones y sistemas polìticos, los medios se hicieron ---paralelamente--- notar como un poderoso instrumento de desinformación, propaganda y corrosión de la moral cívica de la potencia enemiga y su dominio como el de una privilegiada herramienta para la adquisición de poder sobre la conciencia del pueblo de naciones rivales. El control o regulación de los medios derivó por consecuencia en asunto de seguridad interior y exterior.

La experiencia ha sido negativa en ambas tendencias: la liberalización y el control. La primera, sin promover democracia efectiva, favoreció el monopolio de empresa y la hipertrofia de los intereses de lucro, subordinando ese mismo objetivo primario al vaivén del mercado y al interés plutocrático e hizo vulnerable, a un tiempo, la seguridad interior y exterior del Estado. La segunda sofocó la cultura subordinando, en los más de los casos, el objetivo final de información y educación de las masas al interés inmediato en el plano polìtico interior o exterior.

A finales de siglo el problema se agrava por la concentración monopólica de la tecnología y el capital informáticos ---satélites, consorcios internacionales de prensa, de cine y tv, supercarreteras y bases de datos en el sistema internet, el ejercicio creciente de un control económico, político y militar hegemónicos sobre el sistema de comunicaciones globales y la subordinación de las redes y la apertura absoluta del espacio informático que resultan forzando las tecnologías en uso.

En tanto el impacto creciente de los medios de masa sobre la conciencia de los ciudadanos en el curso del siglo que acaba hace a ésta cada vez más vulnerable a la distorsión cognitiva, a la subversión de valores y a la proyección de modelos negativos de personalidad y de conducta corresponde tambièn al interés del Estado la creación del mecanismo apropiado que evite la degradación de las humanidades, las ciencias, las artes, el deporte y las tradiciones folklóricas al rango de mero comercio de lucro, espectáculo y sensacionalismo vacío y la del ciudadano al de espectador, consumidor obsesivo de producto cultural desechable y sujeto pasivo de manipulación informática y que evite, a un tiempo, su puesta al servicio exclusivo del interés de partido, de gobierno inmediato o empresa.

2. El Perú: balance del sistema nacional de cultura al iniciarse el milenio

El estado de la institución familiar, la educación nacional, la cultura y los medios de masas exige de todo proyecto político y todo gobierno que aspire a inaugurar el milenio, un esfuerzo de reconstrucción y renovación radicales explícitamente orientado a asegurar la futura identidad y existencia política del Perú como nación soberana, garantizando el bienestar, la libertad y la paz de su pueblo y estabilizando su vida política en una legítima democracia política, social, cultural y económica. Este es, por necesidad, un esfuerzo que pasa a través de la estructuración de un sistema unitario y orgánico de cultura y educación ciudadana que incorpore y articule políticas de promoción familiar, de educación y deportes, de cultura y orientación de los medios de masas y guarde consistencia y continuidad, a la vez, con la concepción económica, social y política del proyecto total en sus plazos más breves, medianos y largos.

Entre los primeros problemas que, en los próximos años habrán de enfrentar los futuros gobiernos se encuentra el de la desintegración familiar de las clases populares y media, originada, alimentada y anclada por la recesión económica y la inflación encubierta hecha crónica, por la inseguridad laboral ---subocupación, desocupación, nivel salarial, inestabilidad del empleo, desaparición de la propiedad familiar y el ahorro doméstico--- y la ausencia de una política de inversiones sociales que ofrezca respaldo a las mayorías en crisis.

El pronunciado debilitamiento y la crisis de la institución familiar que atraviesa el Perú se encuentra también vinculado en sus mismos orígenes al centralismo cada vez más acentuado del Estado Peruano, a la ausencia de mercados internos y al abandono del medio rural que siguen promoviendo hasta hoy la desertificación de los espacios rurales y el desplazamiento contínuo a las grandes ciudades. La deformidad de la distribución demográfica y el desarraigo de masas que ésto trae consigo, agrava de manera contínua el debilitamiento de los lazos domésticos, la pérdida de solidaridad colectiva, la quiebra de vínculo entre el hombre y la tierra, el deterioro contínuo de la trasmisión cultural y el de la conciencia de identidades regionales y étnicas y de historia historia común con la inevitable deculturación asociada. Las tasas crecientes de maltrato, abandono y delincuencia familiar e infantiles derivan de manera inmediata de todos estos factores.

En un país como el nuestro en que la densidad demográfica es ya baja en los medios rurales, la reducción sistemática de la natalidad y las esterilizaciones forzadas no remediaran estos males. El Estado no puede permitirse el olvido de su última razón de existencia que es el bienestar familiar. Este, por consecuencia, es el producto y la síntesis de toda la acciòn del Estado.

Por ello, los problemas que en los plazos mediano y largo y de manera indirecta o directa derivan del deterioro de la vida doméstica no pertenecen al ámbito de la autoridad policial, las ONGs de derechos humanos, la caridad espontánea ni el asistencialismo de Estado sino al de una decidida política de reconstrucción familiar firmemente asentada en un proyecto global de plazos cortos, medianos y largos en cuyo marco las necesarias reformas políticas, económicas, sociales y culturales que demanda el país sean tratadas de manera consistente y orgánica: la solidez y bienestar familiares dependen de la ocupación y la próspera marcha de pequeños y medianos negocios, de la plena vigencia de los derechos laborales y estabilidad del trabajo, del nivel salarial, de los costos de vida y las capacidades del ahorro doméstico y depende también de las políticas sociales de educación, de vivienda y salud. En dependencia de éstas serán necesarios programas más específicos de aliento de la mediana y pequeña agroindustria en el medio rural y de actividad empresarial familiar de niveles micro, pequeño y mediano y asimismo programas de aliento de la propiedad familiar y el ahorro.

El problema educativo peruano deriva también del debilitamiento creciente de la base económica y de la asistematicidad del enfoque, así como también de las confusiones reinantes en torno a la orientación pedagógica.

La crisis familiar afecta la concentración del docente y el estudiante en el trabajo escolar y académico. La privatización irrestricta, el alza inconsiderada de pensiones y la burocratización administrativa avanzada del sistema escolar y académico aunadas a la desocupación, la inestabilidad laboral y los bajos salarios que aquejan económicamente a las clases bajas y medias han hecho disparararse en los últimos años las tasas de deserción escolar y académica. La subordinación acentuada del sistema de estudios a objetivos de mercado, de capitalización y de lucro a los plazos más cortos y el dominio ascendente del aparato administrativo y los criterios contables sobre el staff académico y sobre el criterio docente adulteran de forma creciente el fin pedagógico y, a su vez, subordinan la atención de los jóvenes a la persecución descarada de diplomas y títulos para fines de lucro. El estado de avanzado abandono en que se halla el aparato educativo estatal y la renuncia hecha explícita al lema de “pública, universal y obligatoria” agravan el estado de cosas.

A escala mundial, de otra parte, el desarrollo explosivo de la información y las ciencias desestabiliza y devalua en forma contínúa los contenidos docentes en materia de ciencias y métodos en beneficio creciente de la formación humanísta y orgánica cuyos contenidos se mantienen estables y se prestan de manera directa a la formación de la mente.  Desde el punto de vista de la orientación pedagógica en sí, el régimen cada vez más burocrático y rígido que oprime currículos, programas y syllabus sofoca la formación del carácter, el diálogo crítico y la creatividad del staff y estudiantes. El énfasis abstractista, memorista y repetitivo desalienta el recurso a las fuentes a favor de manuales y persiste, aún a pesar de la aceleración de los cambios mundiales en el paradigma, contenido,  principios y aplicación tecnológica de prácticamente todas las ciencias que reclama un enfoque creativo y flexible. En las universidades, colegios y escuelas, la reducción de las plazas profesorales estables y la mayoría creciente y dispersa de profesores a destajo o “por horas” aunadas a los bajos salarios continúan reduciendo los niveles de vida ya bajos y deterioran todavia aun más la calidad del modelo cultural y social ofrecido en las aulas.

Por debajo de la cosmetización cuidadosa que sufren las cifras que difunde el Estado, el analfabetismo funcional y formal recuperan espacios --aun los urbanos; el uso del lenguaje ---nativo e hispano--- sufre deterioro en forma visible; las capacidades de juicio y de crítica y las de competencia en profesiones y oficios declinan. Y, como efecto de acción retroactiva de todo el sistema, los profesionales engrosan el número de choferes de taxi que disputan clientes, mientras los desertores y egresados de colegios y escuelas, privados de acceso a la educación superior por causa del costo, pero excluídos también del trabajo por la desocupación  y la crisis invaden las calles.

El output que ofrece, a este nivel, el sistema se muestra a corto plazo explosivo como caldo potencial de cultivo para la delincuencia y el desorden social. La inversión municipal y estatal en el desarrollo de espacios no comerciales urbanos de recreación y de encuentro apropiados para nuestra juventud desbordante podría resultar un recurso de alivio inmediato.

3. El horizonte futuro

En materia de educación como en materia de promoción familiar se hace urgente una activa intervención del Estado, desarrollista, orientadora y rectora. Planes de reforma educativa no faltan. A grandes costos, desde la inconclusa y mutilada reforma de los años setenta, han sido elaborados por lo menos tres planes de mayor o menor consistencia. Ninguno de ellos llegó a ejecutarse. Todos ellos duermen en el Ministerio de Educación, archivados. Entre tanto, el sistema se ha venido degradando aun más.

En el futuro, la ejecución eficaz de cualquiera de ellas no podrá realizarse sin una mejora general de las condiciones de empleo, de trabajo y de vida del sector medio y bajo. Demandará, además, de una previa y estricta reglamentación estatal que se aplique al comercializado sector educativo privado definiendo claramente los límites dentro de los cuales este pueda operar respaldando al sistema y sin agravar las distorsiones ya dadas así como una definitiva orientación no comercial de las instituciones que dependen aún del Estado: escuelas, colegios, escuelas superiores, institutos y universidades. Estas deberían mantenerse no sólo nominal sino efectivamente gratuitas y recibir del Estado una poderosa inyección de recursos que les devuelva el nivel de excelencia mundial que centros como el Guadalupe, San Marcos, San Antonio o Huamanga han mantenido por siglos. La restauración del necesario equilibrio y de una competencia dinámica en materia de calidad y de precio entre el sistema estatal y gratuito y el sistema privado puede ser todavía un instrumento eficaz para el redireccionamiento de todo el sistema. La creación de un sistema integral de becas que garantice la formación de estudiantes de mérito y favorezca de modo especial a los hijos de padres docentes es un indispensable recurso para la capitalización nacional de cultura.

No menos decisiva para el presente y futuro de la educación nacional es la situación laboral del docente. Por encima del equipamiento material de los centros el ideal debe ser, como siempre lo fue, la docencia de dedicación exclusiva, estable y adecuadamente pagada para satisfacer las necesidades vitales, sociales, culturales y el ocio creativo en que se halla el sustento de la eficiencia, la creatividad, el compromiso pedagógico y el decoro de nuestros maestros.

Y, en cuanto a la misma orientación pedagógica ésta demanda clamorosamente en la actual situación una desburocratización decidida de sistemas docentes, un énfasis nuevo en la formación de la personalidad y el carácter, la curiosidad, la imaginación creativa, la capacidad reflexiva y el juicio independiente, racional e ilustrado; la flexibilización de currículo y syllabus, el aligeramiento en el peso excesivo otorgado a ciertos cursos sobre otros, la subordinación de las evaluaciones y títulos a la promoción de la reflexión y la crítica y --siguiendo las tendencias que imprime en la pedagogía avanzada la nueva situación de la ciencia y la técnica--- la restauración de la importancia debida a los cursos que establecen las bases del aprendizaje dinámico: lenguajes, literaturas; geografías e historias; filosofías, éticas, lógicas y recursos de expresión escrita y verbal. Y en la propedéutica del razonamiento, del método y su aplicación en la técnica, la desenfatización de modelos abstractos y estáticos frente a la observación ilustrada, la reflexión y la crítica apoyadas en la experiencia concreta, cuotidiana, inmediata y vital. Por la misma razón pedagógica, el deporte, por último, necesita ser reintegrado, de manera adecuada, como actividad más bien que espectáculo, a la formación del niño y el joven.

La crianza y educación familiar asi como la educación en sus varios niveles no adquieren consistencia total como fundamentadores de identidad nacional sino en el sistema nacional de cultura que los nutre y se nutre de ellos. En la interdependencia que existe entre éste y sus términos, la enfermedad de una parte es la enfermedad del conjunto e inevitablemente la enfermedad del conjunto agrava la enfermedad de las partes. Para quienquiera que haya atendido al fenómeno en el curso de las últimas décadas resulta evidente que la cultura peruana se encuentra en declive.

Detrás del fenómeno se encuentran los mismos factores que afectan educación y familia: crisis económica, empobrecimiento y comercialización extrema del bien cultural. Los efectos se sienten en la industria editorial, casi en quiebra, y el mercado interno y externo del libro, cada vez más encarecido y escaso y, por tanto, más fuera de alcance del ciudadano promedio e inclusive del profesional de cultura; en la degradación de la información televisiva y la prensa, reducidas al plano de magazines banales o pornografía y violencia; en la degradación del idioma en el uso popular, en la prensa y en los medios de la radio y tv; en la pérdida consecuente del hábito de lectura y el avance creciente del analfabetismo segundo derivado en la falta de uso de la habilidad de lectura adquirida en la escuela; en la invasión aplastante de pornografía y violencia --propuestos como modelos de vida y conducta--- en las salas de cine y las pantallas del video.

El problema más grave en el sistema nacional de cultura debe ser identificado en el descontrol de los medios. La creciente subordinación de los medios a las fuentes externas, vinculada a la monopolización internacional y control de la infrestructura de comunicación e informática ---satélites, hardware y software; patentes y derechos de autor, mercado del libro…--- arrebata el control cultural de las manos de la elite creativa peruana, degrada la información y el recreo que están al alcance del ciudadano promedio y somete el sistema al mero criterio del mercado y del lucro operando como factor disolvente sobre la identidad cultural, la moral y la ética y la orientación de conductas ---incluso políticas--- de la poblaciòn nacional.

Bibliotecas, museos, salas de concierto, de teatro, de cine y recreación cultivada languidecen y mueren en este contexto. El sistema, en conjunto, desalienta al intelectual nacional ---literato, científico, artista o filósofo--- restringiendo o anulando su acceso al insumo, al instrumental de trabajo, a su público y a los mismos recursos de vida, disuadiéndolo de la actividad creativa y terminando por subordinarlo a la larga a la actividad comercial de los medios y a un mercado trash cultured. La fuerza y dominio y la inercia adquiridos por la deculturación de los medios en este proceso no encuentra una compensación adecuada en la institución familiar ni en la universidad, el colegio o la escuela, sometidos al mismo proceso y, de este modo,  terminan operando como un factor corrosivo sin freno sobre la identidad cultural, la moral y el criterio civil del ciudadano promedio.

En materia cultural cualquier solución practicable al problema habrá de apoyarse también en un indispensable refuerzo de la situación económica de los sectores sociales populares y medios. La consistencialización de polìticas de promoción familiar, educación y cultura, su tratamiento global y su priorización como clave en la preservación y refuerzo de la identidad nacional, de la moral ciudadana, de la viabilidad democrática y de la competitividad económica deberá dominar la estrategia.

Son desaconsejables y poco realistas, sin duda, toda clase de censuras y recursos de “aduana” que aislen culturalmente al país como las que fueron privilegiadas por los nacionalismos extremos a comienzos de siglo. El más recomendable como objetivo inmediato habrá de ser, por ahora, el de restaurar equilibrios entre las fuerzas culturales en juego.

La universalización y refuerzo de la socialización familiar y de la calidad educativa de los sistemas formales es una condición sine qua non para la solución del problema.

La segunda, el refuerzo social y económico y la puesta en valor del potencial creativo de los sectores intelectuales peruanos. La promoción de un mercado dinámico de arte y cultura es indispensable en los marcos actuales de la economía y la vida social. Para el agente y creador de cultura sigue siendo indispensable también el abaratamiento y facilitación del acceso al insumo. Ello significa, como modo de inversión del Estado peruano en la capitalización y desarrollo de la infraestructura cultural del país, la expansión y abaratamiento de la comunicación y difusión del producto en las ciencias, las letras y artes ---comunicación internet y acceso a satélite, recursos modernos de imprenta para pequeños tirajes, etc---; el apoyo directo e indirecto, mediante el recurso liberador de aranceles e impuestos y aun el subsidio, a la importación y exportación de libros, revistas, objetos de arte, grabaciones y reproductores de música y video, software informático, equipos de laboratorio, de comunicación y de cómputo, instrumentos musicales, herramientas de artesanía y de artes, pinceles, pigmentos, etc. todo lo cuál en conjunto representa hoy en día, en términos reales incluyendo IGVs, un ingreso negligible desde el punto de vista de Hacienda, pero capaz ---en el caso que el Estado decida desprenderse de él--- de proveer un estímulo cultural al país que represente a la larga un significativo valor económico.

El estímulo a eventos culturales de participación cultural como la Feria del Libro, Festivales de Cine de Arte, de Poesía, de Folklore y de Canción Popular, Exposiciones, Conciertos y Temporadas de Música Sinfónica, de Ballet y de Lírica a precios que estén al alcance de estudiantes, clases medias y sector popular de bajos ingresos resulta ya indispensable para la recuperación de la vida cultural del Perú. Para ello será necesaria la renovación y refinanciación del Conservatorio Nacional y la Escuela Nacional de Bellas Artes, la de la Orquesta Sinfónica y el Ballet Nacional. La organización de Festivales de Arte y eventos cuya importancia trascienda del mero interés nacional se revela estos tiempos como un estímulo útil a la industria turística. La disposición de condecoraciones civiles y premios, honores y estímulos con significación económica sigue siendo tan necesaria, y aun más, como lo era cien años atrás. El incendio reciente del Teatro Municipal pone ahora, en el primerísimo plano de los intereses urbanos la construcción de teatros y salas de concierto adecuadas en zonas mejor comunicadas de Lima y en el interior del país.

A pesar de su burocratización, marginalidad y empobrecimiento económico, el Instituto Nacional de Cultura sigue siendo la instancia adecuada para la coordinación de esfuerzos como éstos. Su reorganización, refuerzo e incorporación al Ministerio de Educación en condición de Viceministerio de Cultura podria resultar en una mejor integraciòn del sistema total si ello no lo burocratiza aun más y no le hace perder el dinamismo ya escaso que conserva hasta hoy. A esa condición convendría apoyar la iniciativa ya en marcha. Con toda seguridad convendría también el retorno al Ministerio de Educación de la autoridad deportiva.

Para terminar, una consideración que, al terminar del milenio, parece ser pertinente.

En el curso de los últimos años, coreando las voces que exaltan la posmodernidad, la globalizaciòn, el neoliberalismo, la explosión tecnológica y la renovación de los tiempos, hemos venido escuchando multitud de opiniones que juzgan que, en materia de educación y cultura, y para fines de “postmodernización” del país conviene hacer tabla rasa de todo el pasado ---incluídas en ésto nuestras identidades, valores y estilos culturales históricos--- innovar sin medida, otra vez imitando las modas que promueve la época y que importan los medios.

La experiencia de las dos superpotencias modernas ---Estados Unidos y CEI--- que van a la vanguardia de tales procesos de postmodernización absoluta ---tal como también nos la muestran los medios--- se expresa en tragedias como las de las escuelas de Columbine y otras en USA y como la del caos social y económico en Rusia. Todo ésto invita a prudencia. En Perú, en materia de educación y cultura, más que desmantelar atolondradamente lo poco que queda conviene pensar en reconstruir con solidez nuestra casa arruinada. Se aplica en ésto el principio evangélico: el que recomienda al escriba del Reino, tomar de lo viejo y lo nuevo.


ELEMENTOS PARA UNA POLÍTICA NACIONAL DE CULTURA

por Fernando Fuenzalida Vollmar


La palabra ´cultura´ de acuerdo con su origen, significa labranza o cultivo”
Carlos Brignardello

“la naturaleza es el espíritu visible y el espíritu es la naturaleza invisible”.
 Schelling

“La cultura es la tierra a la que el hombre hace organismo”
Frobenius


1. Sociedad y cultura en el paradigma postmoderno: hacia una visión holística de la estructura y los procesos socio culturales.

¿Qué debemos entender por cultura”
La primera dificultad con que tropieza el analista al intentar trazar los rasgos de una política general de cultura para una nación como el Perú es la multivocidad con que el término cultura suele ser empleado en nuestro medio. Por una política de cultura debemos entender, en primer término, una doctrina y estrategia para el uso del Estado en la materia de administración, promoción y desarrollo de “el patrimonio y los recursos culturales de la nación”. El ámbito que pueda cubrir una expresión como ésta y la manera como deba definirse y conducirse una política tal depende, sin embargo, de la definición de “cultura” que adoptemos entre las muchas que disputan dominio a lo largo de los cien años últimos.

Tenemos, en primer lugar, las que son oficializadas en el canon de la literatura antropológica que domina el panorama de las Ciencias Sociales académicas en la América Latina de la última post-guerra. Sus orígenes inmediatos se encuentran en la Antropología Cultural de la Escuela Americana desarrollada por los discípulos de Franz Boas a partir de la primera década del siglo que termina. El explícito punto de partida de este enfoque estuvo originariamente en la identificación de Boas con el neokantismo de las disciplinas llamadas por Dilthey, en el siglo XIX, “del espíritu”.

Frente al ámbito de definición que deriva de este punto de partida, es ubicable el que propone el mecanicismo positivista establecido por los mismos tiempos en las Ciencias Naturales y que encuentra proyecciones en el sociologismo estadístico-cuantitativo y en el funcionalismo mecanicista de la actual Sociología Funcionalista americana.

Contra lo que sugiere la homonimia este enfoque se diferencia en forma nítida frente al de la Antropología Social o estructural-funcionalismo europeo -dominante todavía en Francia y Gran Bretaña-- que deriva, de su parte, del organicismo positivista fundamentado a comienzos del mismo siglo XIX por Henri de Saint Simon y Auguste Comte y constituido en matriz de la Sociología contemporánea desde los mediados de ese mismo siglo con Emile Durkheim y Herbert Spencer.

A pesar de la superficial apariencia de identidad entre estas disciplinas que procede de la visible coincidencia en la “cultura” como objeto de estudio los enfoques resultan, en la práctica, difícilmente conciliables. Tan inconciliables, por lo menos, como lo han sido a lo largo de todo el pensamiento occidental las visiones del materialista Leucipo, el idealista Platón y el conciliador Aristóteles. La polémica entre estas tres escuelas encuentra hoy -en la revolución del paradigma-su asiento matemático en el enfrentamiento todavía en marcha entre el idealismo matemático de Bourbaki, el realismo de Poincaré y las síntesis propuestas desde los tiempos de Liapunov hasta las visiones holísticas de von Bertalanffy, Prigogine, Bateson, Lorentz, Mandelbrot, Gleick o Sheldrake. En el campo de las Ciencias Económicas entre el superformalismo y el probabilismo entronizados en la Macroeconomía y la Econometría -hoy motejados de “autistas”-- y las propuestas más recientes de retorno hacía un realismo totalista o holista.

El primero de esos enfoques de la cultura, el estadístico y funcional mecanicista proyecta, desde su fundamento epistemológico newtoniano, el universo colectivo como el resultado probabilístico del alternante ensamblaje y desensamblaje funcional-estructural de unidades humanas individuales biológica, psicológica e intelectualmente autónomas. En este enfoque la cultura de una colectividad deriva de un consenso que se recompone sin cesar y que se nutre de procesos deliberativos más o menos implícitos o explícitos. Es inseparable de la visión liberal y neoliberal. Privilegia a las instituciones deliberativas y a los medios como instrumentadores del proceso y de la forma que asumen los sistemas en sus estados sucesivos.

El segundo, boasiano de escuela, toma como punto de partida la conocida dicotomización kantiana entre el orden natural y el orden del espíritu. La vida social, la cultural, la económica y la política, así como la historia pertenecen según éste al dominio de la libertad individual y colectiva, se encuentran exentas del determinismo de las leyes naturales y son escasa o nulamente dependientes en su estructura y dinámica de lo que se derive del proceso, de la estructura y vida empírica de las sociedades. La historia y la cultura aparecen como victorias o fracasos del libre espíritu del hombre sobre sus condicionamientos naturales, pero siempre como “hazañas de la libertad”.
El tercer enfoque, el orgánico-positivista toma su punto de partida en forma explícita desde el protoholismo aristotélico y sus reformulaciones baconianas. En su perspectiva, el universo natural, el universo intermedio de la vida y el universo del espíritu aparecen en determinación recíproca y en unión insoluble en el simultáneo despliegue de la potencialidad material infinita y su actualización por las formas o leyes universales de la naturaleza.

Percibidas de este modo la condición y evolución material, biológica y espiritual del hombre resultan inseparables entre sí, constituyendo el universo bio-socio-cultural una unidad orgánica en las que la existencia y operaciones de las partes son naturalmente interdependientes y compartidas y los estados temporales son por necesidad correlativos.

En esta perspectiva la cultura aparece como una creación y proceso colectivos que emerge de una retroalimentación contínua entre las condiciones materiales de la vida social individual y colectiva, sus condiciones sico-espirituales y el medio. A diferencia de cuanto deriva en consecuencia de los planteamientos antagónicos, el sujeto de tal proceso y creación no es el individuo en tanto que conciencia o voluntad autónoma sino la sociedad como conjunto que se ofrece simultáneamente como punto de partida y llegada de las operaciones de una voluntad y conciencia que la colectividad internamente comparte.

Considero, por honestidad, necesario precisar en camino, que mi formación personal y horizonte sobre la cuestión de cultura procede de la escuela de Spencer, en Cambridge, derivada del último enfoque, y que aunque mis investigaciones personales no me remiten por completo a esa ortodoxia los fundamentos siguen siendo comunes.

Y, sin que sea, al llegar a este punto, ni necesario ni oportuno continuar profundizando en una cuestión epistemológica que excede los objetivos y alcances de de un informe como éste y que, en el campo de la antropología se mantiene en una condición estancada desde la famosa controversia de los años treinta entre Alfred Kroeber -discípulo de Boas-y W.H.Rivers -de la escuela spenceriana-acerca de la independencia o dependencia de las formas o estructuras semántico-lingüísticas y las realidades materiales de la relación e interacción social que se supone representan, resulta sí oportuno y conveniente enumerar algunas de las cuestiones que derivan en forma directa o indirecta de esas diferentes tomas de postura.

¿Qué es, después de todo, la cultura?, ¿Quién o quiénes constituyen sus sujetos?,  ¿Cuál es su locus?, es decir ¿dónde se encuentra?, ¿Qué es lo que constituye su composición y contenido?, ¿Quién o quiénes son sus portadores?, ¿Cómo se crea, cómo se trasmite, cómo se conserva, cómo cambia y se transforma? ¿Cuál es la naturaleza verdadera de los llamados encuentros y contactos culturales?....Y, en resumidas cuentas, ¿es o no administrable, promovible, orientable en una u otra forma y -de serlo-bajo qué condiciones y por qué procedimientos?.

Cultura es, para comenzar, una palabra de naturaleza ambigua que, en su uso en nuestros días, se presta continuamente a confusión. En un primer sentido -el más originario-es una palabra de cuño aristocrático y se escribe con mayúsculas (valdría la pena recordar el empleo peyorativo de las minúsculas en los estilos académicos centro europeos del siglo XIX). Se aplica a las formas de lo que llamamos hoy, para marcar diferencia, la alta cultura: aquella que por su excelsitud alcanza la universalidad de un consenso y se expresa en el reconocimiento colectivo y promoción de creaciones, de carácter individual o colectivo, nominal o anónimo que, en el ámbito de las letras, de las artes, de las ciencias o de los oficios merecen ser propuestas como modelos a imitar y superar.

Son en éste sentido productos u objetos de cultura el Cantar del Mío Cid, la Ilíada, la Dama de Elche, la Victoria de Samotracia, las grandes catedrales del medioevo por más que hayamos olvidado sus autores, pero también la poesía de Horacio o Virgilio, la filosofía de Platón y de Aristóteles, La Basílica de San Pedro, el Escorial, las obras de Moliere, de Racine, de Shakespeare, de Cervantes, las óperas de Verdi, de Puccini o de Wagner,  la pintura de los impresionistas o de los cubistas, los ballets de Diaguilev...cuyos autores se mantienen personalizados en la memoria histórica.

En un sentido alternativo, escrita con minúsculas, y universalizada en este empleo por las Ciencia Social y Antropológica a partir de los finales del siglo XIX y comienzos del siguiente, cultura es una palabra que se aplica al universo entero de la creatividad social y de sus obras enriquecidas por la historia y manifiestas en la tradición o tradiciones compartidas por los pueblos.

Aquí no se impone un criterio de carácter valorativo. Resulta siendo un objeto de cultura o una conducta cultural todo aquello que constituya acción humana o su producto material o inmaterial, anónimo o personalizado. Aquí la lista se hace interminable y, en los manuales de los especialistas contemporáneos de la Antropología Cultural la variedad de los items elencados se extiende en forma indefinida. En un sentido como éste pertenecen al ámbito de la cultura, al mismo título, las óperas de Wagner y las tallas en madera de un campesino tirolés, la poesía de Vallejo y los valses de Felipe Pinglo. Aquí, para diferenciar, solemos aplicar algunos términos especificadores como, por ejemplo, el de folklore o saber del pueblo -sin que esta última palabra implique necesariamente una peyoración en tanto que pueblo deba ser entendido como colectividad en conjunto; o también artesanía si es que se intenta referirlo al producto material y tangible.

Para un entendimiento preciso de la forma en que empleamos hoy en día la palabra “cultura”  debemos remitirnos a su origen y asociación histórica.

En el primero de los casos la asociación se manifiesta en la proximidad y parentesco entre las palabras “cultura” y “cultivo”. Cultura es, efectivamente, en su estricto sentido, el producto o fruto del cultivo. Y en el terreno de los seres animados, la noción correspondiente es la de crianza, mientras que en el del humano es la de educación.

Se implica en esto una simetría orgánica entre los distintos planos de la vida. Todos ellos emergen a la existencia en este mundo bajo la forma de potencialidades seminales que pueden o no llegar a actualizarse o realizarse en plenitud. Para lograrlo finalmente tendrán necesidad de la comunicación y el diálogo -mayéutica o dialéctica-- con la colectividad a la que se pertenece, representada por el labrador en el cultivo, el ganadero en la crianza, los mayores, el maestro o los maestros en la pegagogía. Es el campo de lo que los griegos llamaron la paideia, por la que se diferencia entre helénico y bárbaro, el libre y el que ha sido destinado a servir. En éste contexto del significado, sólo la excelsitud universal en la virtud, en la sabiduría o la belleza merecen el nombre de cultura, quedando toda otra condición, acción u obra humana en la mera condición de una realización frustrada o en vía de hacerse.

Derivan de esta visión, como consecuencia lógica, la idea de la identidad entre la educación como logro realizado y la cultura; la naturaleza orgánica del proceso en tanto interiorizado por el sujeto de cultura y expresado en una transformación cualitativa y progresiva de la personalidad y el mismo cuerpo; la demanda cualitativamente superior, en el proceso, de algo diferente a una mera transferencia impersonal de información en el sentido cuantitativo sino más bien de una relación ejemplar, personalizada y directa entre el maestro y el discípulo que trasciende en el modelo bajo la forma del eros pedagógico al que se entiende como un vínculo de alta intensidad emocional generado y mantenido alternativamente en el plano de la sensibilidad, de la emotividad o la racionalidad intelectual o en todos ellos a la vez idealmente.

Complementariamente esto se manifestará en el sujeto de cultura bajo la forma de un tipo particular de talante, actitud, relación y modo de acción frente a la vida, los demás seres humanos y la naturaleza. Es la que se expresa en la poiesis o acción cultural en tanto “buena educación”.

La acción del hombre de cultura se expresa en forma tal, como una operación de creación orgánica destinada a poner de manifiesto en forma actual las potencialidades infinitas de su objeto, a diferencia de la acción del apaideusico o ser no cultivado que se expresa en la techné o artificio o tecnología mera.

La poiesis es generadora de onta, On es ser. Onta seres, realidades vivientes dotadas de interioridad comunicante que, constituída en un sustrato material o humano, constituyen en su autenticidad las creaciones propiamente culturales, entendidas también como realidades creadas por el hombre y como presente disfrutable por él mismo. Y, por ello, también riqueza en su sentido más propio.

Mientras que, en contraste, la techné es ensambladora de prágmata o productos, apariencias mecánicas de naturaleza imitativa o mimética porque alienadas o ausentes de interioridad. Pragma significa “cosa”, pero también trabajo que se hace por obligación y por ganancia y no por disfrute y también fastidio o molestia o incomodidad. De ahí la repugnancia del mundo clásico, heredada al menos parcialmente por el hombre cultivado de hoy,  frente a la “técnica sin alma”, al artificio, a lo imitativo, a lo estandardizado y lo sintético.

Una visión tal de la educación y de la cultura no debe ser relegada, por causa de su antigüedad, al mundo clásico de hace dos mil años.

Por la persistencia de la lectura de los clásicos en la educación de las elites a lo largo de la historia de occidente, se encontraba todavía presente en plenitud en el siglo XIX en la Kulturkampf de Bismarck que construyó la cultura germánica de la modernidad, en las quejas de Arnold Toynbee por la declinación de las humanidades en nuestra formación escolar y universitaria desde la postguerra del 1918 y en los grandes esquemas de la política cultural y educativa de los llamados estados totalitarios de la década de los treinta a los noventa. Sobrevive aún como trasfondo en las orientaciones generales de la UNESCO y en las políticas culturales de países como Francia, Gran Bretaña, Alemania, España y muchos otros así como en las concepciones en que se respalda la pedagogía de algunos de los más importantes centros académicos de elite de los EEUU.

Cultura, interioridad social e identidad

La noción de interioridad es fundamental en las discusiones sobre la naturaleza del hecho cultural sostenidas en el curso de los últimos doscientos años y para una mejor comprensión del puente que vincula la definición específica de la cultura como excelsitud y su definición como universalidad del ser y del quehacer de la colectividad humana.

En la tradición sociológica, desde los tiempos de Aristóteles, tal interioridad es identificada con la estructura o la forma. Ni un monton de ladrillos es una casa,  ni un monton de gente es una sociedad. Hace falta algo más que ladrillos o individuos: un ordenamiento estructural. De él depende la identidad que tome la materia sea la de una casa, una iglesia o un cuartel. Esa identidad es compartida por las partes que definen según ella su propia, singular, identidad.

No es lo mismo un individuo en aislamiento que otro en sociedad. Los ladrillos y las gentes son materia. El ordenamiento de ladrillos o gentes es forma. El ordenamiento tiene principios estructurales o núcleos. Esos núcleos son dinamicos y evolucionan en el tiempo pero también generando nuevas formas estructurales sometidas a los mismos principios según cambian las necesidades.

El ordenamiento ha sido identificado sucesivamente como “alma”, o también por filósofos como Bacon como “ley”, o como “forma” como en el caso de Stuart Mill, o “estructura” con Auguste Comte y con Radcliffe Brown.....

En la sociología fundadora de Emile Durkheim y su discípulo Marcel Mauss hacia finales del siglo XIX la palabra cultura está completamente ausente. Se encuentra remplazada, como noción científica que equivale a la primera, establecida en el campo filosófico por Spengler, por la expresión “conciencia colectiva”. Aquí Durkheim se hace eco de las expresiones de ilustres fundadores de la psicología experimental moderna como Wundt y como Fechner que hablan de la völksicologie o psicología colectiva como sustrato de interioridad de los pueblos, las etnías, las naciones y las civilizaciones. Todavía en la década del mil novecientos cincuenta Frobenius seguirá hablando del Paideuma, noción que debería traducirse como “psique, alma o espíritu nutricio” o como “psique, alma o espíritu educador”.

Concuerdan todos ellos aquí con la asociación entre lo social y el “alma colectiva” que inaugura en su “Política” Aristóteles: el hombre es hombre solamente en cuanto es social y por eso solo en cuanto comparte un alma con otros. Ideas de esa misma proveniencia justificarán aquí entre nosotros al Alma América de Chocano y al Pueblo Continente de Antenor Orrego así como a las teorizaciones sobre la cultura del Perú en la obra de Luis E.Valcárcel.

La cultura es así el “alma” misma o identidad de una civilización, una nación, una etnicidad o una colectividad humana. Y, aunque expresiones como éstas, que remiten todavía a conceptos clásicos como el Anima Mundi de latinos y griegos y a los de las almas nacionales y étnicas que derivan de ésta, han sido hechas de lado en los academicismos del siglo que acaba por temor a una reificación de lo que se ha querido ver metáforico, ellas vuelven a ser puestas en circulación ahora, comenzando este siglo, por vía de la aplicación al campo de la sociedad y la cultura de la noción de “campo morfogenético” desarrollada por Rupert Sheldrake y sus antecedentes en el análisis de la “ecología de la mente” hecho por Gregory  Bateson y por Maturana, su discípulo.

Independientemente de la toma de partido que hagamos por la realidad o la metáfora, los grandes teóricos fundadores de la antropología contemporánea concuerdan universalmente en el reconocimiento de que tal como la sociedad no puede ser asimilada a ninguno de sus aspectos analizables como los que corresponden a la organización política, económica o militar, sino reconocida como la totalización orgánica de la que tales aspectos son diferenciados secundariamente.

Así la cultura no constituye un aspecto más entre otros de entre los muchos que pueden ser analizados en la colectividad humana sino la interioridad de tal colectividad en sí y en cuanto totalización de la exterioridad social. La sociedad aparece aquí en la expresión de Spencer como un superorganismo dotado de un cuerpo exterior constituido por sistemas, órganos, tejidos y aún células, una interioridad vital dotada de conciencia y voluntad en la que se hacen manifiestas facultades colectivas que nos muestran una analogía básica con las de la psicología individual y un hábitat, territorio o espacio con el que dialoga, interactua y se retroalimenta de modo contínuo en un proceso de mutua adaptación evolutiva.

Colocada la cuestión en estos términos que siguen fundamentando todavía la sofisticación contemporánea de grandes teóricos de hoy como Marcel Griaule, Georges Dumezil, Jacques Soustelle o Louis Dumont y sin huir de los avances revolucionarios de hombres como Gregory Bateson o Rupert Sheldrake, tal interioridad podría eventualmente describirse como un campo de intersubjetividad surgido de la comunicación interpersonal e intergrupal a múltiples niveles. El sustrato de este campo se encontraría en la psique individual de los sujetos interactuantes. El modo de existencia en esa psique sería el de latencias sicológicas actualizadas en función de los estímulos provistos por la dinámica de los contextos. Su persistencia radicaría en la estabilización del sistema social que interioriza. Su prolongación en el tiempo por la comunicación intergeneracional.

A la manera de uno de los campos morfogenéticos de Sheldrake, esta psique se autoregeneraría y autotransformaría adaptivamente al mismo tiempo en la secuencia de las generaciones. La estructura interna de ese campo y la disposición de sus contenidos mantendría un  elevado grado de correlación con la estructura de las relaciones sociales y la interacción que estas derivan. Su contenido estaría jerarquizado estructuralmente en términos de tal correlación desde el nivel de superestructuras de alta densidad que consistirían en definiciones de realidad y posibilidad, de valor y prioridad, de eficacia y corrección equivalentes, en un cierto modo a los conjuntos de axiomas, postulados y reglas operativas que derivan en matemáticas y en lógica los sistemas axiomáticos, hasta el nivel más específico que corresponde a los subsistemas de creencias, de valores y de normas de conducta que se aplica a los diferentes grupos funcionales o jerárquicos que constituyen una sociedad.

En el núcleo más íntimo de esta interioridad, Georges Dumezil, entre los años del 1940 y el 1970 creyó identificar un “esquema genético” propio de cada tronco civilizatorio, constituido por el esquema mítico-ritual, dotado de una cualidad de carácter giroscópico que obligaría a la cultura a retomar su estructura originaría cada vez que se aparta con exceso de la forma provista por tal núcleo. El de la civilización a la que pertenecemos sería el de la llamada “trifuncionalidad” -organización del universo social y cultural en categorías religiosa, política y económica--  que no nos corresponde aquí investigar.

Comunicación y cultura

Resulta destacada una vez más, en esta perspectiva, la importancia de la comunicación generacional e intergeneracional y la de las relaciones cara-a-cara en las que se estructura la enorme complejidad de las interacciones cognitivas, axiológicas y conductuales de la colectividad en cuanto constitutorias de la intersubjetividad en la que se ubica la cultura. Pero, en forma adicional el énfasis que otorga a la correlación retroalimentada entre las dos totalidades representadas por la exterioridad social y la interioridad de la cultura y a la analogía cuerpo-alma, introduce un factor adicional que es el de la definición de esta alma-cultura como ámbito de las identidades colectivas y referente de las identidades individuales y grupales en las que la colectividad se constituye.

En esta forma se termina por reconocer la existencia -implícita también en el pensamiento helénico de lo cultural-de una continuidad evolutiva entre la “Cultura” concebida como la excelsitud del acto que realiza la potencialidad germinal de lo individual y de lo colectivo y la “cultura” concebida como la universalidad del contenido de la conciencia colectiva en todos sus niveles, el de la potencialidad pre-realizada y el de las potencialidades en distintos grados o niveles del proceso de actualización. La cultura, escrita así con “c” minúscula, representada por el folklore y las creencias, valores y costumbres populares no sería de este modo sino el humus, mantillo o tierra fértil en el que germina y se desarrolla la Cultura, así con “C” mayúscula, a condición de un buen cultivo. Sería también, desde otra aunque complementaria perspectiva, el equivalente de una latente memoria colectiva que en forma recíproca se nutre de las formas más arcaicas de la conciencia social actualizada y es nutrida, a su vez por ella. Una especie de sustrato que sustenta y alimenta la conciencia de identidad y de común destino de la sociedad como conjunto.

Entendido en esta forma tal nivel de los sistemas culturales fue definido por los filósofos sociales del siglo XVII como el campo propio de la moral y/o las costumbres, y por extensión de las “buenas” o “malas” costumbres. Un universo de valores y conductas que resultan más vividos como espontaneidad repetitiva de estilos heredados que como acciones voluntarias libres y manifiestas en propósitos de carácter individual y colectivo y en conciencia racional.

La cultura como interioridad, como interacción y como plasmación

Desde este punto de partida las estructuras culturales que definen, exteriorizan y hacen manifiesta la esfera en que se envuelve una tal identidad pueden ser descritas en tres niveles diferentes pero inseparables entre sí.

El primero y el más inmaterial o interno el de los contenidos latentes o conscientes de la mente colectiva que se pueden definir en términos de principios axiomáticos, postulados y reglas operativas cuyo locus estaría en un campo de intersubjetividad con sustrato en las mentes individuales de los miembros de una colectividad.

El segundo el de la manifestación o actuación contextual de tales contenidos bajo la forma de un ordenamiento específico de las relaciones interpersonales bajo estilos específicos de la interacción.

El tercero, el de la proyección de tales contenidos en un modelamiento de contextos materiales y de contextos humanos externos a la propia sociedad cuya tendencia sería la de reproducir en forma especular la propia concepción del mundo o weltanschauung en una concreción de orden material que la reproduzca de modo tan cercano como el ámbito permita.

Una secuencia de manifestación en esferas de exterioridad creciente no debe entenderse, sin embargo, como de carácter unidireccional sino más bien como de carácter dialogante con las realidades operantes en cada uno de los ámbitos. Su producto es una síntesis que puede definirse como patrimonio cultural de la colectividad. Está hecha de ideas y creencias, gustos y valores, nociones de eficiencia y rectitud. Pero también de estilos conductuales y relaciones, modos del sentimiento y la emoción y sus formas de expresión, apetitos, impulsos, represiones; de paisajes producto de la remodelación del propio ámbito, monumentos y expresiones plásticas, creaciones musicales y literarias y, finalmente, de maneras de comprender, relacionarnos e interactuar con el extraño.

Aquí, sin ánimo de lirismos ni voluntad sentimental, resulta derivable una comprobación adicional: las creaciones materiales de la cultura, en cuanto patrimonio, no pueden entenderse -salvo en el marco de contextos alienantes-sino como externalizaciones de la propia identidad o alma colectiva y es ello lo que constituye su fuente de valor como objetos de cultura y no como productos de una tecnología comercial. Abstraídos de la identidad histórica o presente que los vitaliza pierden su “encanto” o la “magia” que les otorga su atractivo. Debe extraerse consecuencias para lo que atañe al valor que se atribuye a las artesanías nacionales o al atractivo turístico de paisajes, monumentos o celebraciones populares.

La dinámica de la cultura

En cuanto a la dinámica que conduce esta estructura, ella se manifiesta en un triple proceso de autoreproducción intergeneracional, de realización o desarrollo de potencialidades y de adaptación evolutiva con el medio externo natural y socio-cultural.

Se reconoce universalmente en las ciencias de la cultura que el sustento de todo ese proceso triple está en el de la autoreproducción intergeneracional de la cultura en la crianza o socialización temprana. La función aquí cumplida es la de la preservación de la continuidad de la identidad y la memoria colectiva -es decir de los núcleos más profundos de cultura-- en los niveles consecuentemente también más profundos de la conciencia individual y grupal . Es por ello que su espacio natural está representado por el grupo familiar, el de mayor solidaridad y densidad emocional de toda la compleja estructura de la sociedad, así como la edad en que se emprende este proceso está representada por la primera infancia, aquella en la que la psicología individual está dotada de una máxima maleabilidad.

Las estructuras domésticas, como ha sido observado por Robert Redfield y Milton Singer en sus investigaciones sobre la articulación entre los niveles folk o populares de la cultura y los más elevados o universales, representan, en los sistemas sociales más complejos de carácter nacional o civilizacional como el peruano o el hispanoamericano en general, los múltiples puntos de sostén de una sofisticada jerarquía de administración de la cultura en la que los miembros adultos y ancianos de la familia constituyen modelos referenciales e instancias inmediatas de autoridad y poder en la introyección de referentes cognitivos, axiológicos y normativos que arraigan en el pasado más remoto de una sociedad pero se subordinan a una sofisticada cadena de instancias superiores cuya cima está constituída por instituciones religiosas y escolásticas que coronan la estructura. Se observa, a lo largo de esta cadena, un contínuo y complejo reprocesamiento de los contenidos que, en dirección a la cima, depura, actualiza y universaliza los contenidos de la cultura localística y doméstica y que en dirección a la base traduce al lenguaje popular, divulga y difunde los productos de estas universalizaciones y,complementariamente, operan como instancias sociales finales para la identificación y consenso en el orden cultural y social. Se manifiesta, a fin de cuentas, más que como un producto terminado, como un  proceso contínuo de elaboración de la experiencia individual y colectiva en el que se sostienen la confianza interpersonal y la solidaridad social.

En las sociedades más arcaicas, los niveles intermedios de esta jerarquía que administra el proceso general de la cultura se encuentran representados por los que corresponden a la organización educativa cuya función se orienta a la especificación y extensión de los procesos familiar-domésticos de la crianza y de la introyección de sus esquemas hacia los ámbitos de la sociabilidad interfamiliar y cívica y la satisfacción de las funciones que deberá asumir el individuo en el variado contexto de las subcolectividades y funciones en las que deberá desenvolverse como adulto. Esta es el ámbito de la Palestra, el Gimnasio, el Liceo o la Academia entre los romanos y griegos y romanos, o también el de las escuelas parroquiales y monacales y los talleres de aprendizaje artesanal en los tiempos medioevales y, por supuesto, el de nuestras modernas escuelas, colleges del sistema anglosajón y gimnasios académicos del régimen germánico, escuelas profesionales y de oficios, de bellas artes o conservatorios, universidades y centros de investigación científica y de altos estudios en nuestro mundo actual.

Su nivel de independencia y consistencia con el sistema de las jerarquías religiosas ha ido variando en la historia de nuestra civilización desde una completa identificación -y aun subordinación del uno ante al otro, en sus etapas tempranas -en el Perú, por ejemplo hasta entrado ya el siglo XVIII, hacia una gradual independización que llegó a la rivalidad, el antagonismo y la subordinación del sistema religioso hacia la primera mitad del siglo XX y, finalmente, a una especie de dicotomización todavía vigente entre dos culturas distintas de pretención totalizante y aspiraciones autónomas y de escasa consistencia recíproca: la religiosa y la laica.

Un tercer sistema se abierto paso entre los ellos en el curso de los dos siglos vienen desde la Revolución Americana y la Francesa hoy, y es el que está representado por el de la recreación, por la moda y los medios informativos de masa en el contexto de la sociedad de consumo. Nacido el primero de la absorción gradual de las artes y artesanías más tradicionales por la lógica de los mercados industriales y sus mecanismos espontáneos de oferta, de demanda y de producción industrial de escala a lo largo de los siglos XIX y XX y el segundo de la creciente demanda informativa y de recursos conformadores de opinión en los regímenes de orientación populista o democrática de ese mismo período, han terminado por fusionarse de a pocos y llegado a conformar el sistema general de los que hoy día llamamos los mass media:

Todos ellos constituyen en su conjunto un mercado de productos culturales o “seudoculturales” que subordina, por causa del inmenso peso económico e influencia que la escala le da sobre la opinión y el juicio de masas, la operación de los otros dos sistemas alternos: el religioso y el cívico. Su tendencia a la expansión tiende por la naturaleza misma de los procesos económicos que expresa a la absorción de la totalidad de las actividades y productos culturales de la sociedad en una gama de contenidos de inagotable variedad que cubre desde la moda en el vestuario, el paisaje y el turismo, la industria de la decoración, las tendencias del diseño industrial, los modales de mesa y relación y la gastronomía, hasta la producción literaria, la música popular y clásica, el teatro, el cine, la pintura, la escultura o la tendencia arquitectónica, así como la reinterpretación y divulgación del pasado o de la ciencia y la prospección del futuro.

Históricamente, pues, en el proceso de la civilización occidental, se observa una secuencia en el dominio del sistema general de cultura que, en sus fases históricamente tempranas, expresa una total identificación entre la estructura religiosa y civil, para más adelante diferenciarlas, oponerlas y, en algunos casos mostrarlas como complementarias a un mismo nivel en el respectivo manejo del subsistema de creencias, del de ritualidad y moral y del que corresponde a los saberes, el civismo y las conductas prácticas o utilitarias. En tiempos más recientes, la emergencia del tercero entre los subsistemas que institucionalizan la cultura de hoy, el de los medios de recreación y de masas, introduce una orientación de carácter manipulatorio, disonante e inorgánica orientada más bien al lucro y al consumo recreativo individuales que a la preservación de identidades, a la generación de los consensos o al desarrollo de las potencialidades creativas del conjunto y que, subordinado a los vaivenes del mercado, se muestra con frecuencia como un poderoso factor de disrupción en el aparato de cultura con una tendencia manifiesta a substituir en su totalidad a ese aparato y a sus mecanismos tradicionales de control, reidentificándolas con la interioridad de una colectividad humana que se redefine finalmente como un mero sistema de mercado en el que se producen, se compran y se venden indiferentemente ideas o productos.

La sucesiva autonomización de esos sistemas ha sido percibida en forma alternativa como un instrumento saludable para la generación de consensos democráticos de carácter racional o meramente “de opinión” que sometieran a control las tendencias “irracionalistas”, “oscurantistas” y “dogmáticas” de los más tradicionalistas sistemas religiosos en el seno de las sociedades de orientación “modernizante” o como una fuente de desorientación, de confusión y de peligro para la estabilidad y el orden moral de la sociedad. La tendencia persistente --e inevitable dentro de los sistemas de libre mercado- a la concentración del poder sobre los medios y --más recientemente--- a la generación  de grandes monopolios de nivel trasnacional mantenidos al servicio de específicos intereses nacionales, económicos o políticos ha sido considerada, durante estos mismos doscientos años, como una razón imperativa para someterlos a distintas medidas de control directo o indirecto que han ido variando desde la directa censura de sus contenidos hasta su monopolización por el Estado. Este ha sido el caso, en la primera mitad del siglo XX, de los monopolios ejercidos por los llamados gobiernos totalitarios, pero también el de otros monopolios estatales de carácter intermedio, como el ejercido hasta hace apenas unos años sobre la radio y la televisión por la BBC en Gran Bretaña.

En el curso de los años más recientes la tendencia incrementada - y frecuentemente manipulatoria-- de los medios a asumir el control y el arbitrazgo supremos en el orden de la cultura, la moral y las costumbres --no “cuarto poder del Estado” sino “primer poder moral de la sociedad”--- ha renovado la preocupación por este problema. Ello ha venido ocurriendo incluso en el extremo caso de libertad no regulada que suele ejemplificarse en los EEUU en dónde la cuestión ha sido sometida a consideración del Congreso Nacional al responsabilizarse a los mass media por la escalada de pornografía y de violencia que viene sufriendo ese país.

No existe, en el momento, prácticamente ninguna nación, democrática o no en el planeta, que no mantenga alguna clase de control más o menos mitigado o severo sobre el sistema de medios, sea éste control asentado en legislación reguladora sobre moral y costumbres en el ámbito público, convenios colectivos entre el Estado y la empresa en lo que se refiere a los límites de lo pudiera ser permitido, el mantenimiento por subvención del Estado de función reguladora como la RAI, la RTE, la Deutsche Welle y otras muchas o el uso de todos estos recursos conjuntos. En el Perú la lenta agonía de Radio Nacional y el Canal Siete constituyen los residuos olvidados de una política que, en su momento, se propuso seguir un modelo como ese.

Son por otra parte, estas mismas instancias -la religiosa, la civil y la de los mass media-- las que operan normalmente como filtros que traducen y adecuan los productos de otros sistemas culturales alternos o competitivos, velando ---o no haciéndolo-- por la consistencia del sistema nacional y local, constantemente amenazada por la inestabilidad y los  cambios del contexto interno y externo sometido a deliberaciones complejas y regulando los equilibrios necesarios entre la necesidad de una estable continuidad conservatista y la de una flexible adaptación transformadora.

La necesidad de un equilibrio saludable y de una razonable consistencia entre las fuerzas competitivas de los subsistemas religioso, cívico y mediático, así como la de una no menos saludable solidez de las instituciones familiares y domésticas sobre las que éstos operan aparece como un sine qua non del verdadero desarrollo cultural. En el plano colectivo la ausencia de esos equilibrios se traduce en disonancia cognitiva, axiológica y conductual, confusión y desorientación social y finalmente en el incremente de las tasas de la anomia o incremento inorgánico e infértil de conductas sociales irracionales, contradictorias y aberrantes. Se insinúa en esto, cualquiera que sea la fórmula, la necesidad de una activa función reguladora por parte del Estado.

La necesidad de acción reguladora y de la preservación necesaria de los delicados equilibrios entre los sistemas de la crianza familiar, la religión, la educación y los de la recreación y los media se hace sentir también en lo que respecta a los llamados “encuentros de civilizaciones”. Estos son, por su naturaleza misma tan antiguos como las civilizaciones mismas, dado que la historia no conoce ninguna que haya permanecido indefinidamente aislada de las influencias externas. Aunque, naturalmente, a lo largo de la misma historia la multiplicidad, la complejidad y la intensidad de los contactos intercivilizacionales se ha ido incrementando inevitablemente en la medida en que se ha desarrollado la tecnología de transportes y comunicaciones.

Las situaciones que derivan de tales encuentros han sido definidas por la teoría cultural como de “aculturación”, “deculturación” o “transculturación” y aunque las defiiciones que demarcan los sentidos de tres palabras como éstas no resultan, a fin de cuentas, muy precisas podría en cierto modo definirse la primera como referente a situaciones en las cuales se produce modificaciones parciales o predominantemente individuales en el ámbito de una o ambas culturas en contacto, la segunda a situaciones en las que una de las culturas en contacto resulta degradada por su relación con la primera y la tercera a situaciones en las que la transformación de una o ambas culturas es total bajo condiciones alternativas de extinción, de dominio o de síntesis.

Aunque no importa cuál sea la manera en que estas situaciones y sus resultados se definan por fin, la verdad es que ninguna de ellas se encuentra hasta ahora resuelta teóricamente lo cual se demuestrá en el curso de los interminables debates que trajo consigo la polémica y última celebración centenaria del descubrimiento de América.

En lo que desde el enfoque de este informe puede ser percibido, las situaciones de encuentro cultural ponen primariamente en juego las interpretaciones recíprocas, por parte de quienes resultan actores, de las expresiones externas  --expresiones verbales, conductas o productos tangibles- de interioridades o identidades distintas. Ponen, pues, en juego, la necesidad de la traducción y del diálogo entre weltanschauung diferentes en los niveles distintos de sus respectivas exteriorizaciones y escalas de complejidad -desde la mítico religiosa a la cívica o recreativa y desde la de mayor excelsitud y universalismo a la de la domesticidad y rusticidad.

Históricamente las condiciones de contactos o encuentros como éstos pueden ser de una variabilidad y complejidad que carece de límites y casi solamente condicionadas a los niveles de la sociedad y la cultura desde los que se producen y al grado de universalismo - o alternativamente de exclusividad y tribalismo-- que hayan alcanzado en su propia evolución histórica las colectividades que los protagonizan. Pero cualquiera que sea la diversidad y complejidad de un encuentro ella estará sometida a las alternativas de cualquier interacción entre dos o más actores, sean éstos individuales o colectivos. Ello implica las orientaciones generales de las colectividades que son involucradas -destructivas, dominantes, dialogantes, submisivas, una o ambas-así como también los planos y niveles jerárquicos de la estructura en los que se plantea la interacción -religioso, político, económico-y sus combinaciones variadas y múltiples.

En resumidas cuentas y, aunque en principio -cualesquiera que sean los desacuerdos teóricos sobre la eventual relatividad de toda weltanschauung y sobre la existencia o inexistencia de los llamados “universales” de cultura, la unidad biológica y psicológica de la especie humana es un hecho irrefutable que asegura y garantiza la recíproca traductibilidad de las culturas y la reductibilidad de las identidades múltiples de las etnias, naciones y civilizaciones en la común identidad humana como un a priori de todo encuentro histórico posible. No existe nada en la naturaleza humana que se oponga a que un individuo o colectividad cualquiera pueda recurrir ---según contextos y estímulos- a referentes culturales de origen distinto a la sola condición de hallarse en el dominio de recursos adecuados para su adecuada traducción y simultáneo manejo.

 En los hechos, con todo, el proceso que conduce a las identidades al reconocimiento compartido de tales traductibilidades posibles y reales es también históricamente complejo y se encuentra sometido no sólo a toda clase de malentendidos sino también a toda clase de antagonismos y conflictos. En semejante perspectiva y en el juego intercivilizacional, internacional e interétnico del poder ocurre que los diferentes vehículos e instrumentos de cultura como las tradiciones domésticas, regionales y locales, la religión, la ciencia, la filosofía y los valores cívicos o los mismos medios de recreación e información pueden ser y de hecho son usados, invariablemente, como armas para el sojuzgamiento espiritual y material del interlocutor o para la defensa de la propia libertad e identidad. No ya los “encuentros de civilización” ocurridos ya hace medio millar de años sino los que se desarrollan actualmente a escala planetaria testimonian de éstos usos.

En el mundo contemporáneo las asociaciones establecidas entre los monopolios internacionales del poder mediático, del político, del económico y del militar, terminan transformando al primero de éstos en un arma poderosa de guerra cultural, sicológica o espiritual que, combatida en los terrenos de la religión, la educación o la recreación demuestra la capacidad de influir, o inclusive  “desarmar”, “desmoralizar”. “degradar” o “alienar” al enemigo de sus propios recursos culturales, intereses o identidad sometiéndolo al poder económico, político e inclusive militar de la potencia más fuerte. Las grandes potencias contemporáneas son conscientes de estas verdades y los consideran como factores decisivos en la definición de sus políticas culturales respectivas en cuanto entendidas como factor decisivo en doctrinas de seguridad y defensa.

2. Algunas premisas generales para una estrategia nacional en el desarrollo de cultura

De la breve y apretada síntesis teórica en que se ocupan las páginas pasadas se deriva un mínimo conjunto de premisas con las que parece que se debiera contar de manera indispensable en una adecuada evaluación del estado nacional del sistema de cultura y de las alternativas que se abran para su dinamización y futuro desarrollo.

La primera es la naturaleza sistémica y holística de la sociedad y la cultura y de sus mútuas relaciones.

Esta sistematicidad es independiente de su reconocimiento y articulación explícita en el contexto de un sistema de gobierno. Existe, en cuanto hecho social,  un sistema implícito de cultura en toda sociedad sea éste reconocido, organizado y administrado o no en cuanto hecho político o administrativo. Es este el caso del Perú.

De conformidad a esta premisa no existen ni la cultura, ni las conductas culturales ni los productos que pudieran derivarse de ellas en cuanto realidades separadas o aislables de un todo socio-cultural, sino como interioridad ideal o cultura en su sentido más estricto, manifestación intersubjetiva de lo humano que constituye a la sociedad y su dinámica en sentido propio y proyección externa o incorporación de tal interioridad en la materia por instrumento de la interacción en un proceso de autoreproducción y retroalimentación contínuo con su medio externo e interno.

Ello hace del desarrollo cultural un proceso recíprocamente inseparable del desarrollo colectivo ---social, político, económico, científico o tecnológico--- el cual se manifiesta, en cada caso como característico y particularizado en la colectividad que es su sujeto y no como conformación individual o sumatoria imitativa mecánica a un modelo externo cualquiera. Hablar de creencias, valores o normas de conducta negativas para el desarrollo resulta siendo un contrasentido etnocentrista puesto que en último término lo que llamamos desarrollo no consiste justamente en otra cosa que en el despliegue en plenitud de una determinada identidad o sistema de creencias, valores o normas de conducta y su también plena externalización en una colectividad interactiva y su próspero equilibrio con el medio interno y externo.

Ninguna cultura conocida privilegia o recompensa en su núcleo originario y más profundo aquella clase de valores cuya enunciación o realización ponga en peligro la supervivencia o el bienestar de la colectividad como conjunto. El Papa Juan Pablo II ha insistido a este respecto, en su encíclica Centesimo Anno en la prioridad de la cultura sobre la política y la economía en cuanto ella es el motor primero en el desarrollo y en el cambio histórico. En ese mismo documento el Papa ha subrayado que en el mismo corazón de la cultura se encuentra el culto o religión. "...La grandeza del rol de los líderes politicos --sostuvo poco después en un mensaje pronunciado en Gniezno- es la de …crear las condiciones…que permitan a cada individuo el acceso a la cultura, de modo tal que reconozca y ponga en práctica los más altos valores humanos de la moral y del espíritu...”. Juan Pablo ha insistido, en palabras de George Weigel “en la prioridad de la cultura sobre la política y la economía…y en la iglesia pública´como, esencialmente, la modeladora de cultura
Los diferentes aspectos y niveles de la estructura y la dinámica del sistema cultural, sólo podrán ser evaluados, promovidos o modificados, como consecuencia, en cuanto subsistemas no separables ni aislables de un holón o totalidad que los vincula de manera indisoluble en términos de una retroalimentación multicausal. Ello se aplica tanto a la evaluación y estrategia posible de operación sobre el sistema en sus aspectos sucesivos de interioridad y manifestación como en sus niveles de jerarquización desde la psique cultural ---cognitiva, axiológica o normativa--- del individuo y la cultura doméstica hasta la civilizacional y en sus múltiples modalidades de externalización material desde la oral, gestual y conductual en la cuotidianidad interactiva hasta la paisajística, la monumental y la urbana.

La segunda es que, en cuanto núcleo de interioridad, el núcleo principial de la cultura en el sujeto individual o colectivo es indiferenciable del núcleo mismo de identidad de ese sujeto.

De este modo, mientras que los rasgos derivados adaptivamente para su aplicación en contextos específicos cambiantes pueden sufrir, sin daño grave para la propia identidad, transformaciones por vía de transacción o ajuste entre demandas y estímulos externos y referentes principiales, el núcleo mismo de tales referentes no puede ser ni modificado ni alterado sin alienación o alteración de la propia identidad y de su sentido de continuidad. Alienaciones tales, por causa de la interdependencia entre el cuerpo social y la interioridad cultural dan ocasión invariablemente a una degradación consecutiva del cuerpo social.

Una cultura específica se puede orientar o reorientar, estimular, promover y/o desarrollar en el sentido de tal orientación o reorientación, pero no modificar o alterar en el plano de sus núcleos principiales sin daño grave de la identidad de su sujeto individual o colectivo en el núcleo de cultura y en su manifestación social.

La tercera es la naturaleza material, individual, orgánica, intersubjetiva o comunicante y personalizada del sustrato de la “psique colectiva” a la que imputamos como locus de cultura.

No existe tal cosa como “la cultura” en cuanto realidad autónoma e independiente de los seres humanos y su colectividad social. Dicho de otro modo, los verdaderos sujetos de cultura no son abstracciones o entidades ideales sino personas humanas de carácter individual o colectivo.

Las evaluaciones del sistema de cultura, en consecuencia, así como las políticas de orientación, promoción, estímulo y desarrollo en este campo sólo pueden aplicarse con efectividad a tales personas, sus ámbitos concretos de comunicación, sus acciones, sus interacciones y sus obras y perderán eficacia en la medida de su abstracción o generalización impersonal.

La cuarta es la naturaleza orgánica y creativa del proceso cultural tanto en la constitución del sujeto de cultura como en los estilos y formas de acción de tal sujeto de cultura y en el despliegue de sus obras.

Resulta, de esto, derivable ---como se ha dicho más arriba--- una comprobación adicional: las creaciones materiales de la cultura, en cuanto patrimonio, no pueden entenderse -salvo en el marco de contextos alienantes-sino como externalizaciones de la propia identidad o alma colectiva y es ello lo que constituye su fuente de valor como objetos de cultura y no como productos de una tecnología comercial.

Abstraídos de la identidad histórica o presente que los vitaliza pierden su “encanto” o la “magia” que les otorga su atractivo. Debe extraerse consecuencias para lo que atañe al valor que se atribuye a las artesanías nacionales o al atractivo turístico de paisajes, monumentos o celebraciones populares. No importa, pues, si el llamado “patrimonio cultural” de una colectividad se encuentra por razones específicas bajo la custodia del Estado o de agentes privados específicos, el titular de ese patrimonio no puede ser, bajo ninguna circunstancia, otro que la colectividad en sí y en sus generaciones pasadas y futuras.

La cultura da, en quinto lugar, a su expresión bajo formas extremas de contenidos ideales o de objetos materiales pero constituye, en su propia esencia, un proceso creativo y recreativo del que toda forma materializada o ideal no es sino manifestación más o menos temporal en el proceso. Su naturaleza es, pues, por naturaleza creativa y no de carácter productivo. Su disfrute de carácter contemplativo, reflexivo y re-creativo antes que utilitario, de inerte pasividad frente al espectáculo estímulo o de mero consumo y reclama siempre un involucramiento personal del sujeto, sea éste el creador o el que disfruta de su obras.

Por causa de la naturaleza poiética y vital de ese proceso, su creación es siempre personalizada, individual o colectivamente -por más que en la eventualidad pueda aparentar ser anónima-- y presenta sus propias demandas dirigiéndolas a los núcleos de interioridad de quienes participan en el proceso o en la comunicación, de modo tal que incorpora en ésta factores, estímulos y mensajes de naturaleza vital, irracional, intensa y densamente instintivos, pasionales, emocionales, imaginativos, que la distancian en esencia de la producción tecnológico-mecánica y constituyen a sus materializaciones como singulares y únicas en forma que aunque reproductibles y multiplicables por mediación de la techne éstas pierden su valor originario, en el tránsito de poiesis a techne, y se diferencian entonces como “simulacros” o “copias” frente a sus originales.

El vínculo inseparable entre interioridad y exterioridad que se expresa en tal forma configura necesariamente la personalidad, las conductas y los modos de operar de los creadores de cultura. La cultura es una estructura compleja de elaboración de la experiencia. La creatividad debe ser alimentada por experiencias cognitivas, estéticas, vitales..La contemplación de lo creado, por disponibilidad y receptividad.

Por definición el creador de cultura no es un productor ni un profesional - un instrumento o recurso humano de la producción-- sino siempre un sujeto de la creación, amateur o amador, al menos parcialmente ajeno al universo propiamente económico de la producción, el comercio y el consumo.

Los criterios que aumentan la productividad  son distintos a los que aumentan la creatividad. El producto de la techne depende de máquinas que requieren inversión en infraestructura. La creación de la cultura depende de gente, que requiere inversión en gente. Producción vs. creación, cantidad vs calidad. Esto requiere, como lo ha hecho notar en una obra definitiva el sociólogo Thornstein Veblen en su Teoría de la Clase Ociosa, no solamente de educación y capacidad adquisitiva, un soporte material que se expresa en términos de la economía como costo cuantificable sino de un segundo género de costo, incuantificable, que se describe como tiempo de ocio o tiempo vital en el que se gesta la obra y se aplica a la curva de rendimiento creciente con la edad y experiencia que describe la “productividad” del intelectual y el artista a diferencia de las curvas mejor estudiadas de productividad decreciencia aplicables al deportista, al atleta, a los trabajadores manuales y a los profesionales de la administración y gestión.

Esto se aplica no solamente a la creación artística o estética sino también y sobre todo a la creación intelectual. La importancia de la libertad, el diálogo informal y abierto y el ocio creativo y los estímulos que provéen los entornos, en el aprendizaje y la creación intelectual, científica o de cualquier otra categoría, ha sido analizada en profundidad por Michael Polanyi.

Es reconocida en nuestros días en la organización y estilo operativo de los grandes think tanks que ejemplifican la Rand Corporation, el Wilson Center y muchos otros más, así como en la cuidadosa aplicación que conservan hasta hoy las grandes universidades, centros de artes e instituciones de investigación científica a la provisión de ámbitos de elevada calidad estética para las actividades de sus miembros o en la importancia que otorgan ciudades de importancia a la intensificación y contínua elevación de calidad de la cultura en el espacio urbano. Un ejemplo a punto es el de la ciudad de Montreal, en el Québec, considerada hoy como uno de los principales centros culturales de este continente o el de las políticas de alternación anual de actividades culturales altamente financiadas que aplica la Comunidad Europea a sus ciudades capitales. En estos casos el cuidadoso ordenamiento cultural del tiempo y el espacio mediante calendarios festivos y de festividades específicas y el manejo de las estéticas urbanas cumplen roles sustantivos en el estímulo de la creatividad y, en lo utilitario y económico, aunque representen costos elevados en los plazos cortos se muestran como de gran rentabilidad en los medios y largos.

La sexta es la existencia natural de un vínculo dinámico de continuidad entre las formas populares de cultura, arraigadas en los linajes familiares, las pequeñas colectividades rurales de las comunidades o, eventualmente en las urbanas de los barrios y manifiestas en el plano de lo que recibe el nombre de folklore y se manifiesta como artesanía, medicina popular o práctica ritual, saber del mito, el cuento, el dicho y el proverbio o la leyenda, festividad, música y danza, costumbre popular y las formas más elevadas de la gran Cultura que, a escala del planeta se hacen manifiestas en las grandes creaciones de reconocimiento universal y que a escalas nacionales constituyen vínculos o puentes entre esa universalidad de la interioridad humana y la particularidad individual y local.

En condiciones naturales estos vínculos asocian los vínculos que existen entre los distintos niveles estructurales de la sociedad como conjunto total. Aquellos que articulan la familia con la aldea o el barrio, los que articulan a éstos con las pequeñas y más grandes ciudades provinciales, los que articulan a éstas últimas con los centros nacionales de cultura -en las capitales por ejemplo-y los que vínculan, finalmente, a tales centros con los grandes focos mundiales de las ciencias, las humanidades y las artes. En occidente, ciudades como Alejandría, Atenas, Roma o Bizancio cumplieron este último rol en tiempos pasados. Otras como Córdova o Toledo, Roma, Praga o París lo cumplieron en la Edad Media. Todavía en el siglo XIX París, la Ciudad Luz, y Viena seguían siendo consideradas como referentes universales de cultura para la civilización de occidente. Hoy día Europa sigue siendo un referente de primer plano para la cultura de occidente aunque los centros de los EEUU se proponen a sí mismos, respaldados por toda la fuerza del dominio en los media, como focos de una cultura alternativa y en mucho antagónica que conquista terreno cada día que pasa.

Corolario que deriva de esta premisa es la importancia que posée para el equilibrio, la salud y la creatividad de todo sistema de cultura la continuidad y fluidez de los procesos culturales entre los diversos niveles del sistema.

El aislamiento, la falta de circulación y la distancia entre niveles, así como la fragmentación e incomunicación de las élites que corresponden a cada uno de ellos debilita necesariamente este proceso, empobreciendo la cultura de los niveles aislados y fragmentando la conciencia de identidad de una nación frente a sí misma o frente al mundo en general. Encuentra una correlación inevitable en la generación y expansión de brechas entre clases sociales y económicas que no dejará de traducirse en situaciones de disonancia cognitiva, valorativa y conductual y en la multiplicación de toda clase de conflictos sociales y económicos.

Las causas más corrientes que se identifica para este fenómeno están en el debilitamiento de las instancias institucionales en la articulación de la cultura ---religión, aparato educativo, mass media--- o la unidireccionalidad de sus procesos. O ambas en conjunto. Alternativamente, el efecto puede manifestarse como la alienación de una clase cultivada que adhiere en forma imitativa a los modelos importados de los centros de cultura externos mientras se mantiene en la ignorancia del propio patrimonio de cultura o lo desprecia: la degradación acelerada de la cultura popular tanto en su aspiración imitativa a emular los patrones importados de las clases superiores como en la capacidad para preservar y enriquecer las propias tradiciones. La introducción de desequilibrios que potencien la difusión de contenidos comerciales importados por el aparato de mass media puede hoy acelerar estos procesos de degradación de la cultura en escalas que fueron totalmente inimaginables apenas hace medio siglo.

La séptima es, finalmente, la condición culturalmente derivada de la industria y del mercado de cultura.

Estas se apoyan, inevitablemente, en la existencia previa de un proceso cultural, sus creaciones y las aplicaciones potenciales de éstas en ámbitos específicos como los de la tecnología, la oferta de servicios culturales, la reproducción y multiplicación de objetos de origen cultural para los fines de la publicidad, la propaganda, la decoración, el diseño industrial, la moda, la producción de insumos o soportes materiales para la creación, o a la provisión de accesos a los objetos, actividades y espacios de cultura por vía del turismo y otras formas de la industria y el comercio.

En el sistema que vincula de manera retroactiva los universos de la vida cívica y política y los de la economía con los de la cultura, esta última alimenta en forma contínua, más rica o más empobrecida, a los dos primeros en su forma y contenido y gratifica a cada uno a su manera. Al cívico y político reforzando los sistemas de valores y la capacidad universal de juicio y crítica en los que la democracia y el orden de la sociedad necesariamente se sustentan; al económico, estimulando en forma general al desarrollo, procesando de modo contínuo referentes y parámetros de valor cualitativo de productos y servicios y dando lugar a la emergencia y al mantenimiento de espacios de industria y de servicios altamente valorados en los marcos de la oferta y la demanda, así como en los de la calidad general de vida, la recreación y el empleo de los ocios. De su parte el universo cívico y político proveen los contextos sociales, políticos y legales en los que se desenvuelven las actividades creativas y el económico los insumos y recursos que posibilitan la dedicación de los agentes de cultura al proceso creativo y el acceso a su materia.

Corolario necesario que deriva de esta relación es el de la relativa autonomía de la esfera cultural, dentro del campo que le pertenece, frente a los criterios específicos de manejo de la vida política y de la economía.

Problemas como el de la censura, la burocratización o el de la regimentación ideológica o política de la cultura o como los de la subordinación total de la creatividad y la vida cultural a los objetivos de standardización, producción de masa, relación favorable de costo-beneficio a la inversión a corto plazo, manipulación de oferta y demanda del trabajo o del producto, que son problemas que han ocupado nuestras discusiones sobre las relaciones entre la polìtica, la economía y la cultura a lo largo de este siglo resultan, a la luz de nuestra más moderna visión de la cultura y su autonomía en tanto esfera, intrascendentes y obsoletos y lo son también otras cuestiones paralelas como las que atañen al empleo de estrategias tayloristas para la administración del tiempo y los horarios, la productividad cuantitativa -sea en términos de la unidad-producto o del tiempo laboral, o el nivel de calidad en la obra creativa del científico, el humanista o el artista.

3. Consideraciones diagnósticas sobre el actual estado del sistema nacional de cultura


"La instrucción es una necesidad común, y la Republica la debe igualmente a todos sus individuos"
 Hipolito Unanue 1825
"Ilustrar nuestra patria es el único medio de hacerla libre y que lo sepa ser".
Manuel Lorenzo Vidaurre 1926


De todo lo dicho más arriba se desprende que un diagnóstico adecuado del estado en que se encuentra en estos dias la cultura en el Perú deberá partir de un acercamiento sistémico que considere los distintos elementos que he venido describiendo, su dinámica e interacción, así como también la estructura y condiciones en que opera el contexto de la economía que provée los insumos y recursos que son indispensables para su desenvolvimiento.

Para esta finalidad resulta indispensable una previa consideración metodológica. Esta atañe a la escasa utilidad, en este campo, de los indicadores estadísticos. No solamente por la causa de la ausencia y escasez notoria de estadísticas recientes y comparativas disponibles sino por causa de la enorme debilidad y escasa confiabilidad de las que se encuentran a disposición y las desmesuradas contradicciones que muestran las fuentes. La impresión, universalmente compartida por quienes por razones de su dedicación se encuentran familiarizados con el proceso de la cultura nacional en base a la experiencia personal de las décadas recientes concuerda, sin embargo, en el reconocimiento de un visible y acelerado deterioro de la vida cultural de la nación como conjunto. Es una experiencia que resulta validada por una primera aproximación cualitativa al estado de las estructuras sociales que le sirven de base y de respaldo.

La primera de las estructuras que hemos considerado en esta forma, es la de la familia y sus primeras extensiones hacia aldea y barrio que constituyen, en conjunto, el cimiento o fundamento del sistema y su núcleo introyectivo por mediación de las dinámicas de crianza y de socialización.

Se anota a este nivel la marcha acelerada de un proceso de descomposición, compartido en grados distintos de intensidad por la clase popular y media y que muestra como determinantes un conjunto de factores socio-económicos de carácter convergente todos ellos asociados con el subdesarrollo.

Debe anotarse, de una parte, la creciente declinación de la actividad agropecuaria en el sector rural con el consiguiente abandono de la tierra y la migración de grandes masas poblacionales a los centros metropolitanos. Se advierte, como consecuencia la avanzada distorsión demográfica en la distribución poblacional que ubicaba, ya en los años del mil novecientos ochenta a más del 70% de los habitantes del Perú en las grandes ciudades.

Viene a acompañar este fenómeno la traumática redefinición de los objetivos de la economía mundial y nacional producida y consolidada en el curso de los últimos diez años con el consecuente y contínuo incremento -también urbano-- de las tasas de desocupación, subocupación y ocupación de carácter eventual, la caída de los niveles salariales, la reducción del gasto social, la privatización de la seguridad social y su transformación en negocio especulativo, la desaparición de los derechos laborales y otras contrarreformas sociales más, de carácter universalmente conocido. Más allá de la cosmetización de las estadísticas formales, obtenida en muchos casos por manipulación semántica de las categorías en las encuestas y en los censos, se comprueba que los niveles de pobreza extrema han ascendido del campo a las ciudades y comienzan a afectar a los sectores inferiores de las capas medias, profesionales y empresariales.

El trasvasamiento masivo de la población desde sus asientos históricos en el medio rural hacia la metrópoli y los más grandes centros urbanos y el incremento constante de las presiones laborales y económicas ejercidas sobre las poblaciones rurales, las colectividades de aldea y barrio y las familias operan como factores de centrifugación, contribuyendo de modo cada vez más acentuado al aislamiento y desintegración de los núcleos familiares:

Por el momento, y por causa de la debilidad de los instrumentos estadísticos empleados en el Perú para la medición de estos fenómenos, resulta imposible proveer cifras precisas sobre las tasas de divorcio, disolución y abandono familiar en los sectores bajo y medio aunque la investigación cualitativa las muestra como de carácter alarmante. La existencia de una fuerte presión adicional publicitaria y comercial que se aplica a la disolución de los valores domésticos en los contextos de políticas de reducción de población y comercialización de la pornografía  difunde en forma no menos alarmante una imagen de la infancia  en la que se devalua paralelamente sus derechos al nacimiento y a la vida y ésta termina apareciendo más bien como un estorbo a la actividad económica y sexual de los adultos que como el centro de atención en la relación intergeneracional de la familia. La multiplicación de las bandas de niños y adolescentes abandonados en las calles y su presencia hecha ya endémica en los espacios del delito y la violencia no es sino una más de entre las consecuencias de esta patología.

A nivel de las estructuras que condicionan la continuidad de la identidad y la memoria culturales y la introyección de los núcleos primarios de cultura, todo ello ha venido a derivar en un creciente deterioro en la continuidad de la crianza y socialización de varias generaciones sucesivas. Y, aunque en la década del mil novecientos ochenta el antropólogo José Matos Mar se adelantó a saludar con optimismo la revitalización urbana de la cultura andina en su popularizado libro sobre “El Desborde Popular”, el desarrollo de las situaciones entonces anotadas ha venido a demostrar que este proceso es más bien el de una deculturación acelerada que, mientras no sea adecuadamente corregida desde sus causas más profundas  socavará y hará inoperante toda política de recuperación.

La segunda de las estructuras relevantes al diagnóstico es la del subsistema nacional de educación.

La función de éste subsistema -es bueno recordarlo-es de la sintetización en la conciencia colectiva de la identidad y la cultura nacional desde sus enormemente variadas versiones regionales y locales hacia el ámbito de articulación con nuestros marcos de cultura civilizacional y universal.

Su importancia en la vida económica y política del Estado contemporáneo ha sido reconocida por las grandes naciones del espacio de civilización occidental desde los comienzos del siglo XIX cuando la generalización de los sistemas económicos de la moderna industria y el mercado y de las estructuras de la democracia representativa en la política hicieron evidente que la generación de los consensos de la “voluntad general” y la “demanda general” indispensables para su sana operación hacía también indispensable la universalización -en los espacios nacionales-de los esquemas cognitivos, axiológicos y normativos necesarios para esta operación y la difusión también universalizada de las habilidades adecuadas para su manejo.  

La necesidad de evadir los peligros de la demagogia y de la tiranía estabilizando la vida democrática, de estimular el desarrollo habilitando a la población para una vida económicamente productiva y de elevar los niveles de conciencia cívica, ética y estética alimentando la creatividad de las grandes masas condujo por eso al occidente, desde la época postnapoléonica al entendimiento generalizado de que la educación ---concebida por razonamientos como éstos en cuanto gratuita, universal y obligatoria-debía ser considerada no como un lujo o un servicio cuyo acceso o uso pudieran ser dejados al criterio o a la capacidad adquisitiva de cada ciudadano, sino como una necesidad de Estado sin cuya satisfacción los esfuerzos orientados por la democracia hacia el progreso podrían resultar inalcanzables. En la América Latina, Sarmiento y Andrés Bello fueron los grandes teóricos de esta visión. En el Perú, pensadores señeros como Hipólito Unanue o Manuel Lorenzo de Vidaurre.

El Perú, como la totalidad de los países civilizados de occidente, adhirió a los principios de esta pedagogía orientada al desarrollo desde los años de su independencia. La vigencia de esta visión  --inseparable del proyecto nacional de nuestros próceres, cuya realización se concretó, también en todo el espacio de occidente en las grandes campañas de alfabetización, la multiplicación de las escuelas de primera y segunda enseñanza y el subsidio estatal generalizado de los centros de enseñanza superior, de artes y oficios, de investigación científica y de creatividad estética, así como en la dignificación económica y social del magisterio, elevado a la categoría de un nuevo sacerdocio cívico se ha mantenido entre nosotros hasta los comienzos de la década del mil novecientos noventa cuando el olvido de los objetivos perseguidos y la substitución de los valores cívicos y económicos del pensamiento libertario del siglo XIX por los nuevos valores de individualismo y lucro difundidos por la ideología neoliberal se impusieron.

Para el momento de la contrarreforma educativa de la década del ochenta, el subsistema nacional de educación se encontraba en estado de grave deterioro. El fracasado intento de reforma y de actualización del objetivo original conducido por Augusto Salazar Bondy durante el gobierno de Velasco no hizo sino agravar el deterioro al no llegar a resolver los problemas básicos en los que se originaba y al confundir los objetivos superiores a los que habría debido encaminarse la reforma con objetivos ideológicos de nivel subordinado. Para mil novecientos noventa, el sistema se encontraba ya en ruinas y minado en sus mismos fundamentos por la politización terrorista de las universidades, la degradación del magisterio, la insuficiencia de recursos económicos y la ignorancia pedagógica de quienes constituían la burocracia del sistema.

El argumento político y el económico constituyeron los factores decisivos en la contrarreforma. De una parte, el imperativo de reconducir la educación desde el extremo senderista del colectivismo polpotiano hasta el extremo inverso del individualismo neoliberal. De otra parte, el imperativo administrativo y económico de reducir al mínimo las inversiones del Estado en la educación de una población cuyo volumen ---por causa de la atmósfera maltusiana de la época--- se percibio obsesivamente como en fase de explosión cuantitativa.

El desacierto en la elección de los ministros encargados desde entonces de la redefinición del sistema educativo y su ignorancia en materia pedagógica ---ninguno de ellos, hasta ahora, ha sido docente de carrera--- condujo finalmente a un diseño hecho más que nunca de parches y contradicciones en el que el papel fundamental que --al menos idealmente- había cumplido la educación en el desarrollo cultural, económico y político de la nación fue dejado de lado totalmente en beneficio de una nueva concepción de carácter economicista y más que nunca burocrático desde la cual ésta se redefinió como un servicio en el mercado de servicios que, manejado en forma análoga a la de las empresas industriales o de la industria recreativa, debía responder proteicamente a la demanda, manejar en forma lucrativa la relación entre costo y beneficio, relacionarse al mercado en términos de imagen e infraestructura, establecer con el estudiante y sus familiares relaciones modeladas sobre la de proveedor-cliente y con los docentes sobre las de patrono-asalariado y someterse, en resumidas cuentas, a las reglas de una buena administración de la escuela taylorista. El giro de ciento ochenta grados que subordinó los objetivos y criterios pegagógicos a los empresariales y administrativos ha afectado indudablemente también a la relación internas entre la dirección y los padres de familia, la administración y el personal, entre éstos y los estudiantes y entre los estudiantes entre sí.

Entre los nuevos vicios que aquejan ahora y que corrompen la educación peruana se debe contar la subordinación extrema de las necesidades pedagógicas a las de la administración y la nueva posición preferencial que ocupan los profesionales de la administración por sobre los de la pedagogía, las humanidades y las ciencias en los puestos directivos; los bajos salarios, la inestabilidad, la fragmentación del empleo y la imposición sobre el personal docente de controles laborales aplicados antes solamente a los obreros de taller; la aplicación al aprendizaje y la docencia de criterios de productividad empresarial, la disposición del tiempo y el espacio en formas obstructivas a la creatividad, la redefinición implícita del aprendizaje como mera transferencia de datos, en el marco de sillabi rígidos, que termina replicando los viejos sistemas memorísticos, el énfasis y sobrecarga casi supersticiosos de las técnicas e instrumentalidades cuantitativas que terminan dominando casi totalmente el tiempo y atención de aprendizaje por parte de los educandos.

En términos generales la maquinaria puesta en marcha substituye la superstición escolástica de las humanidades especulativas implícita en el sistema pedagógico deteriorado del pasado por la nueva superstición escolástica de las ciencias, las abstracciones matemáticas y las tecnologías. En ambos casos la ignorancia y la incomprensión impuesta por una conducción ajena a estos campos no hace sino demostrar que esta nueva escolástica desconoce, en resumidas cuentas, el verdadero estado crítico en el paradigma de las ciencias, las humanidades y las artes y de su relación recíproca en el marco de la cultura contemporánea.

El problema no se limita a afectar a los centros de educación privados sino que por la posición de referente y de modelo que les otorga sobre el conjunto del sistema ha terminado por impregnar en forma profunda lo que queda de la educación pública y de la normal en el país. Tampoco es un problema que afecta solamente a la educación peruana. Críticas análogas y complementarias han sido dirigidas en el curso de estos años por expertos como Allan Bloom de la Universidad de Chicago en su libro The Closing of the American Mind y en su ensayo The Crisis of Liberal Education al sistema de educación de los EEUU y a los modelos difundidos por el Banco Mundial  y otros organismos internacionales en los países subdesarrollados.

Entre las consecuencias más saltantes de la aplicación de esta contrarreforma educativa y de sus interacciones con la aplicación de los modelos que impone la nueva economía se debe contar con las siguientes:

La persistente desfinanciación de las universidades y colegios del sistema público, que afecta, más allá, al Conservatorio a la Escuela Nacional de Bellas Artes y a otros centros, y que se acompaña con los extremadamente bajos niveles salariales de su profesorado y la consecuente baja calidad de la enseñanza.

La extrema comercialización de las universidades y colegios del sistema privado, que no favorece tampoco, a fin de cuentas, mejoras significativas de carácter laboral o salarial en la docencia ni en su calidad pero que, por causa de las inversiones en infraestructura y en imagen y de la estructura subterránea de cárteles y alianzas monopólicas que se ha venido formando en los últimos años favorece la apertura de una brecha creciente entre dos tipos de educación calificados más que por la calidad académica por el nivel económico del estudiante y la mayor o menor apertura del mercado laboral a sus egresados por razón de imagen.

La reducción sistemática del personal estable de dedicación completa y la jubilación temprana, forzada en los más casos, de los docentes de mayor saber y experiencia acumulados, en violación de lo que las curvas de rendimiento nos enseñan y con la depreciación que se deriva del capital humano acumulado. La nuevo orientación del reclutamiento docente en un número creciente de colegios y universidades que privilegian la contratación de graduados recientes sin experiencia pedagógica que trabajan por salarios reducidos a la de profesores con experiencia docente ya adquirida cuyo salario es superior.

La condición disminuída del personal docente en ambos tipos de centros escolares y académicos por causa de la “argollización” de los tiempos completos más vinculados con los directorios o aparatos administrativos, la mayoría creciente de profesores “por horas” o a destajo que no disfruta del salario de feriados o la ausencia por enfermedad, la inestabilidad, inseguridad y precariedad de los contratos que deben ser renovados a cada semestre sin que medie compromiso alguno entre las partes, la desaparición de las gratificaciones y las vacaciones pagadas y otras condiciones asociadas. Por causa de ésta la necesidad impuesta a los docentes de multiplicar en exceso las horas de dictado y el número de centros en que ejercen simultáneamente la docencia con el objetivo de asegurar ingresos y la consecuencia de dispersar el tiempo de dedicación reduciendo la eficiencia.

El número creciente de las deserciones escolares y universitarias en el curso de los últimos diez años provocado, de manera directa e inmediata, por la incapacidad familiar para pagar los altos precios de las pensiones que imponen el sistema privatizado y el rigor bancario y usurario de sus sistemas de cobranzas.

El stress extremo impuesto al estudiante por el sistema de titulaciones y el dominio de la imagen en el mercado de trabajo que ---añadido al alto precio de las pensiones y a la elevada tasa de desocupación y subocupación en el mercado profesional (se ha convertido en un axioma el que en el Perú hace falta un título doctoral para manejar un taxi), convierte los estudios en una carrera desesperada por la acumulación de créditos, la obtención de notas y la captura de diplomas en perjuicio del verdadero aprendizaje. En el curso de los últimos dos años, el cálculo adelantado del precio que deberán pagar los estudiantes o sus familias por matrículas y cursos en los años necesarios para la obtención del título y la anticipación del tiempo necesario para la amortización de estos egresos en términos de las oportunidades de empleo y los salarios dentro de nuestra economía recesiva, comienza a conducir esa carrera hacia una nueva condición de desinterés y desaliento que se difunde con rapidez en estos días en el estudiantado de las universidades del sector privado.

La pobreza, mala selección y desactualización de las bibliotecas que, añadida al alto precio de los libros y a la presión del tiempo impuesta por el criterio empresarial de productividad impuesto a los horarios desalienta la lectura y -con la complicidad del mismo aparato escolar y universitario--- favorece la multiplicación de “separatas” fragmentarias y su empleo memorístico.

La devaluación generalizada de las humanidades y las artes en beneficio de teorías y técnicas privadas de contexto. La ausencia de formación adecuada en este campo da lugar a un vacío de referentes culturales ---éticos, filosóficos, históricos, geográficos, estéticos, literarios...--- que tiende a ser llenado con los contenidos comerciales que proveen los medios de masa.

La hiperespecialización orientada al pragmatismo laboral que estas condiciones imponen sobre la vida escolar y académica en conjunto, desalentando el interés por la cultura y restringiendo hasta el extremo las oportunidades de reflexión y diálogo académico. La reducción del tiempo y los espacios de contacto entre docentes y estudiantes por la acumulación de todos estos factores redunda en la impersonalización del proceso pedagógico --alentada en ciertos centros por un empleo equivocado de la tecnología y el estilo impersonal y simplista de los medios--- Front Page, Learning Space, y otros recursos semejantes--- y desalienta en forma adicional el interés por todo cuando no ataña en forma directa al contenido del sillabus promoviendo la mecanización del aprendizaje y la provincialización de la información y el conocimiento.

La hipertrofia del abstraccionismo ---impuesta ya no desde las ideologías como ocurrió en el pasado sino ahora desde los modelos puestos en moda por la macroeconomía y la econometría y desde la repetición incesante y acrítica de los nuevos dogmas de escuela--- que produce una brecha cada vez más amplia entre el contenido de la enseñanza escolar y universitaria de una parte y de la otra el estado real del paradigma científico contemporáneo y la experiencia de la vida cuotidiana.

Se podría seguir enumerando de modo inacabable las innumerables distorsiones que introduce en el proceso cultural de la nación el régimen pedagógico introducido en estos años por una ignorancia que ha estado, sin duda, llena de buena voluntad pero que ha terminado convirtiendo al sistema nacional de educación en una estructura comercial completamente ajena a los objetivos pedagógicos.

Basta, sin embargo, para resumir, la conclusión de que el sistema actualmente vigente no sólo sigue sin satisfacer las necesidades y objetivos tradicionales de la educación descuidando el desarrollo personal y cívico de la persona y dejando sin satisfacer la necesidad de estímulo al desarrollo de la economía, sino que reproduce en forma inversa las distorsiones ya desde hace años detectadas en el sistema hecho de lado en los noventa.

Si el objeto perseguido es efectivamente, como se ha insistido políticamente en estos años, el de promover la capacidad de nuestras nuevas generaciones para enfrentar los desafíos de una sociedad globalizada y sus mercados, podemos asumir la previsión de que los efectos y consecuencias de su aplicación serán contraproducentes en el curso de los próximos años y terminará manifestándose como un factor adicional en la degradación de los valores cívicos, la deculturación, la pérdida de identidad y el aislamiento cultural de la nación y la imitatividad en la aplicación de modelos culturales de origen simplista y comercial sin promover la difusión de los nuevos paradigmas científicos, humanistas y estéticos ni la creatividad original y auténtica en nuestras generaciones de relevo.

Debe entenderse bien a este respecto que en aquello en lo que se relacionan cultura y desarrollo el objetivo no es el de lograr una mimesis: no el de adaptar nuestra identidad y nuestra cultura a un sistema económico o una idea del desarrollo en especial que hayamos adoptado una vez más del extranjero sino el objetivo de permitir el despliegue de nuestra propia identidad y cultura hasta que dé sus propios, creativos  y originales frutos en los campos político, económico y social, poniéndonos en condiciones de competir por nuestros propios medios.

La tercera, derivada de y asociada a la segunda es la de la alta cultura

El sistema académico culmina, como es tradicional y bien sabido, no en las facultades profesionales ni mucho menos en las técnicas sino en las facultades de Ciencias y Humanidades puras que constituyen, junto con los centros de investigación pura y aplicada, donde éstos existen, los ámbitos naturales de la investigación y la creación en estos campos desde los cuales se alimenta, estimula y respalda las actividades de las facultades profesionales y técnicas.

Es en este nivel ---espacio privilegiado del ocio creativo y la rentabilidad más diferida--- donde los costos relativos tienden a alcanzar su magnitud mayor, son menos justificables desde el punto de vista de quienes adhieren a una perspectiva administrativa basada en lo cuantificable, en lo estandardizable y en la producción de masa al estilo taylorista y donde la rentabilidad directa a medio y largo plazo es menos evidente a la observación superficial.

De ahí en nuestro medio empresarial  ---aunque ciertamente no en el medio empresarial de las naciones líder en el desarrollo tecnológico y científico moderno--- la paradoja del subsidio. En el Perú, la empresa es rara vez financiada por el capital privado y no se la considera un género de actividad que pueda justificar otra clase de inversiones que las de imagen y relaciones públicas. Se espera en forma tácita que las financiaciones sustantivas procedan del Estado bajo la forma de subsidios o inversiones implícitamente asociadas con lo “no productivo”. Pero, cuando el Estado ha hecho esfuerzos para promoverla en esa forma se ha tropezado invariablemente con la acusación de dirigismo, de estatismo, de despilfarro de los fondos públicos y de manipulación.  

El resultado de este impase ha sido ya desde hace largo tiempo el desarrollo raquítico y el agostamiento de la ciencia, las humanidades y las artes puras en nuestro país. En el panorama actual, el único terreno en el que el Estado se mantiene económicamente presente en una forma significativa y en el que la empresa privada participa de una forma bastante irregular e intermitente es el de la museología y la atención de monumentos arqueológicos. Más allá de esto, la investigación científica, la reflexión crítica, el desarrollo de las artes y la difusión ---más allá de los cenáculos--- de la obra creativa en estos campos se encuentran sofocados por la falta de recursos de las universidades y los centros superiores.

Existe una cierta medida de respuesta por la iniciativa privada, no de las empresas ciertamente sino de los mismos científicos, humanistas y artistas, quienes todavía muestran en conjunto una significativa creatividad y, congregados por lo general, en pequeños talleres, agrupaciones culturales o cenáculos dedican, las más de las veces, su tiempo residual y sus recursos propios. La difusión no se encuentra menos limitada. Exposiciones, paneles y conferencias, así como también presentaciones teatrales y hasta conciertos encuentran normalmente albergue en los locales de Centros Culturales pertenecientes a las universidades o a gobiernos extranjeros y dotados por éstos para fines de relación e imagen más que de promoción de la cultura propiamente. La remuneración que se ofrece a cambio de esas presentaciones es significativamente pobre y la escala de la ayuda provée sólo en raras ocasiones para más una presentación. Esto resulta en particular notorio en el caso del teatro y los conciertos.

En lo que a la difusión editorial atañe, la estrechez del mercado de sofisticación más elevada, no favorece ni la regularidad de las revistas más especializadas ni los grandes tirajes de los libros, orientando el interés editorial más bien hacia la divulgación y el magazine semicultural.

La mayor parte de las publicaciones de alguna importancia cultural corren por cuenta de las universidades, que disponen de recursos extremadamente limitados, o en casos especiales, de las oficinas de relaciones públicas de la gran empresa. Los derechos del autor suelen ser insignificantes cuando no se ve éste obligado a correr directamente con los gastos de edición. En materia de conferencias y publicaciones, así como en la de exposiciones y artes plásticas, debe reconocerse al Estado un esfuerzo considerable a lo largo de los años más recientes, aunque haya sido insuficiente para llenar los más grandes vacíos de nuestro sistema cultural, a través del Instituto Nacional de Cultura y el Museo de la Nación por una parte y por la otra a través de la Comisión de Cultura del Congreso Nacional de la República.

La fuente más importante de recursos en este nivel de la cultura no procede, sin embargo, ni del Estado, ni del empresariado nacional, ni de la iniciativa personal o de pequeños grupos sino de gobiernos, empresas y fundaciones extranjeras, de instituciones religiosas pertenecientes a denominaciones de enorme variedad y de organismos internacionales que proveen el grueso de los fondos con los que cuentan universidades y centros culturales y de los que se depende localmente.

De estas fuentes depende, adicionalmente, una red tupida y casi omnipresente de ONGs, centros e institutos con distintos grados y formas variadas de involucramiento en la vida cultural que van desde la financiación de revistas ideológicas o confesionales hasta la investigación etnobotánica para uso de los laboratorios de Sandoz o de la Bayer. La importante contribución que representan estas fuentes de financiación como suplentes de recursos que mezquinan o no están en condiciones de proveer las fuentes nacionales resulta compensada negativamente por la enorme medida de subordinación que imponen frente a los objetivos y orientaciones culturales, económicos y políticos de las instituciones que financian y los países que les sirven de base.

La cuarta de las estructuras relevantes es la de las instituciones religiosas.

El núcleo religioso que ha moldeado la identidad cultural de los peruanos durante prácticamente medio millar de años ha sido el procedente de la síntesis entre las muy variadas  tradiciones religiosas de la población nativa andina y la variante ibérica de la forma latina o católica del cristianismo. Su esquema fundamental de cogniciones, valores y principios de conducta se encuentra contenido en los textos evangélicos y en las epístolas apostólicas, pero también en una larga tradición acumulada y transmitida durante dos mil años y en la síntesis particular de todo ello con los múltiples estilos culturales de la civilización ibérica.

Se expresa por ello en más de un nivel de universalidad: el que corresponde a las formas regionales y locales de la religiosidad, el que corresponde a las formas nacionalmente compartidas, el que se expresa en las formas compartidas específicamente por las diferentes sociedades del tronco civilizacional ibérico y el de la universalidad católico romana. Se administra y comunica en todos los niveles institucionales que corresponden a esa secuencia y, por ello, en la socialización y la crianza familiares, en el de las catequesis parroquiales y escolares y en el de los magisterios del episcopado y del papado.

El largo período de controversias y de antagonismos que protagonizaron la iglesia católica y los regímenes republicanos en la Europa del siglo XIX y que propuso la rivalidad proverbial de ese siglo entre el ateísmo o agnosticismo racional cientificista de la escuela y la fe de la parroquia no afectó significativamente esa relación en el Perú ni en la mayor parte de la América Latina hasta avanzado el siglo XX. Aquí, entre nosotros, la unidad entre la Iglesia y el Estado no se vio nunca afectada seriamente hasta los tiempos de Augusto B. Leguía cuando se otorgó, por vez primera, la libertad de religión. Desde entonces no ha habido grandes avances legales en esa dirección y la religión católica sigue siendo hasta hoy la religión oficial del Estado Peruano.

Una de las más importantes consecuencias de esta particularidad de nuestra historia ha sido, a lo largo de toda la época republicana la del mantenimiento de un alto grado de complementaridad y hasta de alianza entre el lado religioso de la cultura y sus aspectos científicos, humanísticos, estéticos y cívicos, complementaridad que no comenzó a disolverse sino en forma muy gradual entre los comienzos y finales de este siglo.

La emergencia de un establishment laicista, anticatólico, escéptico, agnóstico y cientificista de la cultura en el Perú y su expansión desde la base establecida por las universidades estatales con la consecuente ruptura del consenso entre el sistema estatal y el religioso de la educación y la cultura es un fenómeno histórico tardío que remonta a la década del mil novecientos treinta cuando la Iglesia Católica se sintió por vez primera en la necesidad de fundar una universidad que le perteneciera en propiedad ---la Pontificia Universidad Católica--- y alentar la creación de colegios religiosos como parte de una reacción de alarma ante el creciente indiferentismo religioso de la última generación de la clase superior, influída por el positivismo francés.

Desde entonces la diferenciación entre un establecimiento laicista de la educación y la cultura y un establecimiento religioso y clericalista se produjo en forma creciente y paralela al proceso de los conflictos sociales e ideológicos iniciados más o menos en la misma época.

Para la década de los cuarenta y los cincuenta, la diferenciación se encontraba claramente definida y demarcada por la frontera entre las clases urbanas alta y media. De una parte la cultura tradicionalista y religiosa, con orientación conservadora y el manejo de un sistema de escuelas, de colegios, universidades y centros culturales como el Riva Agüero o el Instituto de Cultura Hispánica orientados hacia la recaptura de las clases dirigentes y acomodadas del país. De otra parte la cultura cientificista y modernista difundida desde las escuelas, colegios y universidades del Estado así como desde sus centros culturales asociados. La polarización afectó en forma creciente, también, desde la década del treinta, a los alineamientos ideológicos y políticos. A uno y otro lado de la brecha, indigenistas e hispanistas, progresistas y conservadores, socialistas y fascistas...

De uno u otro modo este doble despliegue se mantuvo hasta los días del Segundo Concilio Vaticano y el llamado aggiornamento..Con posterioridad a este Concilio la  “actualización” y la “apertura” proveyeron la ocasión para la emergencia de una enorme variedad de formas mixtas haciendo progresivamente indiscernible la postura de la institucionalidad eclesial frente al hasta hacía poco tiempo tan odiado y condenado “modernismo”. La creciente laicización de la Iglesia Católica y su clero los ha ido distanciando gradualmente en estas décadas de los sectores populares que se mantienen todavía como portadores y trasmisores de los contenidos culturales de la pastoral más tradicional. El nuevo clero modernizado y laicizado diferencia hoy en día este catolicismo tradicional del pueblo, frente al oficial del clero, con el rótulo de “religiosidad popular”.

Significativo desde el punto de vista del examen y diagnóstico de la cultura nacional es el hecho de que, desde la misma década del treinta, la polémica entre los sectores clericales y los sectores laicistas resultó asociada persistentemente a la cuestión del desarrollo. Fue, efectivamente, por aquella época, que las clases ilustradas tomaron por primera vez conciencia clara del crecimiento de las brechas que iban distanciando aceleradamente la vida política, las economías y los estilos culturales del Perú frente a los de los países europeos y los de los EEUU.

Independientemente de las preferencias ideológicas por el capitalismo, por el nacional fascismo o por el socialismo, los sectores laicos coincidieron desde aquel entonces en que la responsabilidad por el cada vez más visible “retraso” del Perú debía atribuirse al fanatismo, oscurantismo y dogmatismo del clero católico, introducido en la psicología nacional por la evangelización del virreynato. La tesis, aceptada en forma generalizada, e introducida en nuestros medios intelectuales laicos desde la década del mil novecientos cincuenta, fue la de Max Weber en su libro sobre La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo. Según ésta -coincidiendo en ello tanto los marxistas como los capitalistas-el capitalismo y con él el desarrollo tecnológico y científico, la democracia y el mercado son inseparables del protestantismo. La persistencia del estilo cultural católico, sus creencias, sus valores y sus estilos de conducta fueron responsabilizados por el subdesarrollo y el atraso del país. Socialistas y capitalistas nacionales terminaron coincidiendo: el capitalismo podía ser el objetivo de la evolución social para los liberales o, por el contrario, para los marxistas una etapa necesaria en el camino al socialismo, pero fuera como fuera debía abrírsele paso en el país. Para ello debía hacerse de lado el obstáculo representado por el catolicismo y su weltanschauung arcaica, quijotesca, machista y antagónica a los valores de la puntualidad, la frugalidad, el trabajo fuerte e incesante, el ahorro, la impersonalidad relacional, la competencia y el achievement.

En esta prolongada controversia ha sido la Iglesia Católica, sin lugar a dudas, la que ha terminado por ceder. Y si bien es cierto que las encíclicas papales y declaraciones sucesivas difundidas por el Cardenal Ratzinger desde la Congregación de la Fe han insistido en estos años en una condena persistente del sistema economicista de valores promovido por los modernistas y del materialismo paralelamente promovido por el cientificismo de orientación mecanicista, la mayor parte de los representantes del clero y de las congregaciones religiosas establecidas aquí en el Perú prefieren mantener un discreto silencio en esa controversia y han pasado en los últimos años a una posición de aparente neutralidad en lo que se refiere a la sugerida contradicción entre la weltanschauung católica y el desarrollo científico, tecnológico y científico.

En la práctica esto se manifiesta en una transformación total de los estilos de presencia de la Iglesia Católica en nuestro medio y de sus orientaciones pastorales. Desde el punto de vista de lo que atañe a la cultura y a sus núcleos tradicionales en nuestra identidad, la Iglesia prefiere por el momento mantener un silencio más prudente que discreto desde el que se manifiesta una más bien pasiva tolerancia pero no se alienta las creencias y prácticas religiosas tradicionales arraigadas por la evangelización de los tiempos virreynales.

Al mismo tiempo, en los colegios mantenidos por las congregaciones se adopta universalmente el estilo empresarial ---con la consecuente alta tasa de las deserciones originadas en causas económicas-y una postura de carácter neutralista en lo que se refiere a la formación ético-religiosa. Se hace notar, en el terreno de la práctica, un abandono pronunciado de la presencia conquistada desde los años treinta en los medios universitarios. La catequesis en sentido propio se recluye en los espacios parroquiales, organizados en su mayoría dentro de una nueva estructura de administración oficinesca en cuyo marco el clérigo se convierte en un profesional entre otros con una especialidad de contorno indefinido que trata de buscar su modelo en el psicólogo laicista. La vida litúrgica y la piedad han pasado a un segundo plano y se suelen dejar cada vez más a la iniciativa privada de los fieles o se desplazan hacia la impersonalidad en la catequesis televisiva o en la multiplicación de asambleas de tipo carismático en las que se intenta poner al servicio de la catolicidad los estilos clásicos de evangelización empleados por las iglesias protestantes de la tradición anglosajona. Las escasas intervenciones pastorales de carácter público buscan concentrarse en los asuntos de orden político local ante una creciente indiferencia de la población.

En resumidas cuentas los esfuerzos del aggiornamento no parecen, a escala nacional, haber sido capaces de generar una respuesta desde la tradicionalidad originaria de nuestra identidad religioso-cultural sino más bien una mimesis del catolicismo en el espacio de la cultura laica modernista. En el vacío social que va dejando tras de sí esta silenciosa retirada de la Iglesia, ésta deja de ser la organización conservadora y promotora de los núcleos nacionales de identidad y de cultura que fue por varios siglos y tiende a convertirse en sólo una instancia más entre otras muchas que compiten por esa conducción mientras que las creencias, los valores morales y las normas de conducta se convierten en opciones de carácter individual dentro del marco sincrético de la religiosidad New Age o buscan organizarse en forma nueva en las cada vez más numerosas asambleas evangélicas.

La retirada de la Iglesia y el debilitamiento de las estructuras familiares rompen definitivamente el equilibrio entre los múltiples factores que constituyen la estructura y condicionan la dinámica de la cultura nacional.

En los hechos, facilitan un proceso de transformación acelerada de los núcleos de identidad y de cultura así como de sus manifestaciones múltiples en el mundo de creencias, el folklore, la artesanía, la música y las festividades populares, la gastronomía, los usos y costumbres, que constituyen los cimientos del patrimonio cultural de la nación. En tanto conducida esta transformación al establecimiento de un dominio de referentes culturales antagónicos y de origen extranjero, puesta a la merced de la influencia ejercida por los medios de masa comerciales y de la extrema comercialización del subsistema educativo ajenos a toda orientación de naturaleza cultural o ética y en tanto la única alternativa manifiesta se encuentra por ahora en la marcha evangelizadora de las iglesias protestantes, la situación apunta en dos direcciones igualmente negativas: la una, la que conduce a una deculturación cada vez más acentuada, la otra, la que lleva a una alteración del núcleo último de la identidad cultural de la nación con las inevitables graves consecuencias sobre la continuidad de la conciencia colectiva y sobre las manifestaciones de ésta en el plano de los usos y costumbres, los estilos de vida  y sus productos materiales. Aunque no fuera sino por causa de nuestra preocupación comercial por el valor turístico que representa todo este patrimonio la situación debería justificar la alarma de nuestros sectores responsables.

4. Los contextos económicos de la cultura en las sociedades de mercado

Es necesario considerar también, como se ha dicho más arriba, la estructura y condiciones en las que opera el contexto de la economía que provée los insumos y recursos que son indispensables para el desenvolvimiento de la vida cultural de la nación.

En la sociedad contemporánea ---y siguiendo el clásico modelo de trifuncionalidad propuesto originariamente por Auguste Comte y desarrollado finalmente por Georges Dumezil, son, de una parte, la política en su fórmula democrático representativa y la economía, en su fórmula de mercado, industrial y financiera, más bien que la religión, las que proponen el doble paradigma desde cuya perspectiva se organiza la percepción humana de la propia identidad y del quehacer.

Se trata de una política orientada, a este nivel, a la generación y reproducción de una “voluntad general”  de carácter consensual mayoritaria e idealmente unánime de la colectividad en lo que se refiere a los asuntos colectivos y de una economía orientada, de su parte, a la comercialización y al consumo --más que acumulación- de bienes y servicios en base a una “demanda general” hecha posible y necesaria por la condición masificada de la producción.

Nociones como las de ideología, moral pública y civismo se imponen desde la perspectiva de la vida política, mientras que otras como las de recurso, eficiencia, productividad, oferta, demanda, mercadeo, costo, beneficio, rentabilidad, se imponen desde la económica como organizadoras y reguladoras de estrategias y conductas individuales y colectivas en el campo en que el patrimonio social y su creación, conservación y recreación tienden a ser administrados.

La más inmediata consecuencia es la generalizada distorsión de la naturaleza intrínseca del ocio creativo, la creación cualitativa, disfrute y posesión de los bienes culturales desde la posición marcada alternativamente por la necesidad socio-política o por las perspectivas del trabajo productivo, la producción cuantitativa, consumo y propiedad. La dinámica que surge de la tensión generada en los dos polos demarca los espacios en los que se desenvuelve la cultura.

Desde, por lo menos, los comienzos del siglo XIX han sido manifestaciones de esta clase de tensión las dificultades para subordinar la actividad del científico, el humanista y el artista -conservador, docente o creativo-- entendido desde entonces como recurso social o capital humano, a la conformación de su obra creativa dentro de los marcos exigidos por la necesidad ideológica o política, a la ordenación disciplinada del trabajo sometido a horario y constituido en el espacio impersonal del taller o la oficina, o a ambas a la vez; y para asegurar, también, la standardización en la cantidad y calidad de sus objetos culturales, considerados ya como productos y bienes de consumo; para garantizar el ajuste de su oferta a la condición de la demanda; para integrar al universo del mercado las condiciones del disfrute, entendido ya como consumo y, sobre todo, para asegurar la propiedad del bien creado, particularmente si éste fuera de carácter ideal o intangible, en condición de exclusividad  que pueda ser objeto de comercio.

Se hallaba implícita en esta tensión la existencia de una contradicción que resultó, para los últimos dos siglos, de naturaleza insuperable. Y era ésta: que eran justamente la naturaleza singular y única, y frecuentemente heterodoxa, del objeto cultural legítimo, los valores añadidos como antigüedad, asociación histórica, en tanto símbolos de unión con el pasado, o de vinculación grupal o étnica, sacralidad de la propia identidad, la que lo dotaba de la condición de la escasez en cuanto factor de carácter decisivo en la definición del precio. Y que la singularidad resultaba inseparable, justamente, de los arcaísmos manifiestos de la sicología del hombre de cultura frente a la del homo economicus que emergía en su reemplazo.

Era justamente esa naturaleza misma la que, al mismo tiempo que comenzaba a valorar desde comienzos del siglo XX --en formas desmesuradas con frecuencia- la obra despreciada de artistas marginados por el siglo XIX, la  que producía al mismo tiempo una revalorización acelerada ---y no menos desmesurada en cierta forma--- de la obra artesanal utilitaria del pasado que alcanzaba el nuevo prestigio de ser “antigüedad”. El filósofo de la historia Oswald Spengler, se ha preguntado en su Decadencia de Occidente acerca de esta sobrevaloración de la obra antigua, de la singular y aun la obra ruinosa que encuentra sus orígenes con la naciente weltanschauung burguesa en el renacimiento y que da lugar ya desde entonces a un comercio creciente de la imitación y de la falsificación de lo antiguo y de lo único.  

Dentro de las actuales condiciones de la sociedad peruana, la estructura y la dinámica que le son propias a la cultura se encuentran ya casi por completo avasalladas por la estructura y la dinámica de la economía más que por la de la ideología y la política que han terminado por pasar a un segundo plano como como antes había sucedido con las de la religión. Debemos reconocer a este respecto hasta tres espacios sobre los que gravitan las tensiones económicas: El que corresponde al agente de cultura, el que corresponde a los mercados de sus habilidades y su obra y el que corresponde al llamado patrimonio cultural de la nación en cuanto patrimonio colectivo.

Estos tres espacios se articulan sobre el espacio que corresponde al agente de cultura,  su condición socio-económica y su acceso a los insumos y recursos para el ejercicio de sus actividades.

El agente de cultura

Aunque, en el sentido propio, cada miembro de la sociedad puede y debe ser considerado creador y agente de cultura conviene, para los fines de este análisis distinguir -en los espacios económicos-entre agentes activos o agentes “productivos” y pasivos llamados también “consumidores”. Esta no puede ser, sin embargo, sino una distinción de pura conveniencia ya que es, en la realidad social, impracticable la demarcación de fronteras muy precisas desde que los agentes activos son también consumidores, mientras que los agentes pasivos son, en los ámbitos del medio familiar e institucional y de la interacción aunque no necesariamente en los de la Cultura más sofisticada, también creadores, conservadores y comunicadores. Entran dentro de la categoría “activa” todos quienes ejercen la enormemente variada actividad que se despliega desde la investigación científica o humana a la creación estética o la innovación tecnológica, así como a la docencia y conservación de sus objetos y sus contenidos, y a la re-creación en su sentido estrictp cuando éste se aplica a disciplinas como las de la ejecución musical, la danza o el teatro. Solemos resumir todo este sector social bajo las denominaciones de “intelectual” y “artista”.

La irreductibilidad del universo social de los intelectuales y de los artistas a las nuevas formas del mundo político y social, del trabajo y el comercio dio lugar, desde los comienzos del siglo XIX, al reconocimiento de espacios sociales marginales de encuentro y tolerancia definidos, para el hombre de letras y el artista, por la bohemia, por el mecenazgo y lo que se dio, más tarde, en llamar el demi monde, al tiempo que otorgaba al humanista y al científico, conservador, docente o creador, una extraterritorialidad de carácter privilegiado y superior sobre el universo normativo del trabajo y el comercio “productivos” que se ha expresado por los últimos dos siglos en el estereotipo académico del “distraído” y el “excéntrico” y proyectado en dirección a las llamadas profesiones “liberales” o “hechas libres” por causa de sus anclajes académicos o facultativos.

Lateral a este proceso se manifiesta el crecimiento y la expansión del marchandeo de arte y de la industria editorial. Desde los mediados del siglo XIX, dando lugar a un primer encuentro entre la institucionalidad empresarial y la cultura, la emergencia del mass media ---bajo la forma de la revista y de la prensa diaria y la del espectáculo boulevardier orientado hacia el gran público--- y la emergencia paralela de las grandes empresas de la nueva ingeniería, abrieron espacios laborales de respetabilidad mayor para el hombre de letras y el artista, los primeros y de financiación acrecentada para los segundos.

En espacios como esos, y hasta hace poco, músicos, pintores, periodistas y académicos conservaron privilegios que los exoneraban de las rigideces laborales del obrero y el oficinista. Los periodistas y hombres de letras, sin embargo, y sin salir de la bohemia por completo, debieron pagar su respetabilidad con la pérdida de creatividad que se hace manifiesta entre la elaborada sofisticación aristocrática de las letras del ancient régime  y la decadencia del roman folletinesco por entregas con el que culminó la literatura fin de siècle. Los científicos y académicos, por la suya, al precio de una deceleración gradual en el avance de las humanidades y las ciencias en beneficio de la técnica, se galardonaron de una imagen heroica y aventurera como constructores del bienestar humano y el progreso.

Ha sido, sin embargo, en uno y otro caso, por el término de un lapso prolongado de la historia que el financiamiento primario del proceso creativo ha procedido del subsidio combinado del sector privado y el Estado y que sólo en forma progresiva y relativamente lenta terminaron por ser absorbidos en el ámbito del trabajo dependiente orientado directamente hacia el comercio y el consumo.

Las tres alternativas entre las que se ha venido desplazando la cuestión desde los comienzos del siglo que estamos terminando no terminaron de perfilarse, sin embargo, hasta una fase más tardía en el desarrollo de la sociedad contemporánea: esas alternativas han sido en las múltiples formas en que se han manifestado hasta nuestros días, las de la politización de la cultura dentro del contexto de modelos de desarrollo totalizadores, superplanificados y de largo plazo; la promoción social de la cultura dentro del contexto de modelos de desarrollo que combinan la iniciativa privada con la pública, de mayor flexibilidad y orientados a los plazos medios; y la economización de la cultura dentro de modelos que sustituyen los objetivos de desarrollo por los de crecimiento en el contexto de privatización extrema y espontaneidad de los procesos con orientación hacia los cortos plazos.

Desde finales del siglo XIX hasta tiempos relativamente muy recientes los gobiernos totalitarios y populistas, tanto de la izquierda como de la derecha, entendieron como de naturaleza decisiva el papel jugado por los procesos culturales en el desarrollo económico y social y en el mantenimiento de altos niveles de moral cívica y solidaridad en una población. Asumieron pues, estos procesos, como aspectos de naturaleza prioritaria en la política de Estado y crearon inmensas maquinarias institucionales para su promoción y su control. Este fue el caso de la Unión Soviética y las llamadas Democracias Populares, pero también el de la Alemania Nacionalsocialista, la Italia Fascista, La España Falangista y las repúblicas que formaron en la Segunda Guerra Mundial parte del Eje, así como en América Latina los casos populistas del Méjico del PRI, la Argentina Justicialista, la Bolivia de Villaroel y otros más.  

La segunda de estas alternativas, la de la promoción social de la cultura ha sido elegida tradicionalmente por aquellas naciones de Europa que, en las controversias ideológico políticas de los siglos XIX y XX optaron por modelos de carácter liberal tradicional o de orientación social demócrata. En ellos, el Estado se reserva la conducción y orientación de la vida cultural de la nación así como también el monopolio o la conducción privilegiada de algunos de sus espacios estratégicos como los de la educación, los medios de masa o el patrimonio cultural. Acude, sin embargo, reconociendo su importancia, a la colaboración implícita y explícita del sector privado dejando, además, una parte de importancia en su política a la libre competencia y el mercado de trabajo, de bienes y objetos culturales. Modelos interesantes de referencia en este estilo de políticas son la Gran Bretaña, Francia, España postfranquista, Croacia, Turquía, Grecia, Italia y, en general, la mayor parte de las naciones del antiguo continente que se considera por lo general depositarias principales del patrimonio y tradiciones culturales de nuestra civilización.

La tercera alternativa es la de más reciente aparición histórica y su aplicación, ensayada en los EEUU desde comienzos de este siglo, pero hasta hoy sólo parcial en algunos países del sector llamado ayer tercermundista, se encuentra vinculada a la emergencia de la nueva ideología del neoliberalismo a partir de los años del mil novecientos noventa. La tesis, hasta ahora no probada, es que entregado el aparato de cultura a la dinámica de la oferta y la demanda y eliminados totalmente los controles y orientaciones del Estado, el sector de la cultura se convertirá en un espacio atractivo para la inversión de capitales y resultará dinamizado dentro del contexto de la nueva economía convirtiéndose en una fuente adicional en la creación de la riqueza no ya a largo sino a corto plazo.

De los tres modelos, el primero garantizó por largo tiempo, en donde se aplicó, una posición privilegiada del intelectual y del artista, constituido en elite o en “vanguardia”, en la vida económica, política y social de sus países, así como la libre disposición de su tiempo y de sus actividades, la garantía de su acceso irrestringido a los insumos necesarios para su trabajo creativo, y a los medios que le fueran necesarios para su difusión.

A pesar del indiscutible éxito logrado en la canalización de recursos económicos y la generación de toda clase de estímulos materiales y sociales para los agentes de cultura el modelo adoleció de graves debilidades de principio que ocasionaron, a la larga, su degradación. La primera y la más importante fue la subordinación total de la cultura a los objetivos económicos y políticos del Estado que desincentivó la heterodoxia creativa de los intelectuales dando lugar, adicionalmente, al descontento y al empleo reactivo de esos mismos privilegios para el socavamiento del régimen mismo que los sustentaba.

Aun así, el balance no se presenta como totalmente negativo habiendo sido notables los logros de esa època en los ámbitos de la recuperación, la conservación y la reproducción de la cultura aun cuando, por causa de la regulación política, los resultados no hayan sido siempre de la misma envergadura en el de la creación. Una debilidad aun más importante y decisiva se mostró en el modelo como resultado de su aplicación en los países de orientación socialista o populista y en el tercer mundo: la política cultural organizada en esta forma debía ser subsidiada de modo exclusivo por el Estado. La carga presupuestal terminaba siendo insostenible para los países de mayor pobreza.

Durante un lapso de diez años desde la década del mil novecientos setenta a la del ochenta, con el gobierno populista del General Velasco, el Perú intentó, sin éxito, aplicar el modelo estatista clásico en la conducción de la cultura. La caída del gobierno revolucionario vino acompañada con críticas justificadas a esta política, a la que se responsabilizó de haber sido conducida por una voluntad ideologizante y haberse hecho responsable de la emergencia de una nueva burocracia de los intelectuales con la consecuente inflación del presupuesto nacional en esa esfera.

Desde la década del mil novecientos ochenta, inducido más que nada por este último argumento y por la crisis económica creciente, el gobierno nacional procedió al desmantelamiento del aparato creado por Velasco. El proceso culminó en los comienzos de la década del mil novecientos noventa con la práctica desaparición de las instituciones nacionales de cultura y el desplazamiento a posiciones de importancia secundaria de aquellas que sobrevivieron.

En el momento el modelo que se aplica es el llamado neoliberal  desde el que se privilegia una perspectiva fundamentalmente privatista, economista y empresarial de la cultura.

El modelo se aplica todavía con diversidad en los diversos campos de la actividad. Gradualmente los subsidios, protecciones y alicientes otorgados tradicionalmente por la ley a las actividades culturales han ido desapareciendo. La privatización y subordinación del sistema educativo a esta visión es en el momento dominante al tiempo que decae como residual lo que todavía sobrevive del viejo sistema de la educación gratuita y pública instituída desde la Independencia. Sobrevive, con importancia gerencial sobre el aparato de recuperación, restauración y conservación el INC, aunque con sus actividades extremadamente restringidas al campo de la museología y en forma secundaria a la organización de mesas redondas, conferencias y exposiciones. En el ámbito de la re-creación de la cultura declinan hasta casi la extinción la lírica, el teatro, la música sinfónica y de cámara y el ballet. En el de la difusión se advierte también una visible reducción de la actividad editorial que ha quedado finalmente relegada en su casi totalidad a la producción irregular de las universidades y a la más regular, pero estatalmente subsidiada, de la Oficina Parlamentaria de Cultura. En lo que a los mass media se refiere éstos se encuentran totalmente librados a su arbitrio y la presencia del Estado ha quedado restringida a una agonizante Radio Nacional y a un ya casi enterrado Canal Siete.

La idea que subyace al esquema neoliberal en el manejo de cultura no puede condenarse como totalmente equivocada. Se encuentra implícito en el proceso de privatización y en el paso a segundo plano del Estado en este campo, el supuesto de que la incorporación de las actividades y los productos culturales en el espacio de un mercado totalmente abierto a la oferta y la demanda y sus condiciones espontáneas de equilibrio, arrastrará a éstos en una dinámica de multiplicación y crecimiento que no solamente liberará al Presupuesto Nacional de la República de una carga que se ha terminado por hacerse insostenible sino que sustituírá con ventajas sustantivas el paternalismo controlista y burocrático del estado por la libre dinamicidad de la iniciativa privada del individuo, las instituciones y la empresa.

En la práctica no se tuvo, sin embargo, en una adecuada consideración la circunstancia de que entregada por completo la cultura al dominio de los procesos económicos, su mercado quedaría reducido a condiciones semejantes al de otras categorías de productos. Estimulado y en situación de crecimiento -en términos de cantidad y calidad-- dentro de una economía en crecimiento y desarrollo pero inevitablemente empobrecido y desalentado dentro de una economía simultáneamente abierta y recesiva en la que terminaría por aparecer como suntuaria y se encontraría sometida a competencia, en un mercado restringido ya por el bajo ingreso y la contracción de la demanda, por las importaciones extranjeras.

A los mediados del dos mil el balance del sistema de cultura dentro de su nuevo marco de mercado resulta, en el Perú, desalentador. En los hechos, la iniciativa privada se ha sentido atraída, de modo casi exclusivo, por el negocio educativo. El Estado no ha hecho uso del ahorro presupuestal obtenido por la multiplicación de las escuelas, colegios y centros superiores del sistema privado para mejorar la condición de la docencia y de la educación sino que se ha limitado apenas a mejorar la imagen mediante inversión de infraestructura.

Al mejoramiento de la infraestructura se ha limitado también la modernización educativa que en un comienzo se esperaba como fruto de la privatización. Su fruto más visible ha sido la multiplicación de computadoras en los centros educativos y en manos privadas y en el entrenamiento de un gran número de técnicos, pero ésto se ha revelado hasta hoy escasamente productivo por causa de los altos costos de la conexión a internet. Era de esperarse que la introducción de la tarifa plana en el sistema cable-modem anunciado no hace mucho por la Telefónica contribuyera a poner en marcha toda esta capacidad. Aunque el impacto de esta medida habrá de ser inevitablemente limitado por causa de las vías laterales que ha optado -por fin la Telefónica-para recuperar por una parte lo que cree estar perdiendo por la otra: el costo de instalación alcanzará aproximadamente a unos seiscientos dólares, mientras que el de mantenimiento, cuenta tenida de que será obligatorio tomar en conjunto dos servicios, el del CableMágico y el Modem, será todavía de otros cien mensuales aproximadamente. No habrá muchos estudiantes ni docentes que se puedan dar el lujo todavía y los controles del Estado están aún muy por debajo de la astucia mercadeante de nuestros inversionistas extranjeros. Por el momento, la mayor parte de los equipos en manos privadas e institucionales cumplen funciones burocráticas o sirven como máquinas de escribir y de calcular sofisticadas y de alto costo mientras que la mayor parte de los técnicos se dedican al servicio de reparaciones y al comercio informal de partes y de aplicaciones piratas que se hacen indispensables en una situación  en la que la los usuarios privados y las empresas medias y pequeñas no se hallan fácilmente en condiciones de pagar los altos precios del comercio formalizado.

En otra perspectiva, la modernización se ha limitado al desplazamiento de las humanidades y las ciencias puras ---altamente criticado ahora por la más moderna perspectiva pedagógica--- y la imposición de un dominio poco menos que irrestricto de las estadísticas, las matemáticas y la economía de la escuela abstraccionista en los currículos. Aquí también el esquema se muestra desplazado frente a la tendencia crítica que asciende contra el abstraccionismo matemático y al retorno de las humanidades que comienza ahora a abrirse paso en las naciones más desarrolladas.

 En lo que se refiere al educando y al educador, en general, y como se ha notado más arriba, el punto de equilibrio entre los costos y los precios en el estado actual de nuestra economía ha condicionado la rentabilidad de los nuevos establecimientos educativos de gestión privada a niveles de pensiones -para el estudiante y su familia-y de salarios -para los educadores-que han estimulado y estimularan todavía más la deserción escolar en el futuro y que han desplazado mayoritariamente la actividad de los docentes al ámbito del subempleo, el multiempleo y el moonlightning favoreciendo  un nuevo tipo de pedagogía descomprometida y altamente impersonal a horario restringido y a dedicación dispersa que afecta seriamente el nivel de calidad.

Al ámbito del subempleo y del desempleo resulta también ahora desplazado un número de graduados cada vez mayor arrastrados como el resto de nuestra oferta laboral por la dominante tendencia recesiva. Un número significativo de entre los estudiantes, calculando las alternativas de trabajo en los campos profesionales más estrictamente académicos se sienten tentados por nuevas facultades dedicadas a la gastronomía o a la promoción turística pesar de que el crecimiento de la demanda laboral, a escala nacional, en estos campos, resulta tan raquítico como el que se observa en otras áreas de nuestra economía. Otro --procedente por lo general de las humanidades, de la arquitectura y de las artes, que no tienen grandes oportunidades fuera de la docencia en un número cada vez más limitado de colegios y universidades o de la investigación, mal financiada en nuestro medio--- ha pasado en los últimos años  a engrosar las filas de la publicidad y del mass media, llegando a saturar esa demanda y terminando por cerrar el paso de quienes se graduan estos años en las facultades de comunicación. Los mejores de entre todos ellos, sobre todo en el campo profesional y el de las ciencias, así como  los que pertenecen a familias que han estado en condiciones de pagar por una educación en el extranjero, se sienten ahora más tentados aún que en el pasado a emigrar por razones laborales. Las nuevas legislaciones migratorias que favorecen la residencia de profesionales extranjeros y vienen siendo introducidas desde hace poco por un número cada vez mayor de países más desarrollados favorece la fuga de cerebros que, aun en ausencia de estadísticas actualizadas se viene haciendo cada vez más evidente para quienes trabajamos en el ámbito académico.

La orientación de las instituciones académicas privadas muestra en los últimos tiempos una tendencia peligrosa a evadir los ajustes necesarios que serían esperables dentro de una legítima economía de libre competencia, mediante el recurso de la organización interempresarial bajo la forma de asociaciones y consorcios que no son sino una forma actualizada de los viejos cárteles, trusts y monopolios. La ausencia de una vigilancia y un sistema de controles antimonopolio que pueda poner freno a la tendencia como ocurre en otras economías liberales no hace sino confirmar las distorsiones con las que este modelo se viene aplicando en el Perú.

Insumos culturales: oferta y demanda

Ni la demanda ni la oferta de insumos y consumos culturales se benefician tampoco de esta situación. En lo que concierne al agente activo de cultura -el intelectual, el artista, el estudiante-su baja capacidad adquisitiva en comparación con los altos precios de la importación  y los no menos altos de la producción nacional éste resulta prácticamente excluido del mercado.

En lo que al libro se refiere -y a pesar de la exoneración del IGV vigente en este campo, que reduce la carga tributaria al 17% que corresponde a las aduanas-- los precios de importación resultan inalcanzables a la mayoría lo que en las librerías restringe la cantidad y variedad de las ofertas a lo estrictamente necesario día a día. La producción editorial interna se encuentra paralizada de su parte por los altos costos de la tinta, del papel y de los demás insumos de edición y de impresión que no resultan compensados por el tiraje cada vez más reducido que puede ser comercializado conforme la calidad y el nivel de su producto crecen y que, por su localismo, tiene pocas oportunidades de generar derechos de autor significantes o de encontrar colocación en el mercado externo. De una parte las librerías satisfacen su mercado con literatura de best sellers “a la moda” o de carácter folletinesco mientras que las editoriales languidecen y sobreviven produciendo material publicitario. La librerías de Dickut -alemana-Plaisir de France -francesa y ABC ---inglesa-han quebrado hace ya más de quince años, y la Librería Epoca no importa ya literatura en italiano por falta de lectores multilingües entre quienes todavía leen y por falta de capacidad adquisitiva en los que todavía están capacitados para hacerlo.  

Quien resulta beneficiado de esta situación es otra vez el mercado informal, en este caso el de los libros usados. En ello se beneficia la relectura de los clásicos, pero se perjudica la actualización, sobre todo en nuestros medios universitarios.

Tampoco sobreviven, sino a duras penas, a la recesión ni las artes plásticas -dotadas de un mercado en extremo restringido por la capacidad adquisitiva de los posibles compradores- ni la arquitectura, afectada por la parálisis de la construcción y del mercado inmobiliario y por el irresponsable caos urbanístico originado en la venalidad de municipios, urbanizadoras e inmobiliarias. Ni el cine, sofocado por la importación masiva de las series televisivas de categoría C y el monopolio ejercido por las distribuidoras americanas sobre las salas de exhibición ---han pasado ya a la historia los años del cincuenta y el sesenta cuando los premios de los festivales de Cannes, de Venecia, de Karlovi Vari y de Moscú eran exhibidos en las salas populares y de barrio--- ni el teatro, el ballet o la lírica, incapaces por la escasa demanda y los altos precios de sostener otra cosa que una actividad ocasional de los artistas -absorbidos por completo en la producción chatarra de los canales televisivos- y ni siquiera las artesanías, cuya demanda es turística exclusivamente o las antigüedades, cuyo mercado sufre una parálisis total, se favorecen en las actuales circunstancias económicas de una demanda que justifique a fin de cuentas el desinterés y el abandono del terreno por parte del Estado.

Las buenas disposiciones de la banca y del sector privado a la inversión en la cultura son cuando más declarativas. En los hechos -cualquiera que sea el ideal-- la participación del sector privado no se extiende mucho más allá del terreno educativo.

Pero en una sociedad en la que los niveles de ingreso de los sectores educados se encuentran por debajo del nivel del costo de los libros y en la que quienes tienen los recursos para comprarlos en el extranjero no leen o no tienen tiempo para la lectura como lo demuestran las estadísticas peruanas de Amazon -la principal exportadora mundial de libros por vía de Internet--que nos informan que el libro más importado en el último año en el Perú ha sido uno de cuentos infantiles, las actividades culturales no aparecen al inversionista como ni como rentables ni como amortizables a menos que se trate de patrocinios esporádicos con finalidad publicitaria o para fines de relaciones públicas.

Esta se da principalmente en el campo del espectáculo sofisticado a la moda de las grandes capitales y orientado a la recreación de los sectores económicamente más favorecidos, así como alternativamente en la edición de libros de lujo, por lo general muy ilustrados, en la promoción de exposiciones y en la adquisición de algunas obras para la decoración de oficinas bancarias o corporativas.  En el campo de la investigación el aporte no es mayor. Las inversiones esporádicas que se aplican a este campo y proceden de grandes empresas como las que representan al sector minero constituyen en la realidad inversiones todavía más directas en publicidad o en relaciones públicas. Como en el caso de la ecología. El mecenazgo cumplido en esta forma resulta obviamente insuficiente para satisfacer no siquiera la demanda sino las verdaderas necesidades culturales del país desatendidas en nombre de aquella.

Después de la educación el terreno más privilegiado para la inversión privada en el terreno cultural ha sido en estos años el de los mass media.

Los mass media

 El de la radio para los pequeños inversionistas metropolitanos y provincianos. Aunque esto naturalmente no ha impedido la reciente quiebra de Radio Selecta después de casi cuatro décadas de promoción ininterrumpida de la música a la que sucedió hace apenas unas pocas semanas el anuncio de la de Radio Sol y Armonía, que sería remplazada por una emisora dedicada al rock y a la tecnocumbia.  En este campo, las inversiones principales se dan en la televisión - canal abierto y cable-y en la distribución y exhibición cinematográfica. En un tercer nivel en la prensa escrita -diario y revista. A un cuarto nivel el espectáculo de enterteinement: del teatral al circense, el cinematográfico y last but not lest el deportivo -básicamente futbolístico-que, entre nosotros deja cada vez más de ser participativo y educador y se convierte cada día más en un negocio inmoral y corruptor de la conciencia pública: circo “romano” y barra brava. Otro género de espectáculos, menos pasivos, más litúrgicos y -sobre todo más arraigados en la conciencia y la tradición de la nación como el taurino-han quedado relegados -por la falta de inversiones y respaldo del Estado-- a la curiosidad de los turistas y al esnobismo de los nuevos ricos al mismo tiempo que desertados por el pueblo. Lo mismo debe mencionarse de los demás deportes populares -ahora hechos “menores” por menos lucrativos.

El volumen de inversiones ---y el rango de importancia en la vida del pais--- que representan estos medios es un reflejo claro de la declinación del interés por la lectura y la escritura acompañada por el deterioro rápido que sufren las habilidades respectivas en los medios populares a lo largo de los años que siguen a la primera alfabetización rural o urbana.

En orden de importancia, entre los otros medios el más popular sigue siendo hoy la radio, entre otras razones porque no exige sino una atención superficial que no distrae del trabajo. Lo sigue la televisión con una importancia decreciente en el atractivo que ejerce sobre los televidentes en la que el primer lugar lo ocupa el futbol  y el último los documentales y el cine “serio” o el espectáculo de arte.

El medio económicamente más desfavorecido por el interés de la inversión privada es el impreso. En el curso de los últimos años el costo cada vez más elevado de la edición y la impresión y la contracción de su mercado con el consecuente incremento de las devoluciones diarias y la reducción de los tirajes terminó llevándolo a un callejón sin salida. La vía optada para evadir la quiebra  --que llevó de encuentro a varios--- fue la combinación entre una semicongelación del precio y una adecuación de la presentación y el contenido a los bajísimos niveles culturales representados por la demanda. En el momento actual no existe en el Perú más prensa diaria analítica e informativa en el sentido en que esta se concibió en el pasado y sigue concibiéndose en la mayor parte de los países más desarrollados. La práctica totalidad de los diarios y revistas en circulación son clasificables dentro de las categorías que corresponden a la prensa roja y pornográfica, a la amarilla y sensacionalista, a la deportiva y -en su máximo nivel-a la del magazine gráfico de variedades más o menos recreativas. El último órgano de prensa que resistió a esta transformación ---El Comercio de Lima, reputado por serio y centenario--- debió ceder a las presiones del mercado hace ya un par de años y -sin llegar a los extremos de otros-nos presenta una versión ligera de sí mismo que hace enarcar las cejas a quienes se encuentran habituados todavía al periodismo serio. Evaden esta situación unas pocas revistas de polémica política o difusión social publicadas con mayor o menor irregularidad por universidades, instituciones culturales y ONGs y que escapan con dificultades a la categoría de “divulgación”.

La situación de la radio y la televisión no es superior a la de la prensa escrita en lo que respecta a los niveles culturales y a la calidad de contenidos y, a excepción de algunos programas de divulgación de sobresaliente calidad como los de Antonio Cisneros y Marco Aurelio Denegri, se encuentran concentrados también en uno y otro caso en la recreación y el magazine de categorías que van de la “C” hacia la “Z”. Sobresalen en la radiodifusión metropolitana Radio Programas del Perú y CPN que se mantienen todavía en situación de ofrecer a sus oyentes --en particular a los taxistas y a muchos microbuseros que en su mayoría son, no lo debemos olvidar, profesionales universitarios--- un panorama informativo nacional de considerable amplitud y variedad y que supera ampliamente a los que nos ofrecen los canales de TV. A cambio de eso -y sobre todo con el cierre de Sol y Armonía--- el resto del espacio radial se encuentra finalmente monopolizado por las formas más extremas y estridentes de la tecnocumbia y del rock más comercializado.

La situación no es mucho mejor en los canales. En materia de información, la internacional de prensa gráfica, radial y televisiva, se encuentra sometida al dominio de unos cuantos megamonopolios de escala global -siempre los mismos: Turner, Murdock, Hearst y unos pocos más-- que ofrecen una versión estandardizada de los hechos según la región a la que dirijan boletines. Existe en el sistema cable --alentada sobre todo en Cable Mágico por el interés de la Telefónica Española-la alternativa europea de la RAI, la Deutsche Welle, la BBC, Dubai, Aleph, TVJapón, TV5 Francocanadiense y alguna otra para las colectividades extranjeras y los escasos poliglotas que van quedando en el país y la de los canales españoles como RTE para quienes entienden todavía el castellano. En cuanto a los canales “informativos” que se hallan al alcance del espectador promedio en el sistema abierto o en el cable, el tiempo dedicado a la información en su sentido propio es cada día más pequeño y está más ocupado con chismes de la farándula norteamericana, desfiles de modelos, habladurías y anécdotas de la vida de Miami, top shows y últimamente con algunos de éstos últimos de aspecto religioso, sotana o cuello clerical y de sabor moral y cultural ambiguos. Documentales, publicidad, cine, series y dibujos animados dominan el espacio. La exaltación del sadomasoquismo y la violencia en los contenidos y argumentos ha sido motivo ya de alarma para psicólogos y educadores.

El inevitable proceso de retroalimentación entre la oferta y la demanda en estos medios ha dado lugar casi universalmente a una escalada negativa en la que una y otra compiten por alcanzar niveles cada vez más bajos de responsabilidad y calidad en el mensaje y contenidos. Los efectos negativos sobre la psicología colectiva, y en particular sobre la infantil y adolescente que se encuentran más expuestas, han sido puestos a debate y sometidos a investigación recientemente por comisiones especializadas del Congreso de los EEUU. La ocasión ha sido la ola de violencia en las escuelas norteamericanas que continúa todavía hasta hoy en un segundo plano informativo. Las conclusiones preliminares adelantan que los estilos que se imponen desde hace algunos años en los medios comerciales están afectando gravemente y de manera ostensiblemente negativa a las generaciones más recientes en lo que directamente se refiere a sus esquemas cognitivos, axiológicos y conductuales, al mismo tiempo que la indiferenciación creciente entre la información factual, la opinión y la ficción introduce desorientación generalizada en las facultades del juicio y de la crítica.

Entrar en el detalle de los informes que vienen circulando excedería los alcances de este informe, pero es necesario adelantar que también acá, en el Perú, se hace necesario ya en el momento la cuidadosa revisión de este problema. En tanto, y por lo que ahora podemos observar, buena parte del problema entre nosotros se encuentra también vinculado a los excesos en la aplicación de un sistema de desregulación que de tanto serlo ha terminado por contradecirse con el principio mismo de la libre competencia que es la base del liberalismo. Estamos aquí en el espacio de dominios monopólicos que se aplican no ya solamente a medio productivo sino también a la distribución.  Aquí, en lo que concierne al consumo privado de “enlatados” de música y video, una inadecuada y poco selectiva regulación de aduanas encarece innecesariamente las importaciones en beneficio de las grandes firmas como el Blockbuster, que han precipitado el cierre de las pequeñas importadoras y distribuidoras nacionales y privilegian la distribución de los productos de calidad más inferior al mismo tiempo que conducen a la proliferación de una piratería que no contribuye en modo alguno a mejorar la calidad.

Monopolios de carácter semejante se han ido imponiendo también en el campo de la exhibición al mismo tiempo que los precios de las localidades se han venido manteniendo artificialmente altos en perjuicio de las salas y beneficio de la televisión. Curiosamente, en este campo, la concentración se demostrado favorable a la transferencia ya masiva de las principales salas de cine populares y su transformación en templos evangélicos -muchos de ellos dedicados al show confesional al viejo estilo del revival norteamericano de instant miracle, healing and convertion.

El tercero es el que corresponde al llamado patrimonio cultural de la nación, su recuperación, conservación, propiedad y gravitación en cuanto de todo patrimonio material de la nación.

Entran dentro de la noción de patrimonio cultural el urbanístico, el paisajístico y el monumental; el plástico, el musical, el literario, el teatral; el costumbrístico, constituido por la inmensa variedad de las formas culturales persistentes en los usos y tradiciones populares del folklore ---desde las artesanías, los mitos, leyendas, proverbios, formas de habla...a las costumbres regionales y locales, formas ceremoniales y rituales...las festividades, las peregrinaciones, los estilos musicales y las danzas...las gastronomías y especialidades culinarias regionales...La importancia de la cuestión patrimonial es suprema en toda política cultural de la nación en tanto que es en el patrimonio propiamente en el que se hace manifiesta la continuidad de la memoria histórica y de la identidad de la nación.

La destrucción o emigración del patrimonio es la destrucción del alma nacional como lo ha comprendido la mayor parte de las naciones civilizadas desde hace casi un siglo.

Esa destrucción, involuntaria o voluntaria ha procedido, sin embargo, entre nosotros, de manera totalmente devastadora durante buena parte de ese siglo en el que otras naciones se han venido esmerando en recuperar y proteger el suyo. Ha afectado seriamente los ámbitos urbanístico y monumental -en el caso de Lima es ya irrecuperable- el arqueológico por el saqueo sistemático de siglos y la exportación de los hallazgos o --en otros casos como el reciente del Intihuatana--- la irresponsabilidad venal e ignorante de las autoridades llamadas a velar por él; el de nuestro patrimonio plástico por el saqueo de iglesias y capillas y la exportación indiscriminada del arte colonial y republicano; el musical, literario y teatral por la devastación de archivos y de colecciones y el olvido y desconocimiento de las creaciones del pasado; el costumbrístico por la adulteración comercialista de la artesanía y el folklore pero también por el desprecio y satanización de las tradiciones populares impuesto no menos por maestros de escuela improvisados como por predicadores de un número creciente de sectas de origen extranjero y por la difusión cosmopolita de una cultura popular artificial e híbrida de la que son agentes los mass media.

La recuperación y conservación del patrimonio nacional demanda no solamente de una sistemática educación de la conciencia nacional ---sobre todo entre los dirigentes económicos,  edilicios y políticos de la vida del país--- sino también de una legislación adecuada para su protección y de una rigurosa demarcación de las responsabilidades en lo que se refiere a la destrucción de monumentos o paisajes, el vandalismo, el saqueo o el extrañamiento ilegal de monumentos y, en el caso de los patrimonios intangibles en lo que ataña y toca a la difusión intencionada y sistemática de doctrinas orientadas a la devaluación y rechazo de las propias tradiciones. En algunos casos habrá necesidad de recurrir al ejemplo de las naciones que en la Segunda Guerra Mundial vieron sus ciudades en ruinas y totalmente devastadas y que reconstruyeron desde las piedras sus iglesias y sus monumentos -respetando como sagrados los antiguos trazados de esas urbes--- a partir de fotografías y planos de preguerra.

Aunque ni siquiera esto será suficiente en el futuro. La tarea habrá de demandar en los años por venir, como lo ha hecho ya en naciones vecinas como Chile, la movilización de geógrafos, arquitectos y urbanistas; historiadores, arqueólogos y museólogos; folkloristas y antropólogos; lingüistas y filólogos; músicos, coreógrafos y artistas plásticos...no sólo con el objeto de la recuperación y conservación de objetos, monumentos, toponimias, fiestas, danzas, melodías, piezas teatrales...desde la tierra que los oculta, los archivos o la tradición oral...sino también con el de darles nueva vida trayéndolos de regreso en los establecimientos de sitio, los museos, los santuarios, las aldeas, las salas de concierto o los escenarios teatrales.

Una política de movilización como ésta tendría como consecuencia lateral la creación de ocupación y empleo para todo un conjunto de ciencias, disciplinas y saberes académicos, artísticos y profesionales que parecen en las actuales condiciones de nuestra economía y sistema educativo destinados a una inminente desaparición por causa de su escasa rentabilidad a corto plazo. Pero demandará también de una fuerte inversión de infraestructura que será indispensable para facilitar a mediano y largo plazo la integración de todo ese inmenso capital, que por ahora se mantiene mayoritariamente potencial, dentro del circuito de la moderna economía. Políticas culturales como las que han venido siendo promovidas en la Comunidad Europea en el curso de las décadas recientes ofrecen modelos interesantes a imitar en este campo.

La cuestión de la propiedad del patrimonio sigue siendo un problema sin solución definitiva hasta el día de hoy y no terminará de resolverse mientras los objetos de cultura sigan siendo objetos de comercio.  La verdad es que han sido, aquí y en muchas otras partes, más los objetos de cultura que han desaparecido, han emigrado o han sido destruidos por la casualidad o por la incuria por haber estado en manos de coleccionistas irresponsables, inhábiles para su conservación o descuidados que los que lo han sido  en forma directamente intencional o delictiva.

Para evitar figuras como esas se ha intentado remedios sucesivos. Desde la expropiación del patrimonio que se halla en manos de coleccionistas, a su registro pormenorizado en los archivos del INC o su depósito en el Museo Nacional.  Los museos familiares -e incluso los que puedan mantener empresas privadas de importancia-- constituyen solamente una solución provisional puesto que no estando, por lo general, en condiciones de mantenerse por sí mismos, no existe garantía alguna  ---a falta de subsidios estatales--- de que en unos cuantos años no puedan encontrarse en condición de bancarrota junto a las fortunas familiares o a las empresas en que se respaldan y terminen aumentando el número de pérdidas ocurridas en todos estos años.

Se necesita aquí una legislación pragmática y realista que precise con criterio respetuoso de lo que ---a fin de cuentas--- pertenece a una memoria y pasado común y no privatizable  cuáles sean las condiciones mínimas sobre las que se pueda autorizar la custodia ---y no la propiedad--- de bienes culturales de importancia nacional por parte de ciudadanos privados, empresas o instituciones no estatales, las condiciones bajo las cuales caduca tal custodia  y la identidad de las instituciones que deban eventualmente hacerse cargo en caso de decretada tal caducidad. Una legislación como esa debería deslindar con precisión entre las responsabilidades de custodia, reconocibles a quien se encuentre ya a cargo de la colección por vía de compra o de herencia y las responsabilidades de conservación e investigación, asignable solamente a museólogos, arqueólogos o los especialistas que la naturaleza de la colección demande. Ello sería también un recurso para la generación de empleo que garantice la preservación de esas disciplinas académicas.

Como quiera que sea, el mantenimiento indefinido de colecciones privadas, o la privatización de monumentos y museos para fines comerciales constituyen una solución impracticable en tanto la exhibición de monumentos y colecciones de ese género no constituye aquí ni en casi ninguna otra parte del planeta un negocio tan rentable que pueda exonerarlas de subsidio y dejar beneficios significativos. Que el empresario a pérdida tratara de resarcirse por vía del saqueo sería uno de los peligros menos graves. Lo que debemos esperar, más bien, para el futuro, es que los costos cada vez más elevados de la conservación desalienten definitivamente al sector privado y que todas las actuales colecciones terminen revirtiendo a manos del Estado y las municipalidades.

Este deberá, a partir de entonces, responsabilizarse por vía de subsidios. Una fórmula para aliviar la carga será entonces la creación y reanimación de patronatos, la atribución de responsabilidad mayor a la Iglesia, a las universidades y a las municipalidades y la financiación por organismos internacionales de cultura. Con eso podrá darse fin a la polémica aunque seguramente habrá por entonces, todavía, algunos partidarios de la privatización. En cuanto a las alternativas de detalle, el Fondo Editorial del Congreso del Perú acaba de poner en circulación en estos días un documento que constituirá una valiosíma contribución a la definición más precisa de consensos que, con evidencia, se encuentran ya en marcha.


5. Persiguiendo alternativas

Sin que sea ésta la oportunidad de introducirse en un debate sobre las ventajas y desventajas en abstracto de uno u otro modelo de política en el campo cultural es necesario reconocer que, en circunstancias específicas como las que atraviesa este país -recesión, bajos niveles salariales, inestabilidad laboral, subocupación y desocupación afectando no sólo a los sectores bajos sino también y en forma drástica a los sectores medios y profesionales que constituyen el principal mercado de cultura--- el modelo neoliberal extremo en el manejo de este campo se revela inadecuado y no termina por contribuir a otra cosa que agravar las consecuencias de la recesión.

La de la promoción social de la cultura, alternativa optada tradicionalmente por los naciones democráticas europeas parece ser la más equilibrada de las tres alternativas que estamos considerando hasta el momento.

Como se ha hecho notar recientemente, en las actuales condiciones la limitación de los presupuestos nacionales y la baja rentabilidad que le ofrece la cultura a los inversionistas ---aun en el campo del turismo donde, con el externo, se encuentran sofocados por la debilidad del sistema de transporte interno y la baja calidad de los servicios en la mayor parte de lugares que podrían multiplicar los focos de atracción para extranjeros y, con el interno, por el desnivel entre los costos y precios excesivos en comparación con los empobrecidos e inestables presupuestos de la clase media peruana, que pudo todavía en un momento constituirse en su mercado principal.

La alternativa más favorecida resulta inevitablemente la intermedia de protección, regulación y promoción activas por parte del Estado. En la satisfacción de esta tarea tiene una parte fundamental la responsabilidad que al Estado mismo corresponde en cuanto titular depositario del patrimonio cultural de la nación en su creación y recreación constantes, pero el Estado no existe en abstracción del ciudadano ni de las instituciones en las que éste se organiza y, ello implica una corresponsabilidad que atañe, en la medida de sus medios y recursos no sólo al individuo en su agente o paciente relación personal con la cultura, sino también a las múltiples instituciones religiosas, civiles, propiamente culturales o políticas. Y también, y sobre todo, a las empresas que, de modo inevitable, y de forma directa o indirecta, se benefician económicamente de ese patrimonio y de esa creación.

Se requiere obviamente del Estado la capacidad institucional, la conducción y los aportes necesarios para la determinación de metas, plazos y objetivos, la coordinación de los esfuerzos y sobre todo el equilibrio y la mesura necesarias para no desbordar los límites impuestos por principios sólidos como el de subsidiariedad cuyo campo más privilegiado es justamente el de la promoción de la cultura y los servicios de bien común y no dejarse seducir por la tentación del controlismo y la censura.

En último término no habrá mucho que inventar desde que existe ya constituída una sólida experiencia internacional que ha dado justamente en estas décadas algunos de sus frutos más notables en el mundo europeo y de la que comienzan a beneficiarse ahora países con tradiciones culturales tan antiguas ---y también tan depredadas a lo largo de los siglos--- como resulta siéndo el caso del Egipto.

La gran mayoría de éstos centralizan, para comenzar, estas políticas en un aparato ministerial ad hoc centralizado  cuyas nominaciones pueden variar en cierto rango como es en los casos del Ministerio de Artes, Cultura y Herencia en Nueva Zelandia, o el de la Cultura y la Comunicación en Francia, el de la Cultura en Israel, o el de Ciencia, Investigación y Tecnología en el Irán, pero cuyas atribuciones presentan una característica común y es la de centralizar los esfuerzos orientadores y coordinadores del Estado desde una perspectiva unificada que cubre áreas en apariencia -pero sólo en apariencia-tan variadas como las del apoyo a las tradiciones y culturas familiares y locales desde las artesanías y las fiestas e instrumentos musicales populares hasta la gastronomía y la medicina del hogar, la conducción del sistema nacional de educación, ciencia y tecnología, la promoción de la música, del cine, del teatro y del ballet, la vigilancia de los niveles éticos y estéticos de la televisión, del cine y de la radio, la de los lugares y monumentos históricos, la promoción del deporte, la de centros culturales para las juventudes.

Podrá parecer burocratismo, pero el sólo Ministerio Francés de la Comunicación y la Cultura comprende -a pesar de la inmensa contribución del sector privado en tal país --subdirecciones específicas para fines como los de Arquitectura y Patrimonio, Archivos, Libros y Lectura, Música, Danza, Teatro y Espectáculos, Museos, Artes Plásticas, Desarrollo y Acción Territorial, Lengua Francesa, Cinematografía...

No corresponde aquí, por supuesto, imitar en sus conductas a aquel médico a cuya consulta acudió un paciente pobre, desocupado, agotado y desnutrido y a quien éste recetó unas buenas vacaciones de tres meses en un balneario sin preocupaciones y con buena comida, descanso y aire puro...

Pero creo que existen algunas lecciones de las que podemos aprender:

En cuanto interioridad total de la vida social, económica y política de la nación:

la política nacional de cultura no puede ni debe ser desertada por la presencia activa del Estado ni las instituciones ciudadanas -públicas o privadas--  sin que se produzca un inevitable debilitamiento del sentimiento nacional de identidad, de los valores sociales, cívicos y morales en los que se sustenta la democracia, el orden público y la paz interna y de los fundamentos mismos del saber y del hacer en los que buscamos colocar las bases de una economía en desarrollo.

la política nacional de cultura no debe ser objeto de fragmentación en esferas autónomas desvinculadas y descoordinadas entre sí sino administrada como totalidad orgánica. Ello significa la unificación en un solo Ministerio de la Familia, la Educación y la Cultura, dotado de los sub-ministerios respectivos, las funciones relativas a las tres esferas en las que se desenvuelve fundamentalmente la cultura: la familia, su estabilidad y bienestar y las tradiciones populares; la educación, la ciencia y la tecnología; las artes, los espectáculos y mass media incluido en todo ello la recreación y los deportes.

También, y por eso justamente, las que corresponden al cuidado, preservación y desarrollo del patrimonio material en todos sus múltiples formas desde las bibliotecas, la documentación y los archivos, monumentos y creaciones de arte, hacia las manifestaciones del folklore o del mismo urbanismo y ornato urbano.

El avanzado caos arquitectónico y urbanístico de la ciudad de Lima y la desocupación también creciente de los arquitectos no sólo sugieren la necesidad imperativa de definir normas estéticas por parte de los municipios sino la creación, bajo la autoridad de un Ministerio como el que propongo, de un Consejo Nacional de Urbanística y Estética Urbana conformado por arquitectos de experiencia y renombre y dotado -sin sobrecostos burocráticos-- de la autoridad que se hace necesaria para la calificación de proyectos de importancia que supere la media.

Ello no implica, sin embargo, ni la creación de un nuevo sistema superburocratizado ni la inversión de presupuestos fuera del alcance del Estado, sino más bien y sobre todo la generación de un sistema de planificación global de la cultura en sus múltiples interdependencias, de estímulo, de aliento, movilización, facilitación y coordinación de esfuerzos que sepa comprometer mediante los estímulos y las orientaciones adecuadas la participación activa de instituciones, empresas e individuos, más bien que ejecutar.. “crear  un fuerte enlace, ser un puente o un eslabón, entre los creadores y la sociedad, entre el pasado y el futuro,  entre el patrimonio cultural y las generaciones futuras” (Rafael Tovar):

un sistema como ese debería encontrarse en condiciones de delegar responsabilidades y custodias al sector institucional privado y público sobre la base de un programa consistente y general dotado de seguimiento y respaldado por inspecciones y controles adecuados tales como los que se aplica en la planificación social y económica y sus programas, pero alentado al mismo tiempo por un régimen de alicientes y recompensas de carácter tanto social y personal, como económico y tributario, de facilidades de naturaleza arancelaria e inclusive de subvenciones, pensiones y respaldos económicos, facilidades crediticias y exoneraciones.

En Gran Bretaña la otorgación de pensiones y de títulos nobiliarios por la actividad excelsa en el campo de las artes o aun de los deportes y la de privilegios académicos por la creatividad humanística o científica es una institución de tanto éxito que se ha hecho inseparable de la política de cultura del país. En el Perú, desde los tiempos de los próceres, la otorgación de condecoraciones civiles como la Orden del Sol o culturales como la de las Palmas Magisteriales satisfizo una poderosa función alentadora mientras las nominaciones fueron algo más que un puro formalismo y vinieron acompañadas por el reconocimiento y el respeto cívico y social y los medios y recursos necesarios para acompañarlas de una vida decorosa.

La magnitud de los impuestos que perciben la Sunat o los municipios por concepto de actividades o comercio de bienes de cultura es tan insignificante que su supresión completa ---incluídos aquellos que se aplican a las remuneraciones de docentes e investigadores, derechos de autor, actividades artísticas o entradas de concierto y de teatros e IGV-no tendrá ningún efecto significativo sobre los balances de fin de año.

En el terreno del espectáculo un buen sistema de calificaciones ---buenos críticos de arte los hay en el país-que penalice razonablemente por vía arancelaria o tributaria el mal gusto, la mala calidad, la pornografía grotesca y la violencia, que regule la distribución de los horarios imponiendo una adecuada consistencia con los tiempos familiares y escolares y que promueva -incluso hasta la exoneración-la buena calidad, el buen gusto y la promoción de valores constructivos será de enorme utilidad.

Así como también resultará, sin lugar a duda, indispensable el sostenimiento por parte del Estado de un número de instituciones referenciales que sirvan como instrumentos de regulación y emulación para aquellas otras que surjan como producto de la iniciativa privada o comercial.

En el campo de la promoción y la preservación de las tradiciones y el folklore centros de investigación, institutos de danza, cofradías festivas, institutos de artesanías, programas de recuperación de la medicina casera y familiar...en el de la educación un número de escuelas, colegios e universidades nacionales --los de mayor antigüedad y tradición- en cuya recuperación deberá hacerse las necesarias inversiones, en el de las artes escuela y compañía nacional de teatro, de ballet, de artes plásticas, de circo, de cine, radio y televisión...en el de la conservación bibliotecas, archivos y centros de documentación, filmotecas, museos de arte, de artesanías y de arqueología, de antigüedades, de ciencias y tecnología y de la vida cuotidiana...un instituto nacional y otros regionales para la investigación y la experimentación en los campos de las ciencias, las humanidades y las tecnologías...

Estas son instituciones que, por su importancia para la regulación del sistema en su conjunto deberán ser definidos no como los parientes pobres de la cultura peruana sino como privilegiadas en su dotación, sus presupuestos, sueldos y salarios y condiciones de trabajo, calidad de su docencia, su investigación y su enseñanza y que deberán estar orientadas no hacia el lucro sino más bien hacia el derroche creativo en el sentido de la sociología de un Thornstein Veblen, think tanks cuyo rendimiento sea medido más por la calidad y por el mérito que por la cantidad de sus productos y en los cuales el privilegio de docentes e investigadores sea acompañado por la gratuidad de la enseñanza, la abundancia y la importancia de las becas y los grants y la libertad en la disposición del tiempo y la elección sobre las áreas de la propia ocupación.

Aquí, para la financiación, es donde se requerirá de los mayores aportes de la colectividad organizada en patronatos y en fundaciones, respaldada por las instituciones civiles, los colegios profesionales y las empresas poderosas ---la banca por ejemplo--- y aun por las internacionales. Los costos deberán ser considerados como una inversión a largo plazo que revertirá en un estímulo constante y acumulativo sobre la vida productiva y económica de la sociedad.

1.Sheldrake, Rupert: The Presence of the Past - Morphic Resonance and the Habits of Nature, Vintage, Random House, New York
1989; Bateson, Gregory: Steps to an Ecology of Mind, Paladin London 1973.
 2.Georges Dumezil: Mythe et épopée, Gallimard, Paris 1971.
 3.Una magnífica presentación del patrimonio paisajístico de nuestra nación en términos de esta perspectiva ha sido recientente publicada por Carlos Brignardello en Simbología prehispánica del paisaje, Arteta S.A., Lima 2000.
 4.Redfield, Robert: Peasant society and culture; an anthropological approach to civilization. University of Chicago Press, 1956
 5.“The global media system is now dominated by a first tier of nine giant firms. The five largest are Time Warner (1997 sales: $24 billion), Disney ($22 billion), Bertelsmann ($15 billion), Viacom ($13 billion), and Rupert Murdoch´s News Corporation ($11 billion)”. McChesney Robert W. and Edward S. Herman: The Global Media: The New Missionaries of Corporate Capitalism: (Cassell, 1997).
 6.Bernard, Claude: Medio Interno y Externo en el Organismo Viviente
 7.Veblen, Thornstein: Teoría de la Clase Ociosa (1899).
 8.Puede examinarse al respecto la antología reciente de Alain Chanlat y M. Dufour: La Rupture entre l´enterprise et les hommes - le point de vue des sciences de la vie, producido por Quebec/Amerique, Québec 1985 en el que se conjuga estudios a punto por diecisiete de los más importantes teóricos actuales de las Ciencias Administrativas.
 9.Polanyi, Michael: Personal Knowledge (1958), The Tacit Dimension (1966), and Knowing and Being (1969).
 10.Chanlat, Alain: op.cit
 11.Bloom, Allan: The Closing of the American Mind, Simon and Schuster, New York 1987
 12.Weber, Max: Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus (1904)
 13.McClelland, D.C. The achievement society. Princeton, N.J.: Van Nostrand. 1961.
14. Spengler, Oswald: Untergang des Abendlandes (1918/22).
 15.McChesney, Robert W.: The Global Media Giants-- The nine firms that dominate the world (2000). El autor nos informa que el espacio informativo mundial se encuentra actualmente monopolizado en forma directe o indirecta por una total de nueve grandes corporaciones internacionales: Time Warner, Disney, Bestelsmann, Viacom, News Corporation, Sony, TCI, Universal y NBC.
 16.Walter Alva, Fernando, de Trazegnies, Luis Lumbreras, et. Alt.: Patrimonio Cultural del Perú, Lima 2000 (en 2 vol.)