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LA EMPRESA FAMILIAR:
UNA RENOVADA OPCION DEL FUTURO

por Fernando Fuenzalida Vollmar

Hablar en el Perú de empresa familiar habría resultado redundante hace apenas unas décadas atrás cuando entre nosotros casi toda empresa era todavía la exclusiva propiedad de una familia y muchas de entre ellas, como D´Onofrio, Fernández Hermanos, Planas y Planas o la Backus llevaban todavía el nombre de las familias fundadoras. Podría resultarlo aun ahora que nuestro accionariado difundido sigue siendo una entelequia y nuestra sociedad anónima permanece con frecuencia siendo anónima solamente en el papel. Aunque, naturalmente, esta domesticidad de las empresas nunca fue un fenómeno exclusivamente nacional ya que las empresas familiares mantuvieron el dominio de la economía occidental prácticamente desde los comienzos de la Epoca Moderna, allá por el siglo XVII.

Pero ¿eran efectivamente familiares esas empresas familiares?, ¿o lo eran solamente de forma nominal como el todavía actual anonimato de nuestra sociedad anónima o como la caricaturesca domesticidad de esas que en las series televisivas y en las tiras cómicas reclaman ser como una gran familia?. Una mayor precisión en el uso del lenguaje podría, en efecto, hablar más bien, en tales casos, de propiedades familiares, más que de empresas familiares en sentido propio. En este género de empresas la diferenciación polarizada, y antagónica frecuentemente a lo largo de los últimos dos siglos, entre la familia propietaria como capitalista y el personal trabajador asalariado, así como el fenómeno de la plusvalía, que ha servido como caballito de batalla a la crítica social marxista durante buena parte de este mismo siglo, confirman la caracterización institucional de empresa para la estructura y su dinámica, pero restringen la calificación de familiar al grupo exclusivo y excluyente de los capitalistas propietarios.

En efecto, una más rigurosa definición de la empresa familiar exige dirigir nuestra atención hacia otro género de empresas, que tampoco son ajenas a nuestra más reciente e inmediata experiencia histórica y social. Aquellas en las cuales los capitalistas y los trabajadores no se encuentran aun diferenciados ni polarizados en dos grupos antagónicos y en las cuales la estructura familiar y la de empresa se manifiestan como idénticas.

La empresa familiar adquiere la forma del hogar. Es una realidad social de orden primario. Su existencia es independiente del reconocimiento tributario o legal. Es inseparable de la unidad doméstica porque es idéntica a ella. Cuando sus operaciones la independizan de la vivienda y el hogar domésticos nunca lo hace por completo. La encontramos todavía, en sus formas y estilos más tradicionales, en los medios campesinos y en los artesanales, en los pequeños talleres de servicios y en los pequeños establecimientos comerciales. Se trata fundamentalmente de propiedad conducida y administrada como empresa por el jefe de familia a cuya actividad, productiva, comercial o de servicios contribuyen indistintamenta todos los miembros del hogar sin distinción alguna entre asalariado, gestor y propietario. Por eso su estructura es la de la familia misma y se sostiene sobre la realidad biológica. De ahí que no se apoye en el trabajo asalariado sino en la solidaria reciprocidad que, en base a una relación de sangre y alianza familiar, vincula y obliga a cada miembro del hogar a colaborar y participar en la tarea de la común supervivencia. Cuando esta clase de empresa recurre al trabajo asalariado de origen extrafamiliar lo hace en muy pequeña escala y la tendencia general es la de incorporar a la domesticidad a los nuevos dependientes en una condición muy semejante a la de las antiguas clientelas romanas o feudales. Hasta hace unas cuantas décadas esta fórmula hacía la regla de la pequeña y de la micro empresa en nuestro medio. No llegó nunca a desaparecer completamente barrida por la industrialización y la modernización de la economía -ni siquiera en los países más desarrollados. Sobrevive en todos los medios urbanos y rurales, se revitalizó con el auge de los alimentos naturales y de las artesanías y, de hecho y en los años más recientes, tendió a ganar, más bien, nuevo terreno cuando el receso y la inflación obligaron a un número creciente de personas a buscar refugio en las actividades informales.

Toda una generación europea, la de los fundadores de la moderna Ciencia Social en el siglo XIX, se sintió atraída hacia el estudio del hogar empresa y de su historia a los que se había llegado, con justicia, ya por esa época, a considerar como el origen y el cimiento de todo desarrollo económico posible en la evolución humana. Economía, recordaron estos creadores de la Sociología -Fustel de Coulanges, Marcel Mauss y François Simiand entre ellos- es una palabra cuyo significado originario es gobierno del hogar . Definida la economía en tales términos, la empresa familiar puede ser reconocida en lenguaje sociológico como la forma más elemental y originaria de las instituciones económicas y por esa razón como la más antigua y persistente. Su origen se encuentra en los más remotos tiempos primitivos, antes de la aparición de las instituciones polìticas, económicas o religiosas como formas diferenciadas de la organización social. Cuando las familias y linajes constituían realidades soberanas y autosuficientes en materia de culto, de economía y de gobierno. Idealizada esta forma del vivir por parte de los hombres de las ciudades industriales, ha sido objeto, entre nosotros, de los sueños de toda una generación de intelectuales de orientación indigenista que la redescubrió en los Andes desde comienzos de este siglo. Más recientemente hemos querido percibirla como una contribución valiosa de la cultura andina a la revitalización de nuestra siempre agonizante economía urbana, por parte del migrante en el contexto de la informalidad y la andinización de la ciudad de Lima.

Las empresas familiares atraviesan una larga evolución a lo largo de la historia especializandose primero en la práctica de las diversas artesanías, servicios y comercios, asociandose después, sin perder su autonomía, en el seno de colectividades especializadas de linaje como ocurre en el caso de los jati, fundamento del sistema de castas funcionales de la India, abriendose y expandiendose después a la incorporación de nuevos miembros, ajenos ya a la familia pero integrados al hogar, en el sistema de aprendices y oficiales de los oficios románicos y medioevales, volviendose a asociar en las estructuras de cofradía y corporación de la Edad Media más tardía, transformando por fin  la relación entre maestro y aprendiz en una nueva relación entre el empresario y el asalariado, pero a través de todos esos cambios manteniendo su estructura casi intacta en las bases mismas de la sociedad y constituyendo siempre el cimiento necesario para toda forma de desarrollo económico de mayor complejidad. Con el trasfondo de previos desarrollos y experiencias exitosas como los del verzuiling holandés, esta visión histórica de la empresa familiar fue desarrollada y consolidada por la escuela sustantivista de la economía liderada por Karl Polanyi durante la primera mitad del siglo XX. Desde 1917, en los primeros años de la Revolución Soviética, una enconada polémica había enfrentado a Lenin y a Chayanov, otro economista, a propósito de la Reforma Agraria, los sovjoces, los koljoces y las cooperativas. En base a la teoría de la empresa familiar, Chayanov defendía la propiedad privada campesina y recomendaba el mutualismo y la cooperativización mostrandose adverso a la colectivización.

Las grandes transformaciones culturales, sociales y políticas que acompañaron a la Revolución Industrial desde el siglo XVII hasta la coyuntura del trend secular y el advenimiento de la estanflación en la década de los mil novecientos setenta, fueron determinadas por el desarrollo y el dominio de una tecnología basada en la aplicación de la mecánica y en la extracción intensiva de materias primas naturales. En lo que a la mano de obra se refiere, el proceso había ya encontrado desde el siglo XVII su primer impulso en una relación simbiótica entre la economía familiar y el capital mercantil la que derivó en una definitiva dependencia de los talleres familiares y los minifundistas generando una importante plusvalía que favorecía la capitalización acelerada del empresario mercantil. Más adelante, al alcanzar su madurez desde el siglo XIX, el mismo proceso condujo primero a la total subordinación de estos talleres y luego a su descomposición y a la absorción generalizada de la mano de obra dentro del régimen de taller fabril y el latifundio.

La declinación de la empresa familiar comienza con la Edad Moderna y se precipita con esta Revolución. La causa estuvo en su escasa funcionalidad para enfrentar los desafíos que imponían la desmesura de la máquina, la estandardización de la producción en masa y la necesaria concentración de capitales que caracterizaron a la época. Con tal tecnología la eficacia empresarial se hizo dependiente del volumen y éste de la estandardización. El resultado se tradujo en la producción en masa. El gigantismo que el uso de esta tecnología terminó imponiendo sobre la empresa, sobre la maquinaria que empleaba y sobre los mismos procesos productivos introdujo una tendencia sostenida hacia la acumulación y la concentración. La de la mano de obra en el taller fabril y en las ciudades y la del capital indispensable para la producción. El consecuente crecimiento de los aparatos burocrático-administrativos gravitó sobre los costos a la larga. Para enfrentar el crecimiento contínuo de esos costos se hizo necesario incrementar la plusvalía del trabajo multiplicando los horarios y manteniendo los salarios, con frecuencia, por debajo del nivel de subsistencia.

La irrupción de la maquina favorece la producción masiva y el desarrollo del comercio abaratando el precio de las manufacturas pero al mismo tiempo ha demandado la inversión de grandes capitales fuera del alcance artesanal o campesino, exige la estandardización de los productos y servicios y la concentración taylorista de la mano de obra no calificada en los talleres mientras que, de la otra parte, sacrifica calidad y encarece tanto la manufactura como el servicio personalizado y singular del artesano calificado y del pequeño propietario agropecuario, restringe sus mercados, devora a la empresa familiar, genera desocupación rural y urbana, desmesura el latifundio, provoca el abandono de los campos y tuguriza las ciudades. Han contribuído en este tiempo a agravar la situación de la empresa familiar la inestabilidad en el precio del dinero, el desequilibrio crónico entre el consumo de bienes y servicios de corta duración y el volumen de la producción que han caracterizado a los mercados durante los últimos dos siglos, la consecuente polarización socio económica con la contracción del ahorro familiar en situaciones de mera subsistencia o su desplazamiento contínuo hacia el consumo inmediatista en las mejores épocas y, last but not least,  la expropiación histórica, directa o indirecta, de los ingresos y de las pequeñas propiedades familiares en beneficio alternativo de la gran empresa, de la banca o del estado.

El artesanado urbano emprobrecido ha buscado desde el siglo XIX refugio en las mutuales, remedo anarquizante de las antiguas cofradías de los gremios mientras que, de su parte, la masa proletarizada, concentrada en los talleres, se organizó en los sindicatos. La dispersión del artesanado favorecio por largo tiempo el nihilismo terrorista iniciado por los luditas y cartistas en su rebelión contra la máquina; la concentración del proletariado en los talleres derivó en lucha de clases. La superación parcial de los problemas que todo esto originó en las economías de los países más desarrollados no se ha logrado sino a costa de un prolongado conflicto social y al precio adicional de la subordinación del desarrollo de otras naciones del segundo y tercer mundos. El debilitamiento de los mercados nacionales terminó por imponer una lógica de monopolio, competencia y expansión contínua hacia espacios nuevos que ofrecieran accesos más baratos a la materia prima y un crecimiento en extensión de los mercados. Entre los siglos XVIII y XIX, las sucesivas aventuras coloniales aseguraron la expansión contínua en el espacio de los mercados y consumos y un acceso a bajo costo a los productos de ultramar. Pero los esfuerzos de los distintos populismos por superar la desidentificación de la mano de obra con el trabajo productivo mediante  la mimetización de las empresas como espacios familiares o la multiplicación de los servicios ofrecidos por la empresa al personal se han mostrado hasta estos días como fracasos sucesivos o, a lo más, como apenas éxitos parciales. Transformaciones semejantes se precipitaron hasta llegar a puntos críticos en el Perú, tardíamente, a partir de la primera y de la última postguerra, como se habían ya precipitado en Alemania, Rusia e Italia más tempranamente desde comienzos de este siglo y mediados del pasado.

Durante un largo tiempo la desaparición de la pequeña empresa familiar pareció irremediable a pesar de la nostalgia que despertó en toda clase de utopistas. Al iniciarse los años del mil novecientos sesenta, en las sociedades más industrializadas la empresa familiar y aun la familia en cuanto tal aparecieron a los ojos de muchos analistas como condenadas a una extinción definitiva. El exaltado romanticismo comunal y familístico, artesanal y ruralista, anarquizante y libertario de las juventudes de la izquierda radical y hippie durante las Revoluciones Culturales de París y San Francisco, en los mismos años del sesenta, pareció a esos analistas un fenómeno de naturaleza crepuscular más que auroral. A las revoluciones tercermundistas de la época, con su inquietante y paradógica combinación de autoritarismo y utopismo, las vieron como la amenaza de un retorno peligroso desde la sociedad abierta descrita por Karl Popper hacia el pasado de las épocas oscuras y la sociedad cerrada , aunque pocos consiguieron percibir las relacion que tenían, por causa de su origen, con los totalitarismos populistas de los años veinte a los cuarenta.

Una poderosa corriente de opinión contestataria frente a la inercia acumulada a lo largo de estos siglos en los procesos de la economía se ha ido consolidando durante este último tiempo: small is beautiful, renovación artesanal, anticonsumismo y recapitalización de la familia como empresa por via del ahorro, flexibilización de los horarios de trabajo y desconcentración de los espacios laborales, calidad total por sobre la cantidad total, personalización del producto y el servicio por sobre la estandardización, desburocratización del Estado y de la empresa, son algunos de los lemas de este movimiento de opinión que surge de los países más desarrollados.   

Todos ellos, en conjunto, compondrían la exigencia razonable de cambios imposibles, como durante la Revolución Cultural de los sesenta, si no fuera porque la Segunda Revolución Industrial les sale al paso revirtiendo, al superarlas, algunas de las tendencias que, en sus tiempos, había impuesto la Primera.

La Segunda Revolución Industrial viene acompañada por el desarrollo y el dominio de una nueva tecnología basada en el uso de fuentes de energía no convencionales, el empleo intensivo de los recursos informáticos, la robotización y la substitución de la materia prima natural por otras nuevas, alternativas y sintéticas. Esta tecnologìa se encuentra todavía en estado de evolución y cambio acelerado. Su naturaleza estimula desde ahora la inversión de la tendencia al gigantismo de la Primera Revolucion Industrial, impulsando la reducción de la maquinaria productiva en escala y costo y promoviendo una gradual desaparición de la necesidad de concentrar la mano de obra en los talleres. La mayor ductilidad de las herramientas y las materias primas promueve un nuevo énfasis en la personalización sobre la estandardización. Su innovación contínua valoriza la creatividad, la flexibilidad y la adaptabilidad del aparato empresarial. Las consecuencias se muestran en una gradual reorientación de los grandes gigantes corporativos, producto de tiempos pasados, hacia la desconcentración y el despiezamiento, el desmontaje de los grandes y costosos aparatos burocrático-administrativos, la reducción de mano de obra y la creciente delegación de tareas a la mediana y la pequeña empresas o incluso  a microempresas y talleres familiares.
El impacto sobre la producción, mercados y consumos debería en este punto manifestarse como positivo promoviendo una más activa retroalimentación entre las distintas escalas de la empresa privada y estatal y acelerando la integración mundial y globalización de los mercados. La reducción relativa de los costos y la racionalización de la competencia internacional debieran estar entre los efectos principales. Con ellos el crecimiento de las tasas de reinversión, el mayor estímulo de la mini y de la micro empresa con márgenes mayores de ganancia, y, por consecuencia el crecimiento simultáneo del consumo, del ahorro y las inversiones productivas en todas las escalas, la  familiar incluída, facilitando una mejor absorsión de la enorme masa de desempleados y subempleados que el tránsito económico genera.

La persistencia de la estanflación pone de manifiesto, a pesar de ello, que no han sido suficientes los reajustes realizados hasta hoy para proveer un estímulo adecuado a la reconversión y una base de despegue de suficiente solidez para la estancada economía. Y, mientras el dinero se sigue abaratando y las tasas de interés requieren de contínuos reajustes, las reinversiones productivas se mantienen todavía bajas, el desequilibrio -hecho ya crónico- entre las capacidades producctivas y las capacidades de consumo alienta otra vez a los hegemonismos,  los proteccionismos y la competencia entre los  bloques, y en las escalas nacionales se hace presente la misma tendencia de los tres siglos pasados, hacia la sobrexplotación de la fuerza laboral y hacia una simbiosis defectiva entre las grandes empresas, las medianas y las familiares.

Una de las razones identificadas por más de un analista resulta siendo que a la concentración y consolidación de capitales iniciada en el siglo XVII sucede ahora no su redistribución multiplicada por los siglos transcurridos en el desarrollo del industrialismo, sino su más extrema volatilización. Jugarían en ésto tres factores. El primero, el desplazamiento del control de las financiaciones desde el ámbito bancario hacia el ámbito bursátil. El segundo, el dominio creciente del accionariado difundido. El tercero, el efecto lateral de una globalización informativa incontrolable. La instantaneidad de las operaciones en un mercado financiero ya globalizado totalmente, cada vez más inestable y sometido a las leyes del azar y la especulación, la excesiva dispersión y la dominante fluídez de la propiedad corporativa y la dependencia cada vez mayor de las financiaciones frente a la oscilación incontrolable de los mercados financieros, favorecerían la desidentificación entre los accionistas y la empresa. De su parte, el dominio de la especulación y del azar favorecería el alto riesgo y la espectativa de una máxima rentabilidad en plazos especulativos de extrema brevedad en perjuicio de la mayor seguridad y la menor ganancia en los plazos largos y medianos que demandan las inversiones industriales. La lentitud relativa en el desplazamiento espacial de bienes y servicios tangibles frente a la aceleración extremada en el tráfico virtual y las oscilaciones de la bolsa convertirían a esta última en una especie de casino o lotería universal que succionaría, recombinaría y multiplicaría capitales, siempre virtualmente, retirandolos de las reinversiones productivas.

Los costos inmediatos, en efecto, se reducen. Pero no exclusivamente por el efecto combinado de las reconversiones tecnológicas, la desburocratización de las empresas y la explosión universal de la producción y la demanda sino también, en un creciente número de casos, por la reducción del personal y los salarios, la anulación de los derechos laborales, la sobreexplotación de las pequeñas empresas y talleres familiares dependientes, la falta de renovación de los equipos, la siza de la calidad en la materia prima y el producto y la caída en la tasa de reinversión. El ahorro obtenido así en los costos, en base a la autofagia, es distraído de las actividades productivas, absorbido, virtualizado y abstraído por los mercados financieros generando una irreal y estéril ilusión de crecimiento que, en los planos más concretos de la economía, no chorrea. Según tales analistas, en su mayor parte europeos y norteamericanos, la economía de la transición globalizante sufre los efectos paralizadores de una doble adicción, la de la droga y la del juego. La anulación temporal de los efectos positivos que eran esperables de las innovaciones tecnológicas en marcha sería una de las muchas consecuencias de tales adicciones.

Producción vs. especulación, empresa vs. bolsa, accionariado difundido vs. empresa familiar serían los términos alternativos entre dos opciones de cimentación para futuros económicos de signos que se contradicen, el uno burocrático, abstractista y especulativo y el otro humanístico, concretista y productivo. La contradicción creciente entre los intereses productivos y los especulativos encarnada en dos formas competivas y antagónicas de capitalismo constituíria el eje de la transición entre la antigua y la nueva economía. Si ésto fuera verdad, la empresa familiar -ya no en su forma tribal y soberana de los tiempos neolíticos, ni en sus articulaciones más complejas de las sociedades pre-industriales, ni en las formas utopistas del cooperatismo más tardío, sino adquiriendo formas y articulaciones ajustadas a las exigencias de la tecnología más potente que haya desarrollado el hombre a lo largo de su historia- tiene todavía un largo futuro por delante. Las formas embrionarias de ese nuevo ajuste se encuentran, sin duda, ya presentes en la situación actual.